El regalo.

Siri, necesito urgentemente encontrar un regalo para mi, para subirme la moral después de esta semana de trabajo, de esta vida de estrés y rutina diaria.

Algo que me haga sentir bien cuando lo estrene.

Que me quite ańos y me aporte frescura.

Algo práctico pero elegante, que todo el mundo me mire deseando haberlo recibido.

Quiero un regalo único, distinto a lo que llevo a diario, a lo que se pone la gente.

Y sentirme querida, deseada y admirada a partes iguales cuando lo lleve.

Dejar de sentir ese vacío tras las compras, esa sensación de empacho instantáneo para después caer en la culpa sin remedio.

Un regalo que me acompańe cada día, del que nunca me canse.

Que sea difícil de encontrar y, a la vez, asequible en su precio.

O, mejor, que no tenga precio.

Eso, ¡quiero el mejor regalo que exista! ¿Dónde puedo encontrarlo?

……. ……. ……. ……. (procesando)

“Aquí tienes tu regalo”:

Y Siri se apagó, junto con el móvil al completo.

Miró hacia arriba. Fue un extrańo movimiento de cuello que hacía tiempo no realizaba, junto con un abrir de ojos y respirar aquel aire de primavera, sintiendo cómo entraba en sus pulmones mientras el sol le calentaba la cara.

Y, entonces, REspiró lentamente, con GAnas, deseando que ese instante durase para siempre y LO conservó en su interior para revivirlo las veces que quisiera, las que necesitara, tener el mejor Regalo del mundo.

© Jugadora1.

schöner Garten

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El Juego del Verano.

 

Venga, pruébalo. Es fácil.

Deja tu cuerpo y tu mente en blanco, liberados de toda presión laboral, sentimental o familiar y descárgate en tu cerebro unas sencillas instrucciones para disfrutar del juego, de cada veraniega partida.

Primera regla: deja de pensar en el tablero que has utilizado todo el año.

Quizás pasaste el año haciendo acopio de nuevas calles, hoteles, casitas o eléctricas.

Quizás sumaste nuevos integrantes a tu auto familiar o recorriste menos casillas de las que quisieras.

Da igual. Deja de seguir levantando cartas de la suerte y tirando los dados.

El cubilete y el móvil a un lado. Tu cuerpo a otro, preferiblemente bien lejos y en silencio.

Deja de repasar cada jugada anterior, de hacer balance de la partida.

Lo que pasó, pasó. Déjalo estar.

Segunda regla: la banca siempre gana.

No, aunque creas que todo vale en este refrescante y pasajero juego, no es así.

El dinero de las salidas, hoteles, regalos o caprichos no vuelve, no se reintegra al finalizar el juego.

Gastar un poco más, regalarse momentos diferentes es estupendo y necesario, pero siempre sabiendo distinguir la realidad del mero placer de jugar al verano.

Tercera regla: sé feliz tal como eres.

No te has podido ir de vacaciones o estás en el pueblo mojándote los pies en la única piscina que hay mientras tus amigos publican sus fotos de sus maravillosas escapadas exóticas, llenas de aventuras y selfies felices entre amigos.

Y qué.

No tienes ese cuerpo que te venden en todas partes. Te está pequeña la falda del verano pasado. Te sientes hinchada con este calor.

Y qué.

No has subido fotos de tu pareja y/o tus maravillosos pequeños o tus compis de buceo porque no tienes ni uno ni otro, o solo uno sin lo otro porque no llega, no se puede o no se quiere.

Y qué.

No tienes 20 ańos y lo notas. Miras a la gente más joven y te preguntas en qué momento dejaste de tener esa edad y empezar a ver la vida desde otra perspectiva.

Y qué. No te importa, no debe importarte ni en este ni en posteriores juegos.

Última regla: disfruta.

Este juego, como la vida, es corto y se hace aún más corto con los años.

Disfruta del sol, del calor o el frío, de la playa, piscina, ducha o bañera, la montaña, el parque o el atracón de series en tu salón.

De la brisa, las cańas o el helado de merienda.

Vuelve a leer. Activa tu mente más creativa: escribe, pinta, canta, haz castillos en el aire que alberguen tus sueños.

No hace falta irse lejos para jugar, aunque una breve escapada, por pequeña que sea, activa la carta de intensidad a cada jugada.

Vena, pruébalo. No es difícil.

Vive cada día como si fuera Verano.

© Jugadora1.

 

 
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La Torre.

Empieza un nuevo día. Borrón. Cuenta nueva: mi Torre intacta, con todas sus piezas encajadas y organizadas. Sin fisuras, fuertes y bien ancladas.

Primer contratiempo, no arranca el coche. Siento como se me desprende lentamente una de las piezas de la base. No consigo situarla en lo más alto y adaptarme, no me lo esperaba y no he reaccionado bien. Primera pieza perdida.

Al llegar a la oficina, nos encargan bastante más trabajo del esperado para hacer en tiempo récord, otras dos piezas que se desprenden casi sin querer y solo de pensarlo. Me estoy visualizando a mi misma trabajando hasta tarde, sentada todo el día rodeada de papeles y empiezo a balancearme un poco.

Tranquila. Relativiza, que tampoco es para tanto, ya ha ocurrido más veces. No es nada que no pueda pasar en una partida diaria.

Consigo así, viéndolo en perspectiva, incluir las dos piezas perdidas en mi Torre, situándolas en lo más alto, en el nivel del aprendizaje. Vuelvo a estabilizarme.

A la comida, una llamada muy esperada que no parece llegar nunca. Me impaciento y preocupo a partes iguales. Igual ha pasado algo, a lo mejor se le olvidó. Quizás solo esté ocupado.

A cada pensamiento negativo que va surgiendo en mi mente, se van desplazando unos milímetros hacia fuera algunas piezas de la base: las que están menos sujetas, las de mis inseguridades y miedos, se separan con mayor facilidad.

La llamada llega un rato después. No pasaba nada, un móvil con poca batería. Me regaño a mi misma por haber dejado que un hecho tan insignificante casi me haga perder piezas valiosas de mi Torre.

En ese momento no me doy cuenta pero,  solo por enfadarme conmigo misma y regañarme así, se está moviendo una de las piezas más importantes: la de mi autoestima.

Salgo del trabajo. Voy a comprar. Vaya, parece que todo el mundo se haya puesto de acuerdo: atascos en la entrada, empujones, señoras que quieren colarse, más empujones, colas enormes para pagar.

Me entra la prisa. Quiero llegar a casa ya, descansar un poco. Creo que, a este paso, no llegaré nunca. Cómo se puede ser tan lento.

Es imposible. Me cuesta reconvertir todo el aluvión de pensamientos negativos en aprendizaje en la cima de mi Torre. Siento que voy a caer de un momento a otro.

Pierdo una pieza, dos, tres, cuatro. Voy a caer, seguro. Se desprende una pieza más y espero cinco segundos casi sin respirar a ver qué pasa.

No cae. Respiro. Me mantengo aún en pie, aunque por poco tiempo.

Tranquila. Si sigues así perderás el equilibrio y toda tu fortaleza cederá al estrés. Relájate. Así, muy bien. Tómalo con humor. Ríete. Eso. Sonríe aunque te sientas agobiada. Dale la vuelta. Así.

Descubro que el sentido del humor es un pegamento fuertísimo, capaz de unir todas las piezas caídas y anclarlas relativizando todo lo que se mueve en los cimientos. Una sonrisa en estos momentos ayuda a que se seque y compacte todo más rápido y se equilibren las piezas de golpe.

Bien. Ya está. Terminó la partida por hoy. Ahora toca dormir y dejar que el sueño vuelva más fuerte todas mis piezas para empezar, mañana, un nuevo día.

Borrón. Cuenta nueva. Mi Torre intacta y un nuevo aprendizaje incorporado: mi sentido del humor,  preparado para mantenerme fuerte y bien anclada. Empieza otra partida.

© Jugadora1.

 

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