Historia de un L-Ego.

Había una vez una pieza de Lego felizmente ensamblada. Era una pieza pequeña, apenas un cuadrado en mitad de la estructura, una figura a tamaño real de un personaje de película expuesta en unos grandes almacenes. Se sentía parte de un todo mucho más grande que él y eso le gustaba.

Sin embargo, un día y por primera vez, empezó a cuestionarse su lugar en aquel Ecosistema del que formaba parte. Se dio cuenta de que la gente se paraba a admirar desde lejos toda la estructura en su totalidad, sin reparar siquiera en su presencia, inevitablemente camuflada entre el resto de piezas.

Nadie me mira a mi – pensó – nadie se fija en el valor que tengo. Yo soy mucho más que una simple pieza entre todas, yo me merezco una vitrina para mi sola, yo lo valgo.

A medida que esos pensamientos acudían a su cabeza, se dio cuenta cómo se le iba despegando poco a poco la L de su nombre, e iba quedándose más a solas con su Ego. Éste, sintiéndose por fin liberado de aquel Lazo que le unía a los demás, empezó a engordar y hacerse cada vez más voluminoso.

Aquel inicial pequeño Lego, había crecido tanto que ya no encajaba en su estructura y de forma natural acabó despegándose y cayendo al suelo. Ahora sí que estaba completamente solo.

Al principio, se sentía extraño. Pero pronto notó cómo empezaba a gustarle esa sensación de soledad. Ahora tendría más tiempo para si mismo, pensó, para pulir y dar brillo a cada esquina y saliente de su estructura y, especialmente, para que le admiraran como él se merecía.

– ¡Mirad cómo brillo! – exclamó mientras se hacía una foto y la mostraba al resto de piezas que le observaban entre incrédulas y asombradas -¡No seáis tontas, bajad y descubrir el mundo!

Al ver cómo brillaba y cómo parecía tan feliz, otros Legos le siguieron, despegándose de su L y separándose de los grupos a los cuales estaban unidos. Ahora los pequeños Egos disfrutaban de una nueva vida de autosuficiencia y, cuanto más tiempo pasaban lejos del grupo, más felices creían estar, habiéndose creado este nuevo Egosistema.

Empezaron, eso sí, a agruparse de dos en dos, de tres en tres y, de vez en cuando, formaban algún grupo de 20 o 30 piezas entre Legofamilias y Legoamigos. Los llamaron “los míos” y, dejaron de interesarse por el resto de piezas. De hecho, perdieron el interés por casi todo aquello que no fuera su propio estado, intentando ser la pieza que más brillaba y mostrárselo a los demás.

Encontraban absurdo que los demás siguieran construyendo cosas juntos. ¡Con lo bien que se estaba así, qué tontos eran!. Sin embargo y, aunque por primera vez se sentían libres y diferentes a los demás, siempre andaban disconformes con lo que tenían: las piezas pequeñas anhelaban ser más grandes, las grandes adoraban a las pequeñas, las rectangulares querían ser cuadradas porque encajaban más en cualquier ambiente y las cuadradas admiraban la elegancia y delgadez de las alargadas de cuatro salientes.

Como ningún pequeño Ego quería unirse a otros y construir juntos, llegó el momento en que los cimientos de la vida tal y como la habían conocido comenzaron a tambalearse: dejaron de construirse puentes y carreteras, las casas contaban con serias grietas y los edificios parecía que iban a caer de un momento a otro.

Poco a poco dejaron de aprender a construir nuevas estructuras, perdieron la motivación y el entusiasmo que antes les generaba ayudar a las piezas más débiles a unirse a las demás y formar entre todas sólidas figuras donde todas las piezas eran importantes.

Ante esto los Egos más fuertes y más grandes se unieron entre sí y formaron enormes rascacielos brillantes desde los cuales el resto de piezas parecían ser aún más pequeñas y lejanas. Desde aquellos sólidos rascacielos observaban el mundo y dictaban al resto de pequeños Egos cómo debían actuar para llegar tan alto como ellos. Cualquier cosa que hicieran o dijeran, rápidamente se ponía de moda y todos los Egos les imitaban felices de autoadmirarse y recibir la admiración de los “suyos”.

Pero, al volver a casa después de un día de brillo y apariencia, las grietas seguían estando ahí. No había brillo que ocultara la falta de motivación que sentían más allá de su apariencia. Incluso estando con las piezas más cercanas a ellos, se notaban a menudo distantes, mirándose en las pantallas de sus móviles y en los espejos de la aprobación de los demás.

¿Qué estaba sucediendo?, ¿por qué no se sentían felices ahora que aparentemente tenían más Libertad?.

Un Lego que permanecía felizmente unido a los pocos Legos que aún conservaban la motivación por estar juntos, viendo todo aquello, bajó al suelo y reunió todas aquellas letras L que habían sido despegadas y abandonadas.

Las recogió una a una y las guardó en un cofre. Después, se subió encima de una de las pocas estructuras que aún quedaban en pie y les dijo a sus compañeros:

– Compañeros, he guardado todas vuestras L para devolvéroslas y, con ellas, devolveros la esperanza y la alegría que sé que añoráis -. Todos le miraron y negaron necesitarlas.

– ¡Ya no las necesitamos! – exclamaron algunos – ¡Ahora somos mucho más Libres!.

– Está bien – les dijo – he pulido y he dado brillo a las L que os faltan, sin duda vais a brillar mucho más con esta nueva L- versión esta temporada. Pensároslo bien (notó señales de aprobación, curiosidad y ansiedad por conseguirla). Pero como habéis EnGOrdado tanto estos meses, ya no os van a servir. Solo la podrá conseguir aquellas piezas que consigan adelgazar lo suficiente y, para ello, ya sabéis lo que tenéis que hacer…

Una exclamación de sorpresa y desilusión se escuchó por todas partes. Claro que sabían lo que tenían que hacer: construir juntos. Trabajar. Ayudar a las piezas pequeñas. En definitiva, moverse, actuar y unirse a los demás. Todo lo que habían dejado de hacer para dedicar más tiempo a contemplarse.

– ¡No tenemos tiempo! – exclamó una pieza enorme que vivía en lo más alto.

– Bueno – insistió el Lego – aquel que quiere algo, ha de moverse para conseguirlo y buscar tiempo para ello. Hay mucho por hacer y por construir juntos, y solo podemos hacerlo permaneciendo unidos.

La codicia por conseguir aquella nueva versión de L-Ego les sedujo tanto que, cegados por un nuevo brillo, comenzaron a trabajar de nuevo juntos: subían piezas, bajaban, ayudaban a las más pequeñas, estudiaban la forma de encajar unas con otras y ser un todo completo.

A medida que iban volviendo a construir, más ideas iban teniendo acerca de aumentar la seguridad de las estructuras, la originalidad de las figuras, nuevas formas de hacer, nuevos caminos y, siempre, juntos. Con cada ayuda, cada paso y cada acción, iban perdiendo algún kilo acumulado y el Ego se iba haciendo cada vez más pequeño. Volviendo a su forma originaria, ya podían recuperar aquella L perdida.

Y así hicieron. Tal y como el Lego les prometió, fueron recuperando su L y sintiéndose, nuevamente, felices de construir y hacer cosas por los demás. De ser parte de un todo.

Y ese fue su Legado: no olvidar nunca que incluso las torres más altas y las estructuras más fuertes y asombrosas están formadas por pequeńas piezas unidas con un mismo fin.

Recordar siempre que Juntos somos más grandes y llegamos más Lejos si dejamos a un lado nuestro Ego y recuperamos la auténtica Libertad que no viene de él sino de elegir permanecer Ligados al mundo que nos rodea.
© Jugadora1


(Escultura de Legos hecha por Nathan Sawaya “The art of the brick”)

 

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Pinceladas.

Nos conocimos. Un día de un ańo cualquiera. Hablamos. Compartimos inquietudes, deseos, nuestra historia, nuestros miedos.

A veces nos costaba dejar de hablar. Otras, de abrazarnos. Siempre compartiendo un mismo carińo y una misma forma de pintar el mundo a nuestro paso.

Nos ayudamos. A ver la vida desde otro lugar, a vernos en el reflejo de otros espejos. Sonreimos mucho. Nos enfadamos algunas veces, nos reímos muchas más.

Brillaba el cielo por encima de nuestros pies, compartiendo sin saberlo un espacio y tiempo que quedaría anclado para siempre en el lienzo infinito de la vida por llegar.

Mantuvimos el alma encendida con el brillo de esa misma forma de ver más allá de lo que uno ve o cree que puede encontrar.

Esas pinceladas tan nuestras de colores intensos y trazo entusiasta que vestían nuestros sueńos siguen, hoy, flotando en el aire.

Comparten espacio con nuestra vida cotidiana, con el círculo de la rutina que nunca para, nunca se detiene, que siempre tiene prisa.

Sin embargo, a veces, algo la hace detener (un recuerdo ligado a una foto, una canción, una celebración..) y respiramos profundamente para volver a ese instante compartido con un hermano, unos padres, mi amigo, mi amiga, un compańero, aquella sonrisa..

Es en ese silencio y esa calma donde los colores, ocultos tras varias capas de apresuradas tareas, plazos, proyectos, pensamientos y preocupaciones, se restauran trazo a trazo, haciéndose nuevamente visibles a nuestros ojos.

Y entran en nuestro corazón con la misma intensidad con la que un día salieron. No importa si fueron colores mezclados en un enorme lienzo, o fueron fugaces cuadros impresionistas de juventud o aquellos primeros garabatos de nuestra infancia que guardamos con cariño.

No importa la edad ni la fecha en que los hicimos: si fueron auténticos, si los sentimos como nuestros, permanecerán siempre ahí, como un regalo intemporal en un lugar privilegiado de nuestra memoria.

Es por eso que, cuando volvemos a encontrarnos con aquellas personas con las que compartimos aquellas pinceladas, sentimos que no ha pasado el tiempo.

Tan solo es necesario aflojar el paso unos instantes, abrir la caja de pinturas y volver a coger aquellos pinceles olvidados al fondo de nuestras ocupaciones.

Conseguiremos, de esta forma, volver a pintar juntos en el aire por unas horas. Se sumarán nuevas experiencias vividas que ańadirán otros matices, otro brillos y formas de ver la vida.

Y volveremos a compartir el mundo que nos rodea, iluminando nuestros días con nuevas pinceladas flotando en el aire, renovándose a cada nueva cita, a cada mirada y abrazo, pintando un cielo de colores infinitos sobre nuestras rutinas.

© Jugadora1

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2017.

Hace casi un ańo desde que empecé este blog que tantos buenos ratos me hace pasar.

Muchas reflexiones, ideas, deseos, pensamientos, historias e ilusiones van pasando por aquí con cada nueva entrada.

He conocido, gracias a este blog, a muchas personas que escriben maravillosamente bien y es estupendo contar con las aportaciones de los que no escriben pero me leen y comentan: de todos aprendo pues a cada lectura o comentario mi juego se llena de nuevas fichas, de nuevas cartas que no conocía y nuevas casillas sobre las que seguir caminando cada día

¡Os deseo un muy Feliz Ańo 2017!

¡Sigamos jugando juntos!

Un abrazo,

© Jugadora1

¡Feliz, Feliz NaViraL!

Dentro de poco comienza la NaViraL y, con ella, sacamos el tablero para volver a jugar un juego cuyas reglas conocemos bien: llegan las comidas y cenas en familia, felicitaciones, anuncios, brindis, compras..

A mi, personalmente, me gustan estas fechas porque creo que, a pesar de la campaña de publicidad perfectamente orquestada a favor del consumismo, las luces y la música que la acompañan animan la llegada del invierno y los primeros fríos de Diciembre.

Pero no deja de ser el mayor Fenómeno Vira consensuado por todos que nos obliga, en mayor o menor medida, a bailar juntos al mismo son: el del dinero.

Y así, sin apenas darnos cuenta, acabamos corriendo por pasillos de centros comerciales en busca del regalo perfecto, creyéndonos Reyes Magos mientras actuamos como ovejas del rebaño de los pastorcillos. 

Y comemos los mismos días a la misma hora casi las mismas cosas, nos felicitamos utilizando las mismas frases establecidas para cada ocasión, escuchamos los villancicos de siempre y sacamos el mismo surtido de postres navideños en el que casi nadie repara antes del final de fiesta.

Nos dejamos invadir por una falsa sensación de alegría, gozo, derroche y comunidad a través del móvil y la televisión y nos convertimos, año tras año, en aquellos músicos que tocan en playback la misma partitura bajo la batuta del Dineroctor de nuestra vida.

Y, claramente, poco importan las variantes que podamos introducir: no importa si tomamos aceitunas en vez de uvas, pavo o langostinos, champán, sidra o cava, Papá Noel, Reyes Magos o ambos, etc. 

No importa porque, al final, todos hacemos las mismas cosas y seguimos las mismas reglas en este juego anual.

Como aquellos otros virales que, en forma de retos, nos convierten en marionetas capaces de hacer, bajo algún pretexto que consiga convertirlos en el viral de moda, cualquier cosa que se vea en Internet. Y nos sacan la carta de “tienes que echarse un cubo de agua por la cabeza”, o la de “Reúne un grupo de gente y juega a las estatuas mientras lo grabas”, ahora toca “Perseguir Pokémons por la ciudad”  y mañana “Hacer un Flashmob en la plaza central”, etc.

Por eso, esta NaViraL, yo seguiré otras nuevas reglas, las mías, para celebrar lo que significan para mi estas fechas: estar con mi familia y las personas que quiero, decorar mi casa para darle color a estos días de invierno, pasear por calles doblemente iluminadas y felicitar, desde el corazón, a aquellas personas que me importan, a mi manera, sin utilizar Felices NaViraLes.

Es motivo de felicidad pasar un año más juntos y que haya habido un día en que nuestras vidas se cruzaron, aunque sea a través de este blog y esta entrada, os deseo a todos que paséis un feliz día con vuestra familia y con esas maravillosas felices reglas que cada uno invente para este navideño juego.

Feliz, feliz NaViral.

© Jugadora1

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21 Black Friday Jack.

Antes, jugaba muy a menudo al Black Friday Jack.

Sobre todo en aquellos días de lluvia y frío que no apetecía salir a la calle y me rondaba por el cuerpo, desde la mańana, el estrés acumulado de la semana. No fallaba: una buena partidida y, casi instantáneamente, ya me sentía mejor.

Y lo mismo debieron pensar los demás compańeros de juego porque, especialmente los fines de semana, casi no se podía caminar entre tanta multitud de gente que, al igual que yo, buscaba olvidarse de sus problemas y calmar su ansiedad echando unas cuantas partidas un viernes o sábado por la tarde.

Porque allí, en aquellos centros de varias plantas llenas de tiendas con crupiers esperándonos, no existía el frío ni el cansancio.

Tú entrabas a echar un vistazo y, aunque no lo tuvieras en mente en un principio, hasta el mínimo detalle estaba pensado para invitarte a jugar, como mínimo, una partida rápida antes de salir de allí.

Y así hacía. Entraba en una tienda y, seducida por las luces y carteles de rebajas, preguntaba rápidamente por los descuentos aún disponibles.

Cuantos más descuentos, más posibilidades tenía de conseguir más cosas sin sobrepasar el límite del juego y ganar a la banca. Lo tenía todo calculado.

Primero, pedía la carta del bolso con el 15% de descuento. Después, me acercaba a otra mesa y pedía la carta del vestido de nochevieja rebajado un 10% y, de paso, una carta de esos zapatos de charol negros con un 30% menos.

Para terminar, una última mesa y alguna carta más que, aunque no tuviera descuento, no sé cómo me había convencido a mi misma de la necesidad de tenerla.

Antes de salir, a veces, se me antojaba algo para comer y, claro está, en aquellos centros de juego siempre encontrabas sitios para descansar eligiendo el menú a mitad de precio entre semana o, si era fin de semana, arriesgando un poco más,  pidiendo directamente la carta.

Para no perder, iba sumando mentalmente todos los valores que había ido gastando en cada carta pero, no sé cómo podía suceder que, cuando llegaba a casa y miraba el extracto de mi cuenta bancaria (la única forma de saber si habías ganado este juego), casi siempre acababa pasando del límite.

A veces rozándolo por poco (aquella carta del helado antes de irme..), otras veces y casi sin darme cuenta, con mucha distancia.

Como siempre, la banca ganaba.

Hasta que me cansé de jugar a este juego. De perder dinero, energías y tiempo cada fin de semana.

Decidí que no, no iba a caer en la trampa de pensar que yo sería más lista que ellos, que podría controlarlo bien y elegir solo las cartas más necesarias.

Aunque pareciera sencillo ganar. Aunque solo el hecho de conseguir unas cuantas cartas,  ya me hiciera sentir mejor. Aunque todo el mundo lo hiciera.

Tan solo, pensé, debía alejarme lo posible de aquellos centros. Y saber elegir bien mis cartas lo que, curiosamente, me hacía perder menos y acabar ganando mucho más de lo que podía imaginar.

Aquella carta de la llamada a mi familia, la del café con una amiga, la carta del mensaje cómplice a mi hermano, la de leer un buen libro por la mañana, la de salir a pasear el domingo y hacer fotos al paisaje o, una de mis preferidas, la carta del abrazo bien grande a todas las personas importantes de mi vida, sin límite de tiempo.

Y, como esas, muchas, muchas más a elegir. Lejos de rebajas, de descuentos, días de oro, sin IVA o viernes especiales.

Esta vez, por fin, me hallaba lejos de caer en la trampa y perder mi dinero y energías en el 21 Black Friday Jack.

Ahora no dejo que elijan por mi sino que, soy yo, la que elijo la carta de disfrutar de mi tiempo a mi manera, y el único As posible, el de la Felicidad.

© Jugadora1.


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Me gusta.

Me gustan las personas decididas y directas, que dicen lo que piensan con el respeto por delante.

Que comparten contigo cosas de su vida. Las que, tengan el físico que tengan, no caminan como si la vida fuera una pasarela y su apariencia garantía de algo.

Las personas que valoran los detalles, que saben dar el valor que tiene el carińo y el esfuerzo que hace otra persona dándonos su tiempo.

Me gustan las personas alegres que no esconden su alegría y no se sienten menos inteligentes o interesantes que aquellas de semblante serio y hablar pausado.

Me gustan las personas serias que no tienen un carácter especialmente alegre o hablador, pero eso no les hace menos especiales.

Me gusta la ternura, la dulzura y calidez en una sonrisa, una caricia, en una frase de aliento. Me gustan las personas que tienen miedo, que dudan, que se traban y equivocan, que tropiezan y se levantan.

Me gustan las imperfecciones y la naturalidad de las mismas, los que no buscan el ideal impuesto y son maravillosamente reales.

Me gustan las personas que no cuentan los cafés por favores sino por el placer de compartir.

Las que tienen curiosidad por aprender y cambiar a cada paso. Las personas coherentes que no son solo palabras, que defienden con su postura, su forma de ser y actuar, aquello que pregonan.

Me gustan las personas cariñosas, que te abrazan con la mirada y te sonríen con el corazón cuando están cerca.

Las que no creen que solo haya una forma de pensar o ver la vida, que respetan todas las opiniones y formas de vivir.

Me gusta la empatía y me me gustan las personas que demuestran tenerla, porque gracias a ella somos capaces de ver más allá, salir de nuestro mundo, comprender y ayudar a los demás.

Las personas que son educadas, que no han perdido esa forma de ir por la vida dando los buenos días y las gracias con una sonrisa. No cuesta tanto. No debería ser algo que se tenga que valorar en el día a día.

Me gustan las personas detallistas, que te sorprenden, que aportan una pincelada de color a tu día con un detalle que no esperabas.

Las personas que te escuchan de verdad y no solo para dar la réplica o con el piloto automático.

Que saben dar oportunidades, que no cierran la puerta al primer encontronazo, que no etiquetan a los demás y no vuelven a revisar sus propios prejuicios.

Me gustan las personas que saben nadar en las profundidades y no se quedan solo en la superficie. Las que saben tu nombre y recuerdan lo que les dijiste.

Las que no exteriorizan todo lo especiales que son, pero notas que lo son solo con mirarlas.

Me gustan las personas que dicen lo que sienten. Y que sienten de verdad lo que dicen.

Y me gusta intentar ser así, como las personas que me gustan.

© Jugadora1.

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ClueDormida.

La otra noche, en mi casa, se cometió un crimen. Por la mañana, al despertar, no encontré por ninguna parte las ganas de levantarme. Me sentía agotada y una poderosa sensación de incapacidad y melancolía me dominaba.

No quedaba ninguna duda: habían asesinado mi autoestima y, con ella, mi energía y positividad.

¿Qué había podido pasar?. No lo sabía, pero estaba dispuesta a buscar pista a pista y rincón a rincón hasta desenmascarar al culpable de aquel crimen.

Intenté recordar, mientras me levantaba, lo que había hecho el día anterior: trabajo, compras, cocinar.. a simple vista,  parecía un día normal.

Algo se me escapaba. Recorrí despacio el pasillo y llegué a la cocina en busca de alguna pista. Allí encontré mi primer sospechoso y el arma homicida: una carta del Banco. Un recordatorio del pago de un impuesto. Era sangrante. Y se ańadía a otras cantidades mensuales ineludibles, pero no me pareció un único móvil para un asesinato.

Seguí arrastrándome por el resto de habitaciones, obviando las seńales de mi cuerpo que me pedían desaparecer del mundo en la oscuridad y seguridad de mi cama.

Llegué hasta el despacho y, encima de la mesa, hallé una carpeta abultada con mucho trabajo acumulado dentro.

Recordé la frenética semana de entregas y pedidos, sin duda debí haberla traído el día anterior. El sospechoso estaba claro, el arma lo tenía delante mio y, sin embargo, algo no cuadraba. Ya había tenido que trabajar mucho otros fines de semana antes y no había supuesto mayor problema para mi.

Así que me dirigí al salón y, justamente al entrar, recordé una discusión por teléfono poco antes de dormir: un malentendido en un chat había dado lugar a una cadena de reproches sin sentido que parecían no tener fin en aquel laberinto de emoticonos y dobles azules. Tenía un sospechoso y un arma, pero seguía sin parecer lo suficientemente desarmante como para dejarme en este estado.

No lo entendía. Me senté a recopilar todas las pistas que había acumulado: la carta en la cocina, los papeles del despacho, el móvil del salón.. y, en ese momento, escuché una voz que me resultaba familiar.

Sonaba desagradable y repetía todo el tiempo las mismas frases: “no sirves para nada”, “eres un desastre”, “no te va a dar tiempo”, “mírate, mejor te vuelves a la cama”, “no le importas a nadie”, etc.

Parecía no tener fin, repitiendo una y otra vez los mismos reproches en bucle. ¿De dónde venía aquella voz? Fuera quien fuera estaba claro que había encontrado a mi asesino.

Lo busqué en la habitación, volví a la cocina, subí al trastero y me asomé en vano a la terraza. No parecía haber nadie más que yo en casa.

Y entonces me di cuenta. La escuché junto a mi oreja, noté cómo calaba hondo en mi corazón e iba invadiendo todo mi cuerpo: aquella voz estaba dentro de mi, de mis pensamientos. Yo era la sospechosa e involuntaria culpable de todo lo ocurrido.

Pero no, no iba a dejar que aquella voz me dominara y, mucho menos, que me anulara bajo esa cálida trampa entre las mantas.

Me di una ducha, desayuné y bajé al banco a arreglar mis cuentas. Al subir, abrí aquella amenazadora carpeta y me puse a ello. Sin excusas. Trabajo y más trabajo. Hasta terminarlo.

Después, llamé por teléfono y, sin emoticonos ni corazas, deshice la madeja del malentendido. Tras tanto nudo deshecho, volvimos a vernos con el corazón.

Aquella voz, de vez en cuando, seguía hablándome, intentando boicotearme. Pero cuanto más me movía, más lejos parecía estar.

Y supe que nunca más volvería a cometer otro de sus crímenes. Porque había abierto los ojos y vivía activa y despierta .

Ya nunca más volvería a estar ClueDormida.

© Jugadora1.

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Pescamisar. 

Si hay un juego que a casi nadie gusta jugar ese es el juego de la pesca de camisas o, dicho de otro modo: Pescamisar.

Pescamisar es un juego aparentemente sencillo pero que requiere de mucha paciencia. Porque las camisas, por más que la etiqueta advierta de su fácil planchado, nunca nunca nos lo ponen fácil. Siempre son un reto a nuestra capacidad de resistir sin perder los nervios.

Al igual que los peces, no tienen apenas memoria, no recuerdan bien haber sido planchadas por lo que, para pescar una, se necesita insistir una y otra vez hasta doblegar su natural resistencia al calor y la suavidad.

Les gusta moverse, agacharse cuando crees que la tienes sujeta, caerse, retorcerse y doblarse de mil formas posibles para ir mostrando nuevas e insospechadas arrugas a cada segundo.

Sabedoras de que, la mayoría de nosotros, no tenemos tiempo ni ganas de jugar con ellas, disfrutan haciéndonos desesperar, en su calendario tiene seńalados los domingos por la tarde como mejor momento de la semana.

Porque Pescamisar requiere, como en la vida real, de una actitud positivamente abierta a lo que surja: si el camino no es tan listo como imaginábamos, si no cede fácilmente, dejemos pues ver a dónde nos llevan las bifurcaciones.

Si sentimos que el tiempo apremia y queremos terminar pronto aquellas tareas que menos nos agradan, abramos bien los ojos, respiremos profundamente y permitámonos que cada nueva arruga nos enseńe algo de nosotros mismos que desconocíamos.

Porque igual que en la pesca, las prisas no son buenas, y un mayor impulso o gesto apresurado puede crear una nueva arruga donde ya había camino andado.

Cambiando la forma de ver las cosas podemos cambiarlo todo, incluso este desesperante juego de Pesca puede convertirse en nuestro momento de “Mindfullness” favorito.

Escuchando el sonido del vapor saliendo tras cada pasada, sintiendo la poderosa sensación de ser tú quien va trazando su propio destino, despacio, sin prisa, insistiendo sin dejarse vencer, alisando con una mano, abriendo camino con la otra, fortaleciendote con constancia y paciencia para llegar, por fin, a la recompensa: haber pescado un gran ejemplar de camisa, esa que se escapa y retuerce con solo mirarla.

Después, la llevarás contigo. Tu fortaleza quedará unida a tu nueva piel. Y quedará colgada en tu percha de nuevos aprendizajes.

Y es cierto, vendrán más momentos difíciles, más camisas que parecen imposibles de dominar. Incluso las que ya lo estaban, dejarán de estarlo y volverás al principio, a intentarlo nuevamente.

No pasa nada. Respira. No dejes que otros jueguen por ti porque parezca aburrido o difícil. Disfruta de cada pliegue, del tacto y olor de cada momento vivido mientras lo intentas. Y de lo que cada arruga te va enseńando.

No lo dudes. Aunque a nadie parezca gustarle, aunque no nos lo pongan fácil. No dejes nunca de Pescamisar cada día nuevas oportunidades y sueńos por cumplir.

© Jugadora1.

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NavidOńo.

En los últimos ańos, ha surgido una nueva estación: despacito y casi sin hacer ruido nos encontramos con que, a menos de un mes de haber comenzado el Otońo, ha llegado el NavidOńo: la llegada de la Navidad en pleno Otońo.

Todo comenzó con los grandes supermercados. Hartos de almacenar kilos y kilos de turrones, roscos de vino y bandejas de mazapanes y mantecados tras las navidades, decidieron que no nos daban suficiente tiempo para consumirlos.

Que al final, con la nochebuena que se nos echa prácticamente encima, bastante teníamos con comprar para las cenas y comidas, relegando el postre a una triste bandeja surtida que daba pereza con solo mirarla.

Entonces, digo yo, pensaron en hacernos un favor. En ayudarnos a no acumular turrones duros en el armario de un ańo para otro y no decepcionarnos mucho si nadie mete mano a esa caja surtida que compramos para Ańo Nuevo.

Intentaron, primero, crear el NaVirano en pleno Julio, vendiéndonos cupones de lotería navideńa hasta en el chiringuito. Pero eran muchos los placeres veraniegos le hacían una clara competencia sin rival a las almendras rellenas y el panetone.

Lo vuelven a intentar, a cada PrimaVerno, en los grandes almacenes: cuando entras con tu abrigo y bufanda y solo ves blusas o vestidos de casi Verano junto a carteles que te aseguran que ya estamos en Primavera. Pero no nos engańaron y ni siquiera el cambio climático, a su favor, ha podido sincronizarse con ellos.

Y ahora, lo siguen intentando cada NavidOńo. Aprovechando los anuncios de viajes a EuroDisney (con la frase estelar “estas navidades..”), y nuestra debilidad mental tras haber superado los primeros ResPrisados de Septiembre y empezar, nuevamente, a sucumbir a la falta de luz y el tiempo fresco y lluvioso.

Esa sensación de manta-sofá-leche caliente que nos acompańa desde mediados de Octubre es su arma favorita para avasallarnos con la precuela de la Navidad. Sin preguntarnos si queremos jugar a este juego consumista antes de tiempo. Así, sin más.

A los que nos gustan las Navidades, nos quitan el placer de disfrutar de todo lo bueno de las fiestas cuando llegan: ¿O acaso saben igual los mantecados cuando llevamos dos meses comiéndolos?, ¿hace especial ilusión el turrón de chocolate si lo puedes comprar en Octubre?.  Para los que no les gustan, esta debe ser una nueva forma de tortura psicológica, anticipándoles en Octubre su particular pesadilla de cada ańo.

El Otońo, con su ambiente fresco, sus colores y sus placeres, queda relegado a su segundo plano para dejar paso a la estación más consumista y apabullante del ańo. Y mezclamos castańas con polvorones, setas con mazapanes y lotería de Navidad con disfraces de Halloween.

Todo junto, todo casi seguido. Síntoma de una sociedad cada vez más impaciente, que lo quiere todo Ya, sin colas ni esperas, Now, directo a casa, al móvil, a la tablet.

Yo, sin embargo, me niego a sentir como normal este NavidOńo impuesto. No dejemos que su prisa por vender nos quite nuestro mayor placer, que es disfrutar de cada momento cuando tenga que llegar.

Así, cuando lleguen las esperadas Navidades podrán ser eso, esperadas, y disfrutadas como debe ser, en pleno Invierno… ¿O eran en PrimaVerno?

© Jugadora1.

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Busca la salida.

El otro día volví a enredarme. Empezó siendo apenas una delgada línea negra que dibujaba un camino a seguir lo que comenzó por llamarme la atención.

Al fondo, al final del camino, brillaba una luz roja con un número dentro: mis notificaciones, había recibido 4 “Me gusta”, 3 “Me asombra” y 2 “Me encanta”.

No pude evitarlo. Será solo un momento, me dije mientras entraba, como tantas otras veces, en aquel laberinto.

Una vez dentro yo sabía que sería muy difícil salir, que cuanto más quieres encontrar la salida, más te enredas en caminos infinitos.

Todo empieza con una vibración, un parpadeo, una llamada a mirar, comentar, compartir, y acaban pasando las horas sin poder despegar mis ojos de todo lo que voy encontrando.

Y lo cierto es que aquellos pasillos de ida y vuelta me devolvían un reflejo de mi vida a ratos divertido, a ratos glamuroso o vibrante y, siempre, entretenidos.

El problema solía llegar después, cuando debía buscar la salida y volver a mi vida fuera del juego. Si, ahí si me daba cuenta del tiempo perdido, de las personas cuyas voces no escuchaba, los abrazos y besos que mi piel echaba de menos o los maravillosos colores de este otoño, invisibles tras la pantalla.

Pero el otro día sentí algo distinto. Ya llevaba un buen rato cuando, de pronto y por primera vez, fui plenamente consciente de que no conseguía encontrarme en ninguno de aquellos brillantes caminos.

Y una línea imaginaria, como si de un lápiz se tratara, dibujó una salida en carboncillo hacia un camino muy largo.

Después de un rato caminando por aquel pasillo lleno de luces, colores, reclamos y sonidos, me di cuenta.

Cuanto menos las miraba, más se agrandaba el camino y más cerca estaba de encontrar una salida real a mi vida.

Y así llegué. Y se dibujó una línea que cruzaba ambos mundos. Puse un pie fuera, sin mirar atrás, y sentí cómo se desconectaba el laberinto en espera de ser nuevamente activado.

Pude ver los colores del paisaje de mi vida, tal cual son. Sin filtros ni enfoques. Tal como es mi vida. Y podía oler la lluvia, mirar a los ojos y escuchar las voces de la gente, sentir el viento en mi cara y un camino, infinito, justo delante de mi, lleno de posibilidades.

Ya tenía un pie y medio cuerpo fuera y, justamente, estaba levantando el otro pie,  cuando lo noté: un leve parpadeo, una vibración y un mensaje claro tras el cristal: tenía varios comentarios sin leer y una llamada perdida.

No pude evitarlo. Será solo un momento, me dije sin apenas convicción, mientras mis ojos miraban dentro y todo mi cuerpo volvía a poner todos sus sentidos en aquel tentador juego.

Y es así como el otro día volví a enredarme en este laberinto del que, nuevamente, más adelante, en un rato, cuando pueda, buscaré la salida.

© Jugadora1.

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