Quién es quién.

Hubo un tiempo en que era fácil jugar al quién es quién: las únicas diferencias entre nosotros y el resto de niños consistían en ser moreno, rubio, si llevaba gafas o usaba sombrero.

Y nos dábamos la mano y jugábamos juntos. Aun empujándonos a veces o peleándonos otras, todo se arreglaba con pedir perdón y un beso. Y a seguir jugando. Todos éramos todos sin importar el quién ni el cómo.

Después, descubrimos que éramos una ficha del tablero y teníamos posición propia. Ya no usábamos gafas únicamente. Éramos empollones.

Habían llegado los grupos. Las reglas del juego se hacían más evidentes. En el colegio, en el instituto y, no lo sabíamos en aquel momento, seguiríamos jugando así el resto de nuestra vida.

Con los años y las experiencias, aprendes a descartar fichas: diferenciar los conocidos, falsos amigos y oportunistas de verdaderas amistades y amores, que permanecerán ahí arriba, visibles en el tablero a lo largo de toda la partida.

Quizás, en este mundo de avatares, prisas, conversaciones por el móvil y pantallas protectoras, ahora más que nunca no sepamos realmente quién es quién.

Y saberlo es necesario. Pararse a descubrir cómo es la persona que tengo delante. Qué le preocupa, qué le gusta más allá de un estado temporal en un muro.

Mirarnos a los ojos y contarnos con la mente y el corazón abierto. Sin prejuicios, desde el respeto y la aceptación.

Y volver así a aquellos tiempos donde no importaba quién es quién más allá de unas gafas y un sombrero.

© Jugadora1.

 

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Juegos Reunidos.

Sal. Levántate. Abre la caja de los juegos. En plural.

No es malo ver cómo juegan los demás sus vidas reales o ficticias a través de la pantalla. No si tú, a su vez, también estás jugando. No dejes que únicamente te lo cuenten o que tus posibilidades de jugar se reduzcan conforme crezcan tus miedos y se expandan a lo largo y ancho del sofá.

Mueve las piernas. Habla. Mira. Participa. Deja ese único juego (el que mejor se te da, el que más te gusta) y abre la caja de los Juegos Reunidos.

No temas. Todos los juegos parecen complicados hasta que se prueban. Hasta que conocemos bien las reglas del juego y las incorporamos a nuestro aprendizaje.

Cuantas más reglas del juego vayas conociendo, aprendiendo, más fácil será extrapolar lo aprendido a otros juegos de mayor complejidad o alcance. Y más disfrutarás del camino.

No dudes que perderás en la mayoría de ellos. El azar puede llevarte lejos por un instante, pero es el aprendizaje el que te hará volar siempre. Aprende de todas las derrotas y de las veces que sientas ganar la partida.

Y no cierres las puertas a lo desconocido: a aquel juego que crees que no es para ti, que no se te dará bien, aquel cuyas reglas no entiendes cuando lo pruebas al principio.

Da un paso más allá, porque merecerá la pena y descubrirás lo cerca que siempre estuviste de jugar tan bien como tú siempre quisiste.

Mucha gente te mirará raro si te sales de su juego o de lo que consideran que es el tuyo. No dudes de que no será fácil ni para ti ni para los que están acostumbrados a estar más pendientes de los juegos de los demás que de vivir el suyo propio.

Y si, habrá muchos juegos que no podrás jugar. Porque simplemente no estarán a tu alcance monetario, o porque la vida es un juego de tiempo finito. No lo olvides, esta es la regla más importante que aprenderás jugando cada día.

Por eso mismo, merece la pena intentarlo. Hacer la gymkana de los juegos en el tiempo de tu vida: probar todos los posibles, especialmente los que siempre soñaste con jugar. Ser el propio máster y actor principal de tu juego y no un extra esperando su turno viendo jugar a los demás sus juegos de tronos.

Agita los dados y muévete. Escucha. Siente. Aprende. Y disfruta!

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Besito, besote, besazo.

Antes, nos dábamos un beso. Por carta o por teléfono, decíamos “un beso” y ahí iba algo de nosotros. Más que el empresarial y aséptico “saludo” o su alternativa pseudocariñosa “cordial saludo”.

Un beso era más que los “besos” sin número ni orden (¿a dónde los lanzamos, a la cara, al aire?) o los “miles de besos” juntos.

Equivalía a “un abrazo”. Beso y abrazo reservados a las personas con las que teníamos más confianza (o queríamos tenerla) y saludos para los desconocidos. Era fácil de diferenciar y utilizar.

Ahora somos todos desconocidos. O, al menos, así nos despedimos por teléfono o chateando: da igual si es tu madre, tu mejor amiga o la vecina de arriba. A todos, por igual, les dedicamos la versión corta de aquellos besos: un “besito”, y les plantamos el icono del beso con el corazón.

Más cursi, más ñoño e impersonal y, sin embargo, más aceptado para todos los públicos.

Si nos sentimos generosos, podemos mandar  “besazos”, “besos gordos” o besos “rechonchos”. O incluso, utilizando una vertiente similar al “saludo”, dar un “besote” o “abrazote”, que es lo más superficial que podemos dar sin dar.

Y nadie sabe cómo se sienten, cómo se dan, cómo son estos besos. Y, sin embargo, no dejamos de nombrarlos con casi todo el mundo a nuestro alrededor.

Deberíamos exigir esos besos cuando tenemos a la persona delante. Si queremos darle un besazo de verdad, dárselo. Si queremos recibirlos, esperarlos.

Pero es mucho más fácil mandar besos de mil tamaños y formas. Conjugando como si estuviéramos en latín las terminaciones de nuestras despedidas (ito, ote, azo..).

Y vamos perdiendo la capacidad de abrazar, de mirar a los ojos y dar los besos que mandamos de la forma que queramos a quienes queremos.De verdad. Sin pantallas, sin escudos, sin cursilería.

Pero eso no es tan fácil. Es mejor poner dos, tres, cuatro caritas dando besos y corazones que sentirlo y expresarlo.

Ni pequeños, ni grandes, ni lejos. De verdad. Con sentimiento.

Porque antes, nos dábamos Un Beso.

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QuejaBú

Ayer me hablaron de un nuevo juego: el QuejaBú.

Es como el Tabú, me dijo, ese juego en el que tienes que describir o explicar una palabra al otro sin nombrarla y sin decir otras palabras relacionadas con ella.

Como el Tabú, pero Sin Quejas. Si, si, tienes que contar cómo ha transcurrido tu día sin poder expresar queja alguna. Las palabras prohibidas son muchas: no, imposible, mal, muy mal, fatal, vaya tela, de pena, una lástima, pésimo, etc.

Un juego muy difícil, pienso yo. Es el Tabú de los que están a otro nivel. El cinturón negro del Tabú.

Tú puedes, me comentó mi amigo, pruébalo y verás que es cuestión de practicar todos los días un poco. Enseñar a tu mente a ver los días de otra manera.

Imposible, pensé yo: el día está lleno de oportunidades para quejarse. El trabajo, la casa, las colas para cualquier cosa y los que se cuelan, los atascos, la falta de (dinero, sueño, tiempo..) y el exceso de (trabajo, fingir que estoy bien, sueño..), y así absolutamente todos los días.

Lo más difícil, me dijo, no será dejar de quejarse durante 24 horas al hablar: uno puede engañar cambiando el término (no está del todo mal, podría ser posible, ha ido relativamente bien..) y forzando, al mismo tiempo, un gesto de falsa tranquilidad e incluso una sonrisa bien ensayada.

No. Lo más complicado será no engañarte a ti mismo. Sin fingir. Domar la queja-resorte en nuestro discurso, pintar de colores el gris de nuestro malestar, e intentar viajar por nuestros pensamientos sin perder de vista nuestro objetivo, dándoles la vuelta sujetando el timón y abriendo bien los ojos a las tormentas de quejas que sobrevuelan nuestro viaje diario.

Imposible. No puedo tío. Además, no tengo tiempo, llego tarde al trabajo y hace un día horrible. Apenas he dormido y he desayunado poco y mal. Quizás mañana será un buen día para intentarlo, si, mañana mejor.

¿He dicho mañana?. No, mañana tengo mucho trabajo. Mejor quedamos el finde, y me enseñas cómo va esto de vivir sin quejas.

O mejor, tú déjame aquí el QuejaBú y ya iré intentándolo yo por mi cuenta algún día. Podría ser posible, si me dejas probarlo a mi aire, que se me diera relativamente bien en poco tiempo, ¿no crees?

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La maldición del cinco.

Me gusta quedarme en casa. Se siente bien, es un refugio, un momento de calma en el que las caretas y los disfraces quedan guardados en los armarios y uno anda ensayando, aguardando o temiendo el siguiente paso, la siguiente casilla.

A veces, por más que uno quiera, no se consigue un cinco. Y nos quedamos anclados en esa espera, tirando los dados y confiando en que el azar nos libere de la rutina, la soledad o un desengaño.

Y vemos pasar la vida. La gente recorre sus casillas, se comen a besos o les engulle algún vaiven personal o profesional que les hace retroceder. Pero siguen tirando y siguen avanzando. Porque esa es la vida.

Un dos. Mañana volveré a intentarlo. Un cuatro. Estoy acercándome, presiento que ya falta poco para que me toque. Un ocho. Vaya, igual alguien venga y me preste un cinco.

Esconderse detrás del cinco no lleva a nada. Puedes quejarte de tu mala suerte, tus torpes dados, sentir que el cubilete en el que te mueves es demasiado estrecho, que pesa demasiado, que no tienes margen para maniobrar para sacar dos seises de golpe y avanzar más rápido.

Pero no valen las excusas. Se siente bien en casa, en mi refugio, pero voy a pasar de los dados, me comeré mi miedo a lo desconocido y contaré hasta veinte.

Porque no, no necesito ese cinco para contruir la vida que quiero.

© Jugadora1.

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Y tiro porque me toca.

Todo el mundo sabe o aprende pronto a jugar al juego de la Oca.

Sí, ese en el que sabes distinguir a las elegantes Ocas de patosos o los que gustan de hacer el ganso.

Y, cuando las ves venir, sabes que, si consigues acercarte mucho, tarde o temprano, eso te hará dar el salto a otra Oca mejor, más avanzada y, por supuesto, volverás a tirar los dados porque te toca.

Consiguiendo conocer o arrimarse bien a determinadas Ocas, puedes ir saltándote fácilmente todo tipo de casillas y jugadores ávidos de ganar la partida que estéis jugando.

Pero no creas que es tan fácil como pueda parecer: la mayoría de las Ocas son casi inalcanzables a menos de que te hayas criado cerca de ellas y conozcas bien cómo se mueven, como piensan, cómo abordarlas de forma que piensen que eres como ellas.

También puede pasar que los dados con los que naciste no alcancen nunca una casilla de la Oca por más empeño o fuerza que pongas, o que pases delante de ellas casi sin darte cuenta y sigáis cada uno su  camino.

Pero una cosa es clara: absolutamente todos los jugadores piensan que es a ellos a quienes les toca, aunque se encuentren a mucha distancia de conseguirlo, y todos lo intentarán de una forma más o menos visible.

Si no te gusta jugar a este juego no pasa nada. Sigue tu camino, confía en tus pasos, en tu esfuerzo avanzando casillas.

Piensa que, mejor que saltar Ocas, es estar preparado para aprovechar una buena Ocasión.

© Jugadora1.

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Animales de superficie.

Me gusta nadar en lo más profundo, adentrarme en reflexiones sobre la vida que me rodea, mi forma de enfrentarme a ella, conocer y poner a prueba mi fortaleza a través de las mareas y las olas que parecen insalvables.

A veces, encuentro compañeros de viaje. Nadamos juntos desentrañando el fondo de las cosas que nos preocupan y nos rodean. De esos viajes sale el alma iluminada y la mente fortalecida. Podemos estar así horas, admirando los colores de nuevas formas de ver el mundo, ocultos en la superficie.

Al salir, toca secarnos bien, limpiarnos las algas, la tierra pegada, y nos damos una ducha de realidad, listos para ponernos nuestra ropa de rutina, que irremediablemente nos queda más ajustada o más holgada según lo aprendido.

Nuestro viaje a las profundidades nos hace avanzar y reubicarnos en el mundo positivamente.

En la superficie, tomando el sol tranquilamente, está casi todo el mundo.

Animales de superficie que disfrutan del calor y la seguridad que el exterior les brinda. Se comunican con frases hechas, lugares comunes, sonrisas ensayadas, chatean banalidades y se despiden con sucedáneos de besos o abrazos auténticos porque no les gusta todo aquello que pueda hacerles moverse de su lugar en la arena.

Si se les invita a adentrarse un rato en el mar lo rechazan o te acompañan a mojarse los pies, a salvo de mareas o fuertes olas que pudieran confrontarlos con aquello que no quieren escuchar o sentir.

De noche, cuando nadie les ve, cogen su traje de neopreno e intentan desenredar la madeja de sus preocupaciones. Pero el traje pesa, el agua les incomoda y no tardan en ponerse la crema protectora y salir rápidamente a superficie para sentirse nuevamente a salvo.

Puedo mimetizarme con ellos, me pongo las gafas y tomamos el sol juntos, les mando abrazos y comentamos el tiempo mirando al infinito.

Pero, en cuanto puedo, vuelvo a bucear mirando a los ojos, escuchando lo que hay detrás de las palabras y disfrutando de un aprendizaje compartido.

Me gusta nadar en lo más profundo, ¿te animas?

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Una vida extra.

 Los mayores descubrimientos los hacemos, a veces, en los lugares más insospechados. Son pequeñas o grandes historias que nos hacen avanzar con los ojos más abiertos.

El destino me ha ido llevando, en diversas ocasiones, por un recorrido de historias que hablan de personas y circunstancias, de amor y amistad, de miradas y palabras.

En esta ocasión, me llevó a una casilla de espera en la cual el tiempo parece congelarse antes de volver a poner el reloj en marcha. Las visitas de los familiares eran breves y desprovistas de abrazos y besos, pues debían de guardar distancia a través de batas, gorro y guantes, pero las miradas y gestos de ánimo hacían más efecto que los analgésicos para el dolor. Y, por supuesto, las palabras.

A mi lado, detrás de una cortina, había un hombre recién operado de los pulmones, Francisco. Le costaba hablar y, al intentarlo, emitía unos sonidos broncos, graves, casi ininteligibles, así que, para poder comunicarse, su mujer le trajo una pizarra con unas tizas, y era gracioso escuchar los golpecitos de cada palabra cuando estaban juntos a través de la cortina.

Todos los días su mujer le traía, para leerle en voz alta, tres cartas de amor. Una era de ella, la que dejaba en último lugar. Las otras, de sus hijos, que le escribían también una carta diaria llena de palabras de admiración, fuerza, cariňo y amor, mucho amor. Todas eran leídas por la mujer lentamente, saboreando cada palabra y, a la vez, apurando el poco tiempo de visita permitido. Tras la lectura, se intensificaba el punteado en la pizarra, alguna lagrimilla e, imaginaba yo desde el otro lado, los besos al vuelo y las sonrisas.

Un día Francisco, a través de su mujer, trajo una radio a aquel lugar. Las cuidadoras anunciaron el regalo con fuertes aplausos hacia él y la colocaron justo enfrente de las casillas de salida donde todos aguardaban un turno, cartas en mano, expectantes.

Al instante y, durante bastante rato, sonaban multitud de canciones de diversos estilos, todas con el mismo efecto positivo, balsámico, arrollador en un momento de horas largas y muchos pensamientos a solas.

Francisco, con su sentida presencia y su regalo, llenó de palabras y música aquella sala de espera hacia la vida futura y comprendí, en aquellos días, que las palabras y la música nos dan la vida, tan importantes como las medicinas o los puntos tras la batalla.

Y que debemos decir más a menudo de lo que hacemos, lo que queremos a las personas que queremos, porque les estamos regalando una vida extra a través de nuestras palabras en el juego de su vida.

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Casilla de Salida.

Estas palabras las escribí a la vuelta de las vacaciones de Navidad pero podrían bien describir cualquier inicio de semana tras el domingo, el olor de Septiembre tras el verano, el comienzo de algo nuevo en el camino.

Es un instante que yo llamo Casilla de Salida. Esa sensación pegada a tu piel que se va desprendiendo poco a poco, casi siempre con pereza y melancolía por lo vivido, a sabiendas de que en breve cambiaremos de paisaje o comenzaremos una nueva etapa.

Vamos a salir de nuestra zona de confort y poner un pie en otra realidad que comienza ahí, en la casilla de salida. Bienvenido lunes, bienvenido otoño tras el verano, bienvenido 2016:

Bienvenido 2016. Sí, otra vez te lo digo. Llevo ocho días diciéndotelo pero no te vislumbraba con la nitidez que la certeza de empezar otro año me da ahora.

Parecías lejano en ese ir y venir de comidas y aperitivos fuera y dentro, esos bienintencionados y encendidos brindis, esas escapadas al cine, al teatro, a comprar regalos y felicitaciones en cualquier momento.

No te voy a mentir: me da pena que acabe. Todo. El tiempo en suspenso, el viento y el frío en la ventana, y ese descanso tan necesitado, esa paz. De ver a las personas que quieres a tu lado, con salud, disfrutando relajados de la misma calma que tú.

Dos semanas de pequeños excesos, de entrar voluntariamente en una realidad paralela llena de dulces, buenos deseos y días especiales.

Todo pasa, todo llega a un final, que no es final sino un ciclo porque aunque ahora parezca eterna, la siguiente navidad llegará en unos meses que pasarán igual de rápido que las fiestas, y volverás al 1 de Enero, a ese punto de término y principio en el que tu cuerpo solo pide darle a la pausa un poco más.

Se abrirá mañana la puerta, y nos daremos, esta vez sí, la bienvenida mirándonos a la cara mutuamente, frente a frente, sin maquillajes, ni roscones, ni pajes con regalos, sin mensajes en el móvil ni tarjetas navideñas en el salón. Solos tú y yo, 2016.

Porque cuando explote la burbuja y se abra por completo la puerta que te dejará entrar con la primera brisa de la mañana, prometo sonreírte y dejarme todos los deseos en el umbral del portal para salir fuera y ponerme en acción. Sin promesas efímeras de dietas y cursos, sin melancolía, sin apego a la comodidad. Saliendo de la zona de confort para poder conocerte bien y emprender juntos un viaje apasionante. Hasta las siguientes navidades. Hasta el año que viene.

Veo que esto que te digo te hace feliz. Y es que creo que ya eres y serás un muy Feliz Año Nuevo.

Bienvenido 2016“.

 

© Jugadora1.

 

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MA3170

 

El otro día me invitaron a participar en un juego de rol. Bueno, en realidad la invitación me llegó por correo después de algunos meses esperándola. Era una partida rutinaria, nada importante, un juego saludable.

Se desarrollaba en un hospital y la invitación prometía que iba a ser una mañana especial, hasta me asignaron un personaje antes de llegar: MA3170 y, mi misión, completar una serie de pruebas rutinarias antes de dos horas, empezando a las 9:30.

Parecía fácil. No creo que me ocupe más de hora y media, pensé ingenuamente.

Nada más llegar, adopté mi primera identidad: EXT 28. Una pantalla llamaría a mi personaje y una jugadora miraría en un ordenador si mi invitación era correcta y, si lo era, me daría unos tubos y etiquetas con las instrucciones para la siguiente fase.

Es allí donde me asignaron una nueva identidad: EXT123. Como casi siempre que he ido a este tipo de eventos, había muchos jugadores en la sala esperando su turno para completar su misión. Tiré los dados y me salieron 50 minutos de espera. Vaya, mala suerte. Menos mal que llevaba conmigo mis 40 puntos de Paciencia que me sobraron de la anterior partida.

Tras la espera, un análisis y, por primera vez desde que llegué, escuché mi nombre en alto. Sonaba raro, pues allí todo el mundo tiene un nombre en clave, pero “Box 5”, una mujer amable que intentaba sacar sangre a 20 jugadores cada 10 minutos,  lo dijo mientras miraba mis etiquetas. Después, un café, un croissant y lista para la siguiente fase!

Tenía que subir las escaleras mecánicas hasta la primera planta y, al llegar, observé a lo largo del pasillo una hilera de máquinas portadoras de nuevas identidades. Mi tercer personaje en menos de una hora. Emocionante.

Estas pantallas tenían más opciones. Las intenté todas: el código de barras, el DNI, la tarjeta azul, introducir mi código de jugadora autorizada.. Y nada. Daba error. Probé en otra. Lo mismo. Aquello me desmoralizó un poco. Llevaba más de una hora y no conseguía terminar mi segunda prueba: la Consulta.

Me acerqué a una señora junto a la consulta e intenté explicarle mi situación:  buenos días, estoy citada a las 10:45, aquí está todo.. Me miró extrañada, cómo si se preguntara cómo era posible que hablara con ella, habiendo tanta tecnología para poder comunicarse: “¿Es que no ha sacado usted su papel para esta sala?”- me preguntó. No -le expliqué- no consigo sacarlo.

“¿Ha probado con la tarjeta?. Si. ¿Y con el DNI?. Si. ¿Y el código de barras?. También. Pues lo siento, pero tiene que intentarlo de nuevo. Hasta que no tenga su papel no puede pasar”. Pero.. Si estoy aquí. Míreme.. “MA1370″.. Estoy muy metida en mi papel, de verdad. ¡Puede usted avisar a la Doctora de que he llegado.. ”

No, no, imposible. Le repito que debe sacar su papel y esperar a que aparezca su número por la pantalla”.

Estaba claro que ese iba a ser otro de esos días en que el juego se me da tan mal.Pero un golpe de suerte cambió el rumbo.

Tras varios nuevos intentos, aquella máquina confirmó finalmente mi número de jugadora. Tiré los dados y salieron solo 15 minutos de espera! Bueno, al final fueron 25, pero ver aparecer mi nombre en aquella pantalla no tenía precio: “MA3170. Sala 14”.

¡Por fín! Entré en la Consulta. Había una Doctora que me miró de reojo mientras me buscaba en su ordenador.. “¿MA3170?”. Sí, esa soy yo, dije saboreando el triunfo. Estaba casi por terminar y en tiempo récord mi jugada de hoy.

La Doctora me dio los buenos resultados de mi último análisis de rutina mientras tecleaba en el ordenador. Movía los dedos a un ritmo frenético y casi al mismo tiempo tachaba mi nombre de una lista.
A juzgar por su prisa a la hora de escribir y de hablar, supuse que ella tenía también una misión aquella mañana y aún más complicada que la mía. En menos de 15 minutos, sonrisa, apretón de manos y “Ya la veremos dentro de unos meses. Puede pedir la cita en el mostrador”.

Eso es fácil. Ya está. Son las 11:25 de la mañana. He completado mi misión con 5 minutos de ventaja. Saldrá mi nombre en el Top Ten de la Clasificación de hoy.

Triunfal, me puse a la cola de los jugadores que habían completado su ronda de la mañana e iban a citarse para otra partida. Pero los dados me avisaron: 20 minutos. ¿Cómo?, ¿20 minutos esperando para recoger la invitación?.

Cuando llegué al mostrador, un administrativo amablemente me indicó que aún no me podían clasificar, tenía que completar una última fase: la Cita.

Para ello, debía pedir pegatinas en Admisión, después subir a la segunda planta y pedir la invitación para la sección tercera y, una vez la tuviera, volver a bajar a la primera planta donde, esta vez si, me darían la nueva cita para dentro de unos meses, según disponibilidad.

En Admisión me dieron una última identidad de propina “ADM56” y, en la segunda planta, los dados me dieron ventaja de 5 minutos sobre los otros cuatro jugadores que estaban esperando.

Para la siguiente cita, esperé 10 minutos más. Fechas, tarjeta, disponibilidad.. uff, casi echaba de menos el juego de las “Abuelas Piraña”.. si, ese en el que van todas a una hacia la mujer de bata blanca en cuanto sale por la puerta a nombrar e intentan colarse unas de otras..

Las 12:30. Había tardado justo 3 horas. Bueno, no estaba mal, pensé. Salí del Hospital hacia el autobús de vuelta al mundo real. La primera identidad ya se me había olvidado. La segunda tardaría en irse un poco más del brazo. La última estaba olvidada, pero mi identidad principal se resistía a despegarse. Al llegar a Moncloa aún tenía el 7 y el 0.

Se me cayó el 0 desde el hombro y me guardé con cuidado los 10 puntos de Paciencia que me sobraban en el bolsillo. Para la próxima partida.

© Jugadora1.

 

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