Tú la llevas.

La prisa. La queja. La angustia, la nube gris que acecha.

No puedo escucharte más tiempo, no puedo pintar de gris mi día con el humo de tu pesadumbre. Lo sé, la vida duele y nunca descansa, pero tu queja es constante y mi energía se hace más pequeña conforme tu visión negativa crece.

Permíteme no seguirte el juego, no entrar en la Comba de las Molestias y Achaques perennes. Déjame ayudarte a coger las riendas y ser tú la que mueves la cuerda y diriges tu vida: en positivo, manteniendo el ánimo arriado y fuerte, a prueba de tempestades.

La envidia. La desconfianza. El descontento. La rabia.

No quiero envidiar lo que no tengo, desear ser más que los demás. No desconfío de casi todo y me contento con casi nada. No vivo mi vida pensando qué dirán o qué tendrán que yo no tengo.

Permíteme no entrar en el juego de Contar Mentiras, de hacer trampas y aparentar lo que no soy.

La pasividad. La indiferencia. La falta de empatía y educación.

No quiero perder mis valores, los que mis padres me enseńaron, y seguir dando los buenos días, las gracias y dando la importancia que tiene al tiempo de los demás, a los detalles. Quiero respetar todas las opciones posibles, la forma de vivir y de ser feliz sin seguir unas reglas del juego preestablecidas.

Permíteme moverme, ayudar, escuchar y dejar de jugar a las Estatuas con el resto del mundo , sin permanecer inmóvil e indiferente cuando alguien sufre o pasa un mal momento. Utilizar la empatía para escuchar más y hablar menos, para construir juntos nuevas relaciones.

No me persigas más. Estoy en cruci, en pausa. Parada para respirar hondo y saber disfrutar de cada momento.

No jugaré a este juego de indiferencia, envidia y quejas, aunque la llevéis todos menos yo, aunque si no entro nadie quiera jugar conmigo. No me importa.

Tú la llevas.

© Jugadora1.

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Me gusta.

Me gustan las personas decididas y directas, que dicen lo que piensan con el respeto por delante.

Que comparten contigo cosas de su vida. Las que, tengan el físico que tengan, no caminan como si la vida fuera una pasarela y su apariencia garantía de algo.

Las personas que valoran los detalles, que saben dar el valor que tiene el carińo y el esfuerzo que hace otra persona dándonos su tiempo.

Me gustan las personas alegres que no esconden su alegría y no se sienten menos inteligentes o interesantes que aquellas de semblante serio y hablar pausado.

Me gustan las personas serias que no tienen un carácter especialmente alegre o hablador, pero eso no les hace menos especiales.

Me gusta la ternura, la dulzura y calidez en una sonrisa, una caricia, en una frase de aliento. Me gustan las personas que tienen miedo, que dudan, que se traban y equivocan, que tropiezan y se levantan.

Me gustan las imperfecciones y la naturalidad de las mismas, los que no buscan el ideal impuesto y son maravillosamente reales.

Me gustan las personas que no cuentan los cafés por favores sino por el placer de compartir.

Las que tienen curiosidad por aprender y cambiar a cada paso. Las personas coherentes que no son solo palabras, que defienden con su postura, su forma de ser y actuar, aquello que pregonan.

Me gustan las personas cariñosas, que te abrazan con la mirada y te sonríen con el corazón cuando están cerca.

Las que no creen que solo haya una forma de pensar o ver la vida, que respetan todas las opiniones y formas de vivir.

Me gusta la empatía y me me gustan las personas que demuestran tenerla, porque gracias a ella somos capaces de ver más allá, salir de nuestro mundo, comprender y ayudar a los demás.

Las personas que son educadas, que no han perdido esa forma de ir por la vida dando los buenos días y las gracias con una sonrisa. No cuesta tanto. No debería ser algo que se tenga que valorar en el día a día.

Me gustan las personas detallistas, que te sorprenden, que aportan una pincelada de color a tu día con un detalle que no esperabas.

Las personas que te escuchan de verdad y no solo para dar la réplica o con el piloto automático.

Que saben dar oportunidades, que no cierran la puerta al primer encontronazo, que no etiquetan a los demás y no vuelven a revisar sus propios prejuicios.

Me gustan las personas que saben nadar en las profundidades y no se quedan solo en la superficie. Las que saben tu nombre y recuerdan lo que les dijiste.

Las que no exteriorizan todo lo especiales que son, pero notas que lo son solo con mirarlas.

Me gustan las personas que dicen lo que sienten. Y que sienten de verdad lo que dicen.

Y me gusta intentar ser así, como las personas que me gustan.

© Jugadora1.

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Trivialidades.

Existe un juego que cada vez está más de moda: Trivialidades.

Gusta mucho porque para saber jugar solo hay que seguir unas sencillas reglas: no mostrar tu verdadero estado, llevar un espejo, un set de maquillaje y una cámara de fotos siempre contigo y saber compartir a cada paso lo vivido consiguiendo la aprobación generalizada de los demás.

Aunque puedan parecer fáciles sus reglas, es cierto que muchos jugadores invierten mucho tiempo y energías en ser los mejores: buscan la luz, la pose, el encuadre perfecto para sus selfies, el tuit más comentado y compartido, el TT más duradero, el canal de Youtube con más seguidores y el muro más atractivo para acumular “Me gusta” durante toda la partida y ganar así más puntos.

Yo, sin embargo, echo de menos un juego que me enseñaron mis padres desde bien pequeña: Humanidades.

Casi nadie se acuerda de cómo jugar. Muchos nunca han oído su nombre. No conocen los cinco quesitos que hay que conseguir para ser buen jugador: el verde de la empatía, el amarillo de la escucha, el azul de la amabilidad, el rosa del respeto y el marrón de la inteligencia emocional.

No recuerdan, porque nunca nadie les enseñó a jugar, cómo ganar puntos en este juego. Cómo evitar los prejuicios, las comparaciones o la envidia que nos hace retroceder casillas, dejar el asiento a las personas que lo necesitan, escuchar a los demás con verdadera atención, dar las gracias de corazón, poner a trabajar la paciencia en las esperas diarias, el respeto hacia aquellos que son diferentes a nosotros y la amabilidad con los desconocidos.

Humanidades era un juego al que, en mayor o menor medida, todo el mundo sabía jugar o al menos en qué consistía. Nuestros bisabuelos se lo enseñaron a nuestros abuelos que, a su vez, lo transmitían a sus hijos y éstos a los suyos, etc.

Pero jugar a Trivialidades es más sencillo, más inmediato y placentero: compararse a través de las redes, calmar nuestras inseguridades con seguidores virtuales, dejar la escucha para ver solo lo que nos interesa, respetar a aquellos cuyas vidas retuiteamos y cambiar la amabilidad por el filtro de lo socialmente correcto.

Existe un juego que de tan Trivial ha eliminado en su contenido todas las Verdades. Ya solo nos quedan las Trivialidades.

© Jugadora1.

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