Trivialidades.

Existe un juego que cada vez está más de moda: Trivialidades.

Gusta mucho porque para saber jugar solo hay que seguir unas sencillas reglas: no mostrar tu verdadero estado, llevar un espejo, un set de maquillaje y una cámara de fotos siempre contigo y saber compartir a cada paso lo vivido consiguiendo la aprobación generalizada de los demás.

Aunque puedan parecer fáciles sus reglas, es cierto que muchos jugadores invierten mucho tiempo y energías en ser los mejores: buscan la luz, la pose, el encuadre perfecto para sus selfies, el tuit más comentado y compartido, el TT más duradero, el canal de Youtube con más seguidores y el muro más atractivo para acumular “Me gusta” durante toda la partida y ganar así más puntos.

Yo, sin embargo, echo de menos un juego que me enseñaron mis padres desde bien pequeña: Humanidades.

Casi nadie se acuerda de cómo jugar. Muchos nunca han oído su nombre. No conocen los cinco quesitos que hay que conseguir para ser buen jugador: el verde de la empatía, el amarillo de la escucha, el azul de la amabilidad, el rosa del respeto y el marrón de la inteligencia emocional.

No recuerdan, porque nunca nadie les enseñó a jugar, cómo ganar puntos en este juego. Cómo evitar los prejuicios, las comparaciones o la envidia que nos hace retroceder casillas, dejar el asiento a las personas que lo necesitan, escuchar a los demás con verdadera atención, dar las gracias de corazón, poner a trabajar la paciencia en las esperas diarias, el respeto hacia aquellos que son diferentes a nosotros y la amabilidad con los desconocidos.

Humanidades era un juego al que, en mayor o menor medida, todo el mundo sabía jugar o al menos en qué consistía. Nuestros bisabuelos se lo enseñaron a nuestros abuelos que, a su vez, lo transmitían a sus hijos y éstos a los suyos, etc.

Pero jugar a Trivialidades es más sencillo, más inmediato y placentero: compararse a través de las redes, calmar nuestras inseguridades con seguidores virtuales, dejar la escucha para ver solo lo que nos interesa, respetar a aquellos cuyas vidas retuiteamos y cambiar la amabilidad por el filtro de lo socialmente correcto.

Existe un juego que de tan Trivial ha eliminado en su contenido todas las Verdades. Ya solo nos quedan las Trivialidades.

© Jugadora1.

trivial-pursuit

 

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Quién es quién.

Hubo un tiempo en que era fácil jugar al quién es quién: las únicas diferencias entre nosotros y el resto de niños consistían en ser moreno, rubio, si llevaba gafas o usaba sombrero.

Y nos dábamos la mano y jugábamos juntos. Aun empujándonos a veces o peleándonos otras, todo se arreglaba con pedir perdón y un beso. Y a seguir jugando. Todos éramos todos sin importar el quién ni el cómo.

Después, descubrimos que éramos una ficha del tablero y teníamos posición propia. Ya no usábamos gafas únicamente. Éramos empollones.

Habían llegado los grupos. Las reglas del juego se hacían más evidentes. En el colegio, en el instituto y, no lo sabíamos en aquel momento, seguiríamos jugando así el resto de nuestra vida.

Con los años y las experiencias, aprendes a descartar fichas: diferenciar los conocidos, falsos amigos y oportunistas de verdaderas amistades y amores, que permanecerán ahí arriba, visibles en el tablero a lo largo de toda la partida.

Quizás, en este mundo de avatares, prisas, conversaciones por el móvil y pantallas protectoras, ahora más que nunca no sepamos realmente quién es quién.

Y saberlo es necesario. Pararse a descubrir cómo es la persona que tengo delante. Qué le preocupa, qué le gusta más allá de un estado temporal en un muro.

Mirarnos a los ojos y contarnos con la mente y el corazón abierto. Sin prejuicios, desde el respeto y la aceptación.

Y volver así a aquellos tiempos donde no importaba quién es quién más allá de unas gafas y un sombrero.

© Jugadora1.

 

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MA3170

 

El otro día me invitaron a participar en un juego de rol. Bueno, en realidad la invitación me llegó por correo después de algunos meses esperándola. Era una partida rutinaria, nada importante, un juego saludable.

Se desarrollaba en un hospital y la invitación prometía que iba a ser una mañana especial, hasta me asignaron un personaje antes de llegar: MA3170 y, mi misión, completar una serie de pruebas rutinarias antes de dos horas, empezando a las 9:30.

Parecía fácil. No creo que me ocupe más de hora y media, pensé ingenuamente.

Nada más llegar, adopté mi primera identidad: EXT 28. Una pantalla llamaría a mi personaje y una jugadora miraría en un ordenador si mi invitación era correcta y, si lo era, me daría unos tubos y etiquetas con las instrucciones para la siguiente fase.

Es allí donde me asignaron una nueva identidad: EXT123. Como casi siempre que he ido a este tipo de eventos, había muchos jugadores en la sala esperando su turno para completar su misión. Tiré los dados y me salieron 50 minutos de espera. Vaya, mala suerte. Menos mal que llevaba conmigo mis 40 puntos de Paciencia que me sobraron de la anterior partida.

Tras la espera, un análisis y, por primera vez desde que llegué, escuché mi nombre en alto. Sonaba raro, pues allí todo el mundo tiene un nombre en clave, pero “Box 5”, una mujer amable que intentaba sacar sangre a 20 jugadores cada 10 minutos,  lo dijo mientras miraba mis etiquetas. Después, un café, un croissant y lista para la siguiente fase!

Tenía que subir las escaleras mecánicas hasta la primera planta y, al llegar, observé a lo largo del pasillo una hilera de máquinas portadoras de nuevas identidades. Mi tercer personaje en menos de una hora. Emocionante.

Estas pantallas tenían más opciones. Las intenté todas: el código de barras, el DNI, la tarjeta azul, introducir mi código de jugadora autorizada.. Y nada. Daba error. Probé en otra. Lo mismo. Aquello me desmoralizó un poco. Llevaba más de una hora y no conseguía terminar mi segunda prueba: la Consulta.

Me acerqué a una señora junto a la consulta e intenté explicarle mi situación:  buenos días, estoy citada a las 10:45, aquí está todo.. Me miró extrañada, cómo si se preguntara cómo era posible que hablara con ella, habiendo tanta tecnología para poder comunicarse: “¿Es que no ha sacado usted su papel para esta sala?”- me preguntó. No -le expliqué- no consigo sacarlo.

“¿Ha probado con la tarjeta?. Si. ¿Y con el DNI?. Si. ¿Y el código de barras?. También. Pues lo siento, pero tiene que intentarlo de nuevo. Hasta que no tenga su papel no puede pasar”. Pero.. Si estoy aquí. Míreme.. “MA1370″.. Estoy muy metida en mi papel, de verdad. ¡Puede usted avisar a la Doctora de que he llegado.. ”

No, no, imposible. Le repito que debe sacar su papel y esperar a que aparezca su número por la pantalla”.

Estaba claro que ese iba a ser otro de esos días en que el juego se me da tan mal.Pero un golpe de suerte cambió el rumbo.

Tras varios nuevos intentos, aquella máquina confirmó finalmente mi número de jugadora. Tiré los dados y salieron solo 15 minutos de espera! Bueno, al final fueron 25, pero ver aparecer mi nombre en aquella pantalla no tenía precio: “MA3170. Sala 14”.

¡Por fín! Entré en la Consulta. Había una Doctora que me miró de reojo mientras me buscaba en su ordenador.. “¿MA3170?”. Sí, esa soy yo, dije saboreando el triunfo. Estaba casi por terminar y en tiempo récord mi jugada de hoy.

La Doctora me dio los buenos resultados de mi último análisis de rutina mientras tecleaba en el ordenador. Movía los dedos a un ritmo frenético y casi al mismo tiempo tachaba mi nombre de una lista.
A juzgar por su prisa a la hora de escribir y de hablar, supuse que ella tenía también una misión aquella mañana y aún más complicada que la mía. En menos de 15 minutos, sonrisa, apretón de manos y “Ya la veremos dentro de unos meses. Puede pedir la cita en el mostrador”.

Eso es fácil. Ya está. Son las 11:25 de la mañana. He completado mi misión con 5 minutos de ventaja. Saldrá mi nombre en el Top Ten de la Clasificación de hoy.

Triunfal, me puse a la cola de los jugadores que habían completado su ronda de la mañana e iban a citarse para otra partida. Pero los dados me avisaron: 20 minutos. ¿Cómo?, ¿20 minutos esperando para recoger la invitación?.

Cuando llegué al mostrador, un administrativo amablemente me indicó que aún no me podían clasificar, tenía que completar una última fase: la Cita.

Para ello, debía pedir pegatinas en Admisión, después subir a la segunda planta y pedir la invitación para la sección tercera y, una vez la tuviera, volver a bajar a la primera planta donde, esta vez si, me darían la nueva cita para dentro de unos meses, según disponibilidad.

En Admisión me dieron una última identidad de propina “ADM56” y, en la segunda planta, los dados me dieron ventaja de 5 minutos sobre los otros cuatro jugadores que estaban esperando.

Para la siguiente cita, esperé 10 minutos más. Fechas, tarjeta, disponibilidad.. uff, casi echaba de menos el juego de las “Abuelas Piraña”.. si, ese en el que van todas a una hacia la mujer de bata blanca en cuanto sale por la puerta a nombrar e intentan colarse unas de otras..

Las 12:30. Había tardado justo 3 horas. Bueno, no estaba mal, pensé. Salí del Hospital hacia el autobús de vuelta al mundo real. La primera identidad ya se me había olvidado. La segunda tardaría en irse un poco más del brazo. La última estaba olvidada, pero mi identidad principal se resistía a despegarse. Al llegar a Moncloa aún tenía el 7 y el 0.

Se me cayó el 0 desde el hombro y me guardé con cuidado los 10 puntos de Paciencia que me sobraban en el bolsillo. Para la próxima partida.

© Jugadora1.

 

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Vamos a jugar a un Juego.

 Se llama “Comparte tu vida”. Es muy emocionante. Tú me cuentas tu vida y yo lo leo. Bueno, no solo yo. También si quieres realmente jugar todos tus amigos, tu familia, tus compañeros de trabajo, los del jueves en alemán, los del tenis del domingo y tu vecina de abajo. Y todos sus amigos.

Pero no quiero abrumarte. Tranquilo. Empecemos solos tu y yo. Cuéntame algo, dime tu estado actual. No, no te escucho, pero puedo leer todas tus actualizaciones y decirte lo mucho que me gusta. No, no te lo digo en persona, pero tranquilo que te lo haré llegar de alguna manera, este juego es genial, puedo mandarte muchas caritas y dibujos para que veas cómo me gusta lo que dices.

Bueno, no te pongas así, que tampoco hace falta que me cuentes toda tu vida. Sabía que eso no te iba a gustar.

Solo una advertencia: jugar te ocupará mucho más tiempo del que tú crees. Ten cuidado con el tiempo que pasas jugando porque es adictivo. Sí, no me mires así. Créeme. Una vez que empieces, no sabrás vivir sin”Comparte tu vida”.

Es muy importante que sepas pararlo y guardar parte de tu tiempo para vivir la vida real, para recibir esos besos y abrazos que añoras, para contarme tus penas y alegrías y tomarnos un café juntos. Recuerda esto que te digo, pues una vez que entres pensarás que tú controlas el tiempo pero, en este juego, el tiempo te controla a ti.

Sí, ya lo sé. Que preferirías no ver esas fotos de playa en Cancún cuando tú llevas dos años sin vacaciones, y tu mujer que aún se está recuperando de un aborto preferiría no ver tanto bebé y niño haciendo monerías. Tranquilo, puedes elegir qué ver y qué no ver, puedes incluso no participar en el juego. Ignora las peticiones de tu familia y amigos para comenzar a jugar.

Eres libre. Pero recuerda, si no juegas, no existes. O casi.

Pero dejémonos de sermones, que te veo con ganas de empezar. Tú solo recuerda que cuantos más “Me gusta” y comentarios recibas, más puntos obtienes.

No olvides ir completando todas las casillas del juego comentando y publicando temas de todos los colores.

Eso, veo que lo has entendido. Añádeme. Así. Sube una foto. En esa estás muy bien, pareces un tipo atractivo, de éxito en todos los ámbitos y feliz. Es perfecta.

Mira, ya tienes 5 👍 y dos comentarios sobre tu moto y tus ojazos.

Bienvenido. Ya eres uno más. Me gusta!

© Jugadora1.

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Instrucciones de juego.

No soy buena jugadora. Nunca lo he sido.

Si jugaba al “Parchís”, nunca me salían cincos para salir de casa cada vez que me comían (que era casi siempre, de hecho mi función en el juego era alimentar al resto de jugadores para darles ventaja unos sobre otros de vez en cuando).

El “Monopoly” era peor. Aquello era un auténtico coladero de dar y dar dinero, mientras intentabas con todas tus fuerzas poder tener las dos calles más caras de la ciudad, pues sabías que aquel que las comprara (no digo poner una casa o un hotel encima, eso ya era el Jaque Mate oficial de la partida) tenía todas las de ganar, aunque tú tuvieras las amarillas, las verdes, rojas y todas las compañías eléctricas juntas.

“El camino de la vida” era un juego cuanto menos curioso. Sobre todo porque, en aquellos años de jugar en la calle, ver los dibujos y escribir a los Reyes, la idea de ir sumando hijos a tu cochecito e ir pagando por ellos y tener un trabajo u otro para terminar en el club de los jubilados de tercera clase o con acciones era.. eso, un juego. Tú, en tu mente de niño, no sospechabas cuánto había de triste verdad en el dinero que recibías “cada mes” y cuán rápido se iba entre gastos sorpresa (un incendio, un terremoto.. sí, lo sé, eran un poco exagerados pero te fastidiaban igualmente), la boda, los hijos que se iban sumando, etc.

Era como un pequeño ensayo de lo que podría pasarte en el futuro. Solo que en aquellos días, el futuro era demasiado lejano y los hijos, las carreras, los trabajos y las nóminas eran cosas de mayores. Tú solo jugabas para divertirte un rato y ganar a tus amigos o hermanos. Después, bocata de nocilla, y la vida seguía su camino sin mostrarte aún sus verdaderas cartas.

Como en casi todos los juegos, tampoco se me daba muy bien este último. No ahorraba, no elegía bien la carrera, demasiados gastos y muchos imprevistos que acababan con mis huesos (aquel palito con cabeza), irremediablemente, en alguna pensión más que ajustada y sin títulos ni acciones.

Cuando ya la vida se presenta frente a ti y has recorrido parte del camino, es cuando empiezas a entender algunas cosas: sabes bien que cada ficha, cada carta, cada kilometraje de ese cochecito que avanza te enseña cómo ir jugando, porque no hay instrucciones para saber cómo sacar el máximo partido a este juego, pero sí vamos aprendiendo a hacerlo, aunque sea a base de jugar muy mal muchas veces y volver a tirar los dados una y otra vez.

Jugadora 1 está en activo, jugando y con ganas de luchar y aprender. No soy buena juegadora, pero sigo intentándolo y sigo aprendiendo. Siempre.
© Jugadora1.

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