Tres en Raya.

A veces todo encaja, todo cuadra. Y sientes que viajas por la vida en linea recta, como siguiendo un camino trazado sin curvas ni atajos. Todo seguido, todas las piezas asentadas.

Entonces, pasa algo y se tambalea el tablero. La ficha del amor, quizás, que no ha aguantado más tiempo en esa posición y se ha alejado de tu lado, o la has tenido que mover porque no podías más, sacrificando el aparente triunfo de la partida por la superación personal en un feliz nuevo inicio.

Sigues adelante confiando que nuevamente llegará una ficha con la que construir un futuro en pareja. O no, porque uno puede abandonar la horizontalidad o verticalidad prevista y mover fichas en diagonal para construirse una nueva forma de seguir disfrutando de la partida.

Sucede que, otras veces, es la ficha del dinero y trabajo la que no encaja, la que no conseguimos centrar en línea recta. Y vamos dando bandazos, intentando encontrar o continuar nuestra vida profesional de la mejor forma posible.

Y seguimos buscando nuestro lugar con las otras dos fichas bien ancladas, haciendo de vital soporte para lanzarnos nuevamente al tablero y jugar con más fuerza.

En otras ocasiones, perdemos la ficha más importante, la que debe estar bien presente en el tablero en todo momento: nuestra salud.

A veces, solo se tambalea un poco antes de seguir en su sitio. Otras, se nos escapa y volvemos a reiniciar la partida, adquiriendo una nueva sabiduría: la de la importancia de las pequeñas cosas.

Y, es en ese momento, cuando ya no nos importa ganar o perder porque ya hemos ganado. Esa búsqueda incesante de conseguir poner las tres fichas en raya se diluye, se borra.

Bien colocada nuestra ficha de la salud, nos disponemos a disfrutar del placer de jugar por jugar, de seguir adelante.

A veces, nos sonríe la suerte en el amor. Otras, tenemos un trabajo que nos motiva e impulsa. Se mueven, se levantan y vuelven a asentarse: en vertical, horizontal o diagonal.

En alguna ocasión, incluso, se alinean las fichas, se juntan en una misma línea y todo encaja, todo cuadra.

Pero ya no nos deslumbra tanto, ya no sentimos viajar por un camino sin obstáculos porque sabemos bien que los habrá, que volverán a separarse y juntarse una y otra vez.

Ya no nos importa porque sabemos diferenciar lo que de verdad importa y solo queremos seguir disfrutando de cada partida con sus rectas, sus curvas y atajos y, por qué no, sus tres en raya.

© Jugadora1.

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Apalabrados.

Nos sentamos frente a frente. El sitio era pequeño. Las luces tenues, el ambiente agradable, la comida y bebida iba y venía. La partida estaba a punto de comenzar:

Empezaste fuerte apostando todas tus fichas por mostrarte tal y como tú eres,  de forma muy NATURAL: siete letras y una actitud que te hizo multiplicar tus puntos por dos.Yo contraataqué con mi SONRISA.

Con RESPETO y CONFIANZA, fuimos contándonos vivencias, experiencias y enlazando sobre el tablero las fichas de nuestro pasado.

Me relataste con INTELIGENCIA un honesto resumen de lo vivido en los últimos años y ganaste en ATRACTIVO con tu sinceridad y sentido del humor.

Moví rápidamente mis fichas y fui repasando mis GUSTOS para comprobar, así, que eran muchos los que teníamos en COMÚN.

Con el segundo plato, llegó el presente. A qué nos dedicábamos, cuáles eran nuestras rutinas y nuestro entorno.

Empecé a darme cuenta de que REIR era una pequeña palabra que por si sola no parecía sumar muchos puntos, hasta que reímos tanto y tan a menudo, que empezaste a hacerte IRRESISTIBLE con triple tanto de letra.

A cada palabra del otro, íbamos añadiendo distintas letras, completando así mutuamente el puzzle de nuestras vidas.

Para el postre, llegó lo mejor: te mostraste más SINCERO y seguiste ganando puntos contándome tus SUEÑOS e ilusiones para el futuro.

Yo cogí más fichas, te pedí COMPROMISO. Tú me retaste con tu FIDELIDAD. Largas e importantes palabras cuyo valor no podíamos medir en una sola partida, pero que ambos necesitábamos saber que formaban parte del juego.

A cada muestra de CARIÑO, doblabas tus puntos siendo un hombre de PALABRA, sabiendo leer entre LÍNEAS y escuchar con empatía todo lo que salía de mi emocionado DICCIONARIO a cada turno de palabra.

Nos habíamos dicho tantas cosas que quedaban pocas letras por añadir. Quizás algún comodín en blanco, algun silencio que saborear entre palabra y palabra.

Te quedaba tan solo una última letra por poner en la que era tu última baza: la Z de tu BELLEZA y los más de diez puntos que conseguirías utilizándola y teniendo, así, la última palabra. No lo hiciste y yo no me fijé siquiera en si la tenías o no.

Ya daba igual, ya no importaba nada. Ya estábamos demasiado APALABRADOS.

© Jugadora1.

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Operamor

Encontrar un amor que te acompañe durante toda la partida requiere de un poco de suerte, algo de azar y cierta destreza al elegir a la persona adecuada.

Con cada jugada, uno aprende a mantener un pulso estable entre el corazón y la razón y, aunque pueda costar después de varios juegos sin ganar, tener siempre abierta la puerta a nuevas experiencias.

Coger otra vez con ganas el bisturí para diseccionar y poner sobre la mesa nuevamente todas las piezas del puzzle de nuestra vida.

Busca aquella persona que las sepa ver y manejar con cuidado, sin prisa, que te acompañe más allá de dos o tres buenas jugadas, que continúe a tu lado cuando las cartas no sean tan buenas, pierdan su color, o cuando los dados no nos hagan avanzar tan rápido como quisiéramos.

Que lentamente, con mimo, nos recomponga aquel Corazón Destrozado tras diversos desengaños que nos hizo llegar cual Caballo Renqueante al final del juego casi sin comodines.

No escuches a las Mariposas Juguetonas del principio, ellas nunca vuelan más allá de las primeras casillas. No cojas la carta de la Manzana de Adán (o de Eva) demasiado rápido, date tu tiempo para conocerle bien y mejor lleva contigo una Cesta para el Hambre, que las ganas de comer nunca son buenas consejeras para el amor duradero.

Saca brillo al Hueso Elástico de la flexibilidad, abre tu mente a nuevas opiniones, nuevos prototipos.

Sacude bien fuerte tus dados de ganar o perder puntos, tus listas de cualidades preconcebidas e ideales y conoce bien despacio todas sus imperfecciones.

Si consigue que te duelan los Chuletones de la Risa y saca de ti ese Hueso Eléctrico de la Alegría como ninguna otra persona, vas por buen camino.

Observa. Mira. Comunícate mucho y escucha más. Tómate tu tiempo para conocer cada pieza, para ver cómo van encajando manteniendo un equilibrio entre la emoción del momento y saber lo que quieres sin que se te encienda la luz roja de peligro.

Sabrás así que valió la pena dejar todas tus piezas sobre el tablero. Que la operación fue exitosa, que este juego de tiempos lentos y ojos bien abiertos se aprende mejor a cada jugada.

Y, finalmente, encontrarás tu Hueso de la Fortuna, ese que te acompañará toda la partida con algo de suerte, un poco de azar y mucha destreza operando, jugando al Operamor.

© Jugadora1.

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