Me gusta.

Me gustan las personas decididas y directas, que dicen lo que piensan con el respeto por delante.

Que comparten contigo cosas de su vida. Las que, tengan el físico que tengan, no caminan como si la vida fuera una pasarela y su apariencia garantía de algo.

Las personas que valoran los detalles, que saben dar el valor que tiene el carińo y el esfuerzo que hace otra persona dándonos su tiempo.

Me gustan las personas alegres que no esconden su alegría y no se sienten menos inteligentes o interesantes que aquellas de semblante serio y hablar pausado.

Me gustan las personas serias que no tienen un carácter especialmente alegre o hablador, pero eso no les hace menos especiales.

Me gusta la ternura, la dulzura y calidez en una sonrisa, una caricia, en una frase de aliento. Me gustan las personas que tienen miedo, que dudan, que se traban y equivocan, que tropiezan y se levantan.

Me gustan las imperfecciones y la naturalidad de las mismas, los que no buscan el ideal impuesto y son maravillosamente reales.

Me gustan las personas que no cuentan los cafés por favores sino por el placer de compartir.

Las que tienen curiosidad por aprender y cambiar a cada paso. Las personas coherentes que no son solo palabras, que defienden con su postura, su forma de ser y actuar, aquello que pregonan.

Me gustan las personas cariñosas, que te abrazan con la mirada y te sonríen con el corazón cuando están cerca.

Las que no creen que solo haya una forma de pensar o ver la vida, que respetan todas las opiniones y formas de vivir.

Me gusta la empatía y me me gustan las personas que demuestran tenerla, porque gracias a ella somos capaces de ver más allá, salir de nuestro mundo, comprender y ayudar a los demás.

Las personas que son educadas, que no han perdido esa forma de ir por la vida dando los buenos días y las gracias con una sonrisa. No cuesta tanto. No debería ser algo que se tenga que valorar en el día a día.

Me gustan las personas detallistas, que te sorprenden, que aportan una pincelada de color a tu día con un detalle que no esperabas.

Las personas que te escuchan de verdad y no solo para dar la réplica o con el piloto automático.

Que saben dar oportunidades, que no cierran la puerta al primer encontronazo, que no etiquetan a los demás y no vuelven a revisar sus propios prejuicios.

Me gustan las personas que saben nadar en las profundidades y no se quedan solo en la superficie. Las que saben tu nombre y recuerdan lo que les dijiste.

Las que no exteriorizan todo lo especiales que son, pero notas que lo son solo con mirarlas.

Me gustan las personas que dicen lo que sienten. Y que sienten de verdad lo que dicen.

Y me gusta intentar ser así, como las personas que me gustan.

© Jugadora1.

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Tragabolas.

Cuando yo era pequeña, jugábamos a un juego que consistía en cuatro hipopótamos cuyas enormes bocas se abrían para engullir más y más bolas al ritmo de una palanca que nosotros pulsábamos. Cuanto más rápido, más bolas tragaban, ganando aquel que comiera más.

A muchos adultos, en la actualidad, se les da realmente bien jugar: adelantando por la derecha o pegándose al coche de delante en el carril izquierdo para que se aparte; empujando y corriendo para sentarse en alguno de los (pocos) sitios libres en el metro o el bus; colándose en el comercio para que les atiendan antes, abriendo mucho la boca para insultar a quien le recrimine su actitud, etc.

Son muchas las ocasiones en que pueden demostrar su destreza jugando a este juego y pocas las ocasiones que demuestran más educación, respeto y solidaridad hacia los demás.

Les enseñaron, desde pequeños, que gana el que más se queja, el que más pide y el que más rápidamente consigue comerse la parte del pastel que queda en la mesa.

Aunque eso implique no mirar a los hipopótamos que nos rodean, echándole morro, enseñando los dientes y abriendo mucho la boca.

Y pasa que, a veces, uno se pregunta si no podríamos repartir las bolas de una forma más equitativa entre todos los jugadores, comiendo todos por igual, no dejando perder a nadie.

Pero la ilusión se desvanece rápido al poner un pie en la calle y comprobar cuántos Tragabolas profesionales existen a nuestro alrededor.

Y es así como, la mayoría de los jugadores, va comiendo lo que queda, lo que alcanzan a coger desde su posición, lo que les dejan.

Tragando aire, promesas, ilusiones y esperanzas. Tragando con lo que sea para poder sentarse a la mesa y participar del juego.

Mientras tanto, unos pocos privilegiados, estiran bien el cuello, miran a los demás por encima del hocico y consiguen comer y acumular más bolas a su paso. Nunca satisfechos, siempre deseosos de tener más y más a cada bocado.

Quizás, algún día, comprueben que ya no funcione la misma forma de hacer las cosas porque, simplemente, ya no haya jugadores dispuestos a jugar con ellos.

Quizás, ese día, las bolas se repartan y los tragabolas estén mal vistos.Estiraremos bien el cuello para ser más conscientes de todo lo que nos rodea, abriremos la boca solo para proponer soluciones, dialogar juntos y ponernos todos en marcha por un juego más justo y solidario.

Hasta ese día, cerraré bien la caja para que la tentación o necesidad de entrar en el juego no me alcance. Guardaré al hipopótamo que hay en mi y dejaré que la palanca de la inmediatez, el egoismo y la competitividad extrema se oxide junto con el resto del tablero.

Ya, nunca más, jugaré a ser un Tragabolas.

© Jugadora1.

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