21 Black Friday Jack.

Antes, jugaba muy a menudo al Black Friday Jack.

Sobre todo en aquellos días de lluvia y frío que no apetecía salir a la calle y me rondaba por el cuerpo, desde la mańana, el estrés acumulado de la semana. No fallaba: una buena partidida y, casi instantáneamente, ya me sentía mejor.

Y lo mismo debieron pensar los demás compańeros de juego porque, especialmente los fines de semana, casi no se podía caminar entre tanta multitud de gente que, al igual que yo, buscaba olvidarse de sus problemas y calmar su ansiedad echando unas cuantas partidas un viernes o sábado por la tarde.

Porque allí, en aquellos centros de varias plantas llenas de tiendas con crupiers esperándonos, no existía el frío ni el cansancio.

Tú entrabas a echar un vistazo y, aunque no lo tuvieras en mente en un principio, hasta el mínimo detalle estaba pensado para invitarte a jugar, como mínimo, una partida rápida antes de salir de allí.

Y así hacía. Entraba en una tienda y, seducida por las luces y carteles de rebajas, preguntaba rápidamente por los descuentos aún disponibles.

Cuantos más descuentos, más posibilidades tenía de conseguir más cosas sin sobrepasar el límite del juego y ganar a la banca. Lo tenía todo calculado.

Primero, pedía la carta del bolso con el 15% de descuento. Después, me acercaba a otra mesa y pedía la carta del vestido de nochevieja rebajado un 10% y, de paso, una carta de esos zapatos de charol negros con un 30% menos.

Para terminar, una última mesa y alguna carta más que, aunque no tuviera descuento, no sé cómo me había convencido a mi misma de la necesidad de tenerla.

Antes de salir, a veces, se me antojaba algo para comer y, claro está, en aquellos centros de juego siempre encontrabas sitios para descansar eligiendo el menú a mitad de precio entre semana o, si era fin de semana, arriesgando un poco más,  pidiendo directamente la carta.

Para no perder, iba sumando mentalmente todos los valores que había ido gastando en cada carta pero, no sé cómo podía suceder que, cuando llegaba a casa y miraba el extracto de mi cuenta bancaria (la única forma de saber si habías ganado este juego), casi siempre acababa pasando del límite.

A veces rozándolo por poco (aquella carta del helado antes de irme..), otras veces y casi sin darme cuenta, con mucha distancia.

Como siempre, la banca ganaba.

Hasta que me cansé de jugar a este juego. De perder dinero, energías y tiempo cada fin de semana.

Decidí que no, no iba a caer en la trampa de pensar que yo sería más lista que ellos, que podría controlarlo bien y elegir solo las cartas más necesarias.

Aunque pareciera sencillo ganar. Aunque solo el hecho de conseguir unas cuantas cartas,  ya me hiciera sentir mejor. Aunque todo el mundo lo hiciera.

Tan solo, pensé, debía alejarme lo posible de aquellos centros. Y saber elegir bien mis cartas lo que, curiosamente, me hacía perder menos y acabar ganando mucho más de lo que podía imaginar.

Aquella carta de la llamada a mi familia, la del café con una amiga, la carta del mensaje cómplice a mi hermano, la de leer un buen libro por la mañana, la de salir a pasear el domingo y hacer fotos al paisaje o, una de mis preferidas, la carta del abrazo bien grande a todas las personas importantes de mi vida, sin límite de tiempo.

Y, como esas, muchas, muchas más a elegir. Lejos de rebajas, de descuentos, días de oro, sin IVA o viernes especiales.

Esta vez, por fin, me hallaba lejos de caer en la trampa y perder mi dinero y energías en el 21 Black Friday Jack.

Ahora no dejo que elijan por mi sino que, soy yo, la que elijo la carta de disfrutar de mi tiempo a mi manera, y el único As posible, el de la Felicidad.

© Jugadora1.


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Monopolilla.

Al principio, compró una pequeña casa en la calle azul de su barrio. Era modesta, no muy grande, pero tenía todo lo necesario para vivir con tranquilidad.

Después de varias vueltas por la ciudad pudo ahorrar algo de dinero. El suficiente para que aquella casa entrañable que tanta ilusión le había hecho comprar unas jugadas antes, ya no le gustara.

No sabía exactamente por qué. Solo podía ver cómo Brillaba con más fuerza la de la calle amarilla con piscina, garaje y pista de pádel. Y allá que fue volando hacia ella hasta comprarla.

Ahora que al fin estoy agusto- pensó- me vendría bien tener un nuevo móvil. Uno más plano, más grande y con el doble de aplicaciones. Así que compró uno que brillaba tanto como su casa y una televisión con Internet aún más plana y grande.

Todo iba bien. A cada tirada de dados, avanzaba tan rápido que el dinero parecía ir llegando directo de la banca a sus manos.

Y, sin embargo, no se sentía del todo bien. Seguía moviéndose a ciegas, necesitado de una luz brillante que le guiara.

Al fin, la vio. Era realmente irresistible, paseando por la ciudad vislumbró un enorme anuncio de viajes por el mundo. Le pareció una gran idea, hacer una pausa y volar bien lejos por aquellos lugares exóticos de los que todo el mundo hablaba: Tailandia, las Maldivas, Croacia, etc.

Volvía lleno de grandes souvenirs y ropa aún más cara con los que llenaba cada rincón de su casa y de su vacío existencial.

Una mañana, al despertar, la casa pareció haberse encogido de forma alarmante. Le costaba respirar, nada de lo que había a su alrededor le hacía sentir bien.

Necesito volver al juego, se dijo, tirar nuevamente los dados, entrar en la rueda y volar hacia otra luz más brillante.

Y así es como se compró un chalet en la calle roja y, unos meses más tarde, una mansión en la privilegiada zona verde y, como ya tenía cuatro casas, se decidió por un hotel en la calle azul de la mejor zona de la ciudad.

Pasaba los fines de semana sentado en su gran sofá cambiando de la tele al móvil y de éste al ordenador para terminar dormido junto a su tablet.

Cuando se cansaba, iba a hacer deporte para poner su estómago igual de plano que su portátil y sus músculos tan grandes como su piscina.

Pero algo le seguía faltando. Ya está, pensó, necesito compartirlo todo, eso es lo que me falta: y se creó un perfil en varias redes sociales en las que subía fotos de sus viajes, de sus casas, de su maravillosa vida.

Con cada “Me gusta” su ombligo creía tanto como su nuevo y brillante coche. No podía dejar de compartir casi cada momento de su partida. Tirar los dados ya no tenía la misma emoción sin contar el resultado, sin mostrar la mejor de sus cartas.

Entonces, en la última jugada de la semana, el azar le llevó sin esperárselo a sacar varias tarjetas que hablaban de nuevos impuestos, incendios, desastres y gastos inesperados.. Y fue perdiendo poco a poco su hotel, su casa verde, la roja y la amarilla.

Se quedó con su casa azul. Con un televisor voluminoso y una cuenta bancaria plana.

Y empezó a moverse más y comprar menos, conociendo a otras personas con las que compartía menos fotos de cosas y más cosas que recordar juntos.

Un día, paseando por la ciudad, vio a lo lejos el brillo de una vida “mejor” que se filtraba por todos lados en forma de objetos para llenar vacíos, experiencias por compartir en redes, nuevas necesidades que atender que surgían a cada paso.

Todo invitaba a tirar los dados e ir nuevamente hacia aquella luz.

Pero notó algo distinto. Algo que le había crecido en los últimos meses: unas alas que le permitían volar por encima de las calles y las estaciones ferroviarias, de las centrales eléctricas y aquellos enormes hoteles rojos para poder, desde la altura, verlo todo en perspectiva.

Y con la perspectiva vino el final de aquella partida: había llegado definitivamente el momento de dejar de jugar para tomar el Monopolio de sus decisiones, el timón de su vida.

Ya nunca más sería una Monopolilla.

© Jugadora1.

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