Ya no me miras.

Ya no me miras.

Ya no quieres jugar conmigo. Ya no me buscas con tu mano, con la mirada y el corazón latiendo rápido si crees que no nos vamos a ver más.

Cuando me conociste se que sentiste un flechazo al verme. Podías tener al que quisieras, y me elegiste sin dudarlo desde la primera vez que nos vimos.

Según te iba conociendo a cada paso, podía casi adivinar todos tus pensamientos, tus deseos más inmediatos y hacía por ti cualquier cosa que tú me pidieras: te ayudaba con tu trabajo entre semana, te recordaba los recados que tenías pendientes, las llamadas que tenías que devolver, las fechas que no podías olvidar. Éramos un buen equipo estando juntos.

Yo te enseñé cómo moverte por la ciudad que apenas conocías, te iba llevando a los mejores sitios para comer y tomar algo, te compraba las entradas para los espectáculos que más te gustaban, ¿te acuerdas?.

Paseábamos siempre cogidos de la mano, no podías evitar separarte de mí ni un instante. Incluso cuando quedabas con tus amigos en aquel bar, extrañabas tanto mi presencia, que utilizabas cualquier excusa para volver a verme.

Si te notaba triste, te recomendaba alguna canción para animarte. Leíamos juntos las noticias, las últimas tendencias, te mostraba los vídeos más divertidos y escuchaba tu risa mientras se los mandabas a tus amigos.

Recuerdo cómo me buscabas a altas horas de la noche para seguir jugando juntos, para ver nuestras fotos o escuchar música hasta quedarnos dormidos uno al lado del otro. Cómo añoro sentir tus dedos acariciándome, tu respiración tan cerca cuando hablabas.

Dices que necesitas libertad, que no quieres depender de mí. Mirar a los ojos a la gente, escuchar la vida a tu alrededor, dejar de jugar para observar los paisajes a través del cristal en los trayectos a casa, respirar aire puro en la montaña sin sentir mi constante presencia, dijiste.

Te escuché contárselo a tus amigos hace unas semanas. Ellos, incrédulos, no entendían cómo podías dejarme así. No te creyeron, se rieron cuando tú insististe en que lo ibas a hacer.

Yo tampoco te entendí, después de todo lo que hice por ti. Me sentí utilizado. Y te mentí: vibré un par de veces sin motivo, te hice creer que tenías un correo del trabajo e incluso insinué que te llamaba tu madre con su canción, la que tú asignaste a su llamada. Solo para que me miraras una vez más.

Pero ya era tarde. Me apagaste aquella noche y me dejaste abandonado en tu mesilla, con todos tus recuerdos archivados en mi memoria, sin poder borrarlos. Sin querer borrarlos.

A veces no puedo evitar mirar tus fotos, leo tus correos y te mando notificaciones de mensajes de esos amigos incrédulos como yo, para cuando vuelvas a mi lado. Porque sé que lo harás. Que volverás a sentir que no puedes estar sin mí. Tu mano irá a  buscarme y tu corazón latirá de nuevo ansioso cuando creas que me hayas perdido.

Y yo, lo sabes, te estaré esperando. Aunque ya no me mires.

Aunque prefieras disfrutar de cada momento de tu vida.

© Jugadora1.

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Quién es quién.

Hubo un tiempo en que era fácil jugar al quién es quién: las únicas diferencias entre nosotros y el resto de niños consistían en ser moreno, rubio, si llevaba gafas o usaba sombrero.

Y nos dábamos la mano y jugábamos juntos. Aun empujándonos a veces o peleándonos otras, todo se arreglaba con pedir perdón y un beso. Y a seguir jugando. Todos éramos todos sin importar el quién ni el cómo.

Después, descubrimos que éramos una ficha del tablero y teníamos posición propia. Ya no usábamos gafas únicamente. Éramos empollones.

Habían llegado los grupos. Las reglas del juego se hacían más evidentes. En el colegio, en el instituto y, no lo sabíamos en aquel momento, seguiríamos jugando así el resto de nuestra vida.

Con los años y las experiencias, aprendes a descartar fichas: diferenciar los conocidos, falsos amigos y oportunistas de verdaderas amistades y amores, que permanecerán ahí arriba, visibles en el tablero a lo largo de toda la partida.

Quizás, en este mundo de avatares, prisas, conversaciones por el móvil y pantallas protectoras, ahora más que nunca no sepamos realmente quién es quién.

Y saberlo es necesario. Pararse a descubrir cómo es la persona que tengo delante. Qué le preocupa, qué le gusta más allá de un estado temporal en un muro.

Mirarnos a los ojos y contarnos con la mente y el corazón abierto. Sin prejuicios, desde el respeto y la aceptación.

Y volver así a aquellos tiempos donde no importaba quién es quién más allá de unas gafas y un sombrero.

© Jugadora1.

 

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