Ya No somos InvisiblAS.

De pequeña, soñaba con poder llegar a ser cualquier carta, la que me propusiera: un 8 de Picas, un 9 de Rombos, el 10 de Tréboles…

Imaginaba que usaba mi fuerza para luchar con mi espada, mi inteligencia para realizar difíciles cálculos de trigonometría o que realizaría importantes descubrimientos en la medicina que cambiarían la suerte de tantas y tantas otras cartas.

Pero no sé por qué, siempre acababa disfrazada de princesa de corazones esperando mi Rey para formar pareja de Reyes de Corazones y ganar todas las partidas.

Empezaría, me decían, siendo un 2, o un 3.. pero, si era buena carta y seguía bien las reglas del juego, podría llegar a ser una auténtica Reina de corazones, con mi corona y mi ramo de flores.

– ¡¿Qué?!, ¿Una Reina de Corazones?, prefiero que me corten la cabeza! – pensaba – debe ser muy aburrido ser solo Reina de Corazones. Yo, realmente, prefería ser cualquier otra carta de cualquier otro palo.

Y es que, desde jóvenes, las cartas de Corazones teníamos que estar, casi siempre, disponibles para los demás: organizando y limpiando la baraja, equilibrando los montones de cartas en el tablero, procurando que el resto de cartas tuvieran de todo y, a la vez, siempre relucientes con nuestro impecable maquillaje rojizo y esas insinuantes formas redondas que, nos decían, no podían ser ni muy grandes ni muy delgadas, cada corazón en su justo trazado.

En cuanto salías de la caja y te alejabas un poco de la baraja, ya eras blanco absoluto de las miradas del resto de naipes: no podías hacer ni un juego tranquila sin que pintaran bastos y algún 6 de Picas o un 7 de Tréboles venidos a más quisieran formar Pareja, Tríos o Dobles Pareja contigo en cada partida.

Y, mucho cuidado a la hora de elegir Pareja en tu juego, tenías que asegurarte que la elección era la correcta, pues un cambio natural de Pareja a mitad del juego podía suponer algo peor que quedarte con el corazón roto en el peor de los casos que, por desgracia, ocurría más a menudo de lo que deseábamos.

Por esas razones y, porque no me sentía identificada con un solo palo o color, yo sentía que me faltaba algo. Que podía ser mucho más que una carta bonita de corazones esperando un futuro mejor.

Algunas de nosotras conseguíamos llegar a trabajar entre Tréboles, Picas y Rombos a fuerza de mucho estudio y esfuerzo pero, no podíamos evitarlo, la burla era constante, el desprecio casi rutinario. Nos llamaban de forma habitual “el Comodín” y nos dibujaban un bufón en nuestra carta, para que todos supieran que no éramos como ellos, que solo nos hacíamos pasar por lo que no éramos en aquel juego de llegar a ser iguales.

Era difícil pero, con el paso del tiempo, más cartas empezaron a sentir que esto no podía seguir así y comenzaron a levantarse, unirse y formar grandes escaleras de color, escaleras Reales que avanzaban y ganaban puntos y partidas para poder ocupar puestos relevantes en diversos palos.

Mirábamos al frente y formábamos un castillo de naipes que cada vez llegaba más alto. No nos doblábamos ni arrugábamos ante la menor amenaza de soplarnos y hacernos caer o la sospecha constante de haber hecho trampas hasta llegar allí arriba.

Demostrábamos, con nuestro ejemplo, que los Corazones podían ser tan fuertes y trabajar tan duro como cualquier Pica policía, militar o bombero; capaces de investigar en grandes ingenierías y aprender tan rápido como sus eminencias los Rombos o, por otra parte, ayudar a los demás a través de disciplinas tan complejas como la medicina o la neurociencia, como hacían los Tréboles.

Pero, pasado un tiempo y estando bastante “integradas” en la baraja, pronto comprendimos que no importaban los años de aprendizaje atrás, ni las cualidades que una demostrara tener: nunca conseguíamos siquiera pasar del 5 o el 6 a lo sumo en la escalera. Del 7 en adelante, les estaba reservado exclusivamente a ellos, los barones, los señores del juego y Reyes de la baraja.

Nosotras, aunque no lo mostraran abiertamente, siempre estábamos consideradas “del montón”: les servíamos en la mayoría de casos “para robar” si a alguien le faltaba una carta bonita en su juego con la que completar algún Póker o algún Full de señores trajeados.

Alguna vez, si una carta de corazones conseguía llegar a Reina de otro palo, fuera cual fuera, toda la baraja murmuraba que “habría tenido buena mano..”. No había lugar para el esfuerzo propio y merecido si habías nacido en el palo “equivocado”.

Aún en el mejor de los casos, que tu trabajo fuera valorado como se merecía por toda la baraja de forma unánime, nadie sospechaba que habías tenido que sumar más puntos y demostrar más valía que cualquier otra carta de otro palo.

Hartos de escuchar nuestras sentidas quejas, un día los Reyes de la baraja se juntaron y acordaron celebrar un día dedicado a nosotras: el “Día de los Corazones”, lo llamaron.

Durante ese día, las celebraciones se sucedían por todas las partidas y todas las mesas se llenaban de Corazones, y se construían Escaleras de Color que subían grandes verdades en pancartas de color rojo. Todos dejaban, durante ese día, que ellas hablaran y hablaran, asintiendo conformes al unísono a todo lo que se decía, sin objeción alguna.

Pero, qué desilusión, terminadas las celebraciones, el rojo se volvía negro y todo volvía a la normalidad: el juego no cambiaba sus tradicionales reglas y cada naipe volvía a su lugar y estatus correspondiente.

Parecía que aquello no iba a dar marcha atrás, que todo quedaría igual que lo vivieron nuestras bisabuelas, abuelas y madres antes que nosotras. Hasta que sucedió algo inesperado: un día, todas las cartas ninguneadas y reducidas a la mínima expresión, aquellas que contaban con 1 punto solo, hartas de su situación, se unieron y decidieron dejar de servir de enlace para el resto de números de la baraja: ni el 2, ni el 3, ni el 4, 5, 6… podrían llegar nunca a ser un 10 o vivir como un Rey sin el 1 presente para hacer Escalera Real o Póker.

No aceptarían ninguna mano, por buena que pudiera parecer, y no necesitarían de ningún farol para tener luz propia. Y, es así, como empezaron a darse cuenta de su importancia: sin 1, no habría juego porque lo eran todo para todos.

Porque detrás de cada carta relegada a ser de Corazones había un AS que sumaba muchos más puntos a cada partida de lo que podían admitir. Y, unidos todos los 1, podían llegar a formar un imbatible e inigualable Póker de Ases.

Y llegará ese día en que los unos y los otros, las unas y las otras, podamos ser lo que queramos ser si nos dejan ser y jugar en igualdad.

Porque ya No somos un AS escondido en la manga de nadie.

Ya No somos UNa más, ya No somos invisiblAS.

© Jugadora1.

PD: esta entrada está dedicada a mi bisabuela, mi abuela, mi madre, mis cuñadas y mis amigas, mis profesoras, mis compañeras, mis cómplices en esta lucha diaria y a todas las mujeres maravillosAS que han luchado a lo largo de la historia por ser parte de ella y a las que siguen-seguimos luchando por dejar de ser InvisiblAS.

Y a Laura, otra gran y luchadora mujer, que me dio la idea para escribir esta entrada.

images

1607222104128.standard-female-150.default

Peón a Reina.

Sigue, no te detengas.

No escuches las voces que te insinúan que no serás capaz. Que eres un simple Peón. Que no puedes avanzar más que a pequeños pasos. Uno. Otro. Otro más.

No hagas caso de los caballeros que vienen hacia ti, en su caballo, avanzando con rapidez y eLegancia hacia todo lo que consideran un peligro. Ellos, que nacieron en grandes casas y fortunas tan interminables como sus regios apellidos, huelen todo lo que pueda ocasionarles una pérdida de poder o de estatus y son los primeros en acudir a eliminarlo.

Vosotros, los peones, les dais mucho más miedo del que nunca admitirán. A ellos y a otros caballeros también poderosos que, sin haber nacido en grandes casas, consiguieron escalar y subir a lo más alto con chantajes y prebendas, gracias a poderosos amigos y favores. Desde lo más alto de la más alta Torre, observan cual vigías en busca de algún iceberg escondido tras un aparentemente insignificante peón que pueda hacerles naufragar de su vida de lujos y comodidades.

Ellos también intentarán que el desánimo os gane la batalla y, desde esas altas esferas, manejarán todos los hilos posibles para que vosotros, los Peones, sigáis siendo siempre eso: pequeñas piezas en el juego de la vida.

Los Alfiles, guardianes del tablero, velarán porque todo permanezca igual. El Rey la Reina en su lugar, altamente protegidos, los grandes caballeros y los poderosos en sus Torres y, abajo, en primera fila de batalla diaria, de lucha por la supervivencia, el resto de Peones.

Se moverán con gracia y rapidez, tomando la diagonal ahí donde vean que pueden perder alguna pieza importante. Y seguirán diciéndote que no puedes, que no lo intentes siquiera: -¿Acaso no ves lo pequeño que eres?, ¿dónde está tu caballo?, ¿dónde tu torre? – te dirán – tranquilo pequeño Peón, se feliz en tu pequeño mundo y muévete despacio, así, sin alcanzarnos.

También te encontrarás en tu camino con otros Peones envidiosos de tu avance en el tablero. Muchos unirán fuerzas con los caballeros y los alfiles para que no seas tú quién consiga aquello que más ansían, poniéndose delante de ti para cerrarte el paso.

No pueden ni quieren ver a un Peón como ellos que lo ha conseguido.

De ninguna manera. Prefieren que todo siga igual. Y juntarse de vez en cuando para quejarse de sus pequeños pasos, de los grandes y poderosos que no les dejan avanzar, el tablero que no cambiará nunca y el juego que “es así y así será”.

Pero te contaré un secreto: si no haces caso a ninguno de ellos, ni a grandes ni a pequeños, y sigues tu camino, paso a paso, por pequeña que pueda parecer cada pisada dejará su huella e irá formando nuevos caminos.

Y finalmente, si defiendes a cada casilla tu forma de ser, todo lo que quieres ser y lograr en tu vida, llegarás al final del tablero y te habrás convertido en la dueña de tus decisiones y tu felicidad diaria y no habrá pieza alguna que pueda cambiarlo.

Como Reina de tu vida,  podrás elegir tus movimientos libremente. Y, es cierto, habrá cosas que no puedas lograr, que estén fuera de tu alcance o, simplemente, no sean para ti. Pero haber luchado por lo que quieres ser y hacer te dará una libertad y una fuerza imparable.

De Peón a Reina en el ajedrez de tu vida.

Y sigue, no te detengas.

© Jugadora1.

Safe Creative #1607220241559