Etiquetadora.

Me han regalado una de esas máquinas para etiquetar, una manual con la que puedes seleccionar las letras de cada palabra para ir formando, con ellas, distintas etiquetas.

Ya, lo sé, no es un juego pero, según me han asegurado, en esta vida es casi imprescindible tener una cerca y saber usarla.  Saber cómo jugar con ella, me dicen. Tener y ser una buena etiquetadora.

Muchos, me atrevería a decir, la usan a diario e indistintamente con todo lo que encuentran a su alrededor. Gustan de buscar y encontrar la palabra definitiva que pondrá nombre a lo que ven o lo que sienten ante lo que tienen delante.

Se sorprenden cuando les digo que yo nunca tuve una. Que nunca me hizo falta utilizarla. Que no me divierte ser así, no es un juego para mi.

Pruébalo. Insisten. Todos lo hacemos y es necesario porque, si no juegas, si no etiquetas, ¿cómo puedes relacionarte con los demás?, ¿cómo puedes vivir tranquila?.

Prueba. Es fácil. Ya verás que llegará un momento en que lo harás de forma automática, casi sin darte cuenta.

Está bien. Lo intento. ¿Qué tengo que hacer?. Prueba con esa seńora, me dicen.

La miro. Me concentro. Está sentada en aquel banco a nuestra derecha. Quizás, me esfuerzo, podría ser que viva sola con ese perrito que lleva a su lado. Pienso. Es posible que pueda ser.. agarro mi etiquetadora y escribo poco convencida: “V-I-U-D-A”.

¡Qué sosa eres! – exclama uno de ellos. ¿No se te ha ocurrido que podría ser una “A-M-A-R-G-A-D-A?. Ríen fuerte su ocurrencia.

Pues no, les digo, no lo entiendo: ¿cómo podéis imaginar algo así solo con verla sentada con su perro?. Y puestos a pensar, ¿cómo sé yo que es viuda y no está casada?.

Bueno, es que es la primera vez. Cuantas más veces juegas mejor te sale, insisten. Venga, inténtalo otra vez: mira ese nińo jugando al balón. Míralo bien. ¿Qué le escribirías?.

Estoy mirando fijamente a un nińo de unos 6 ańos. Juega tranquilamente con un balón. Se para. Ahora está subiendo a un tobogán. Una, dos, tres bajadas. Se para y vuelve a coger el balón. Me esfuerzo por seguirles el juego y por aprender, al menos, las reglas del mismo. Convencida escribo: “F-E-L-I-Z”.

Oigo muchas risas a mi lado. Mira que ésta era bien fácil. Nosotros hace ya un rato que le hemos puesto “H-I-PE-R-A-C-T-I-V-O”, ¿es que no lo ves?.

Definitivamente no. Esto es ridículo, les digo mientras les doy mi etiquetadora. No me gusta este juego. No sitve para nada, mucho menos para conocer a los demás.

Jugando así solo nos quedarnos con una fachada de cada persona, eso sí. Nos permite no pensar demasiado y seguir tomando el sol en la superficie, a salvo de incómodas profundidades, eso también.

Pero no me digáis que sabré quién es el otro, que es muy divertido o que así funciona el mundo.

Uno de ellos coge mi etiquetadora. Se acerca y escribe: “S-O-S-A”. El otro, sonriendo, ańade otra palabra: “A-B-U-R-R-I-D-A”. El tercero, saca su propia etiquetadora, que lleva en el bolsillo con evidentes signos de desgaste e, inspirado, pone en mi frente: “D-I-S-T-I-N-T-A”.

Se ríen mientras se alejan. Ignoran que ese tipo de letras no suelen quedárseme pegadas a mi piel . Que hace tiempo que mi cuerpo sabe distinguir entre trivialidades y humanidades, entre juegos de nińos y jugadas inolvidables.

Se me caen las dos primeras etiquetas de forma casi espontánea, sin mayor esfuerzo. La última, “D-I-S-T-I-N-T-A”, tarda un poco más. Me gusta.

He decidido que no me la voy a quitar. De esa forma, cuando los demás no sepan qué etiqueta usar o jueguen a ponerme etiquetas sin apenas conocerme, solo yo sabré cuál es la razón de su desconcierto y desatino, de nuestros desencuentros en  valores y modos de jugar.

Seguiré dejando que cada cual respire a su ritmo y vista la ropa que más le guste, que no intentaré vestir a nadie de etiqueta y no la usaré de excusa cuando esté cansada y no me apetezca interactuar.

Y también se que hay un juego al que no volveré a jugar. No volveré a ser una etiquetadora.

© Jugadora1.

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Más de 140.

Háblame. Cuéntame algo de tu vida.

Sinceramente, de dentro. No me Tuitees contándome solo lo más superficial, lo que crees que quiero saber.

Te escucho. Sé que no estás acostumbrado a tanta atención, que la mayor parte del tiempo no puedes, no te dejan o simplemente no hay tiempo para pasar de las 140 palabras.

A veces, incluso, no te dejan decir ni Tuit. Como cuando la consulta al móvil se hace más frecuente o cometes el error de bucear demasiado en las complejidades de tu vida y notas cómo la otra persona cambia rápidamente de Cuenta.

Debo volar cerca de la superficie, te recuerdas,  que estas pequeñas alas azules no alcanzan a volar muy lejos y, mucho menos, a bucear por las profundidades.

No temas. No Retuitearé las últimas actualizaciones de tu vida y no las verás convertidas en Trending Topic entre nuestras amistades.

No hace falta que vengas con tu mejor Perfil. No iré en busca de breves titulares que compartir.

Ya. Lo sé. Que este mundo no para, no escucha. Solo pulsa, escribe, comparte y vuelve a pulsar.

Sin apenas descanso, todos hablan casi al mismo tiempo de lo que saben y de lo que no. De sí mismos y, sobre todo, de los demás.

Y, así, entre nuestras obligaciones y nuestros propios titulares, las vertiginosas notificaciones por abrir y las actualizaciones por ver, dedicamos poco tiempo a lo que de verdad importa.

Apenas les permitimos ofrecernos más de 140 (caracteres, palabras, minutos..) y eso que pasamos una mitad pensando en nuestros 140 y, la otra, en los 140 de los demás.

Pero esta vez será diferente. Crearemos, a cada minuto, largos e inolvidables Hashtags. Sumaremos mis 140 y los tuyos y los multiplicaremos por el número de veces que nos sintamos realmente Enlazados en la conversación, que serán muchas.

Te mostraré mis 140 formas de ser y sentir, las múltiples respuestas de cada encuesta. Sin marcos ni marcas personales. Sin preguntarnos qué está pasando a cada momento.

No quiero que me Tuitees, quiero que me Tutées. Nos sentiremos Sostenidos, Ubicados y apoyados en nuestro vuelo: cada vez mayor, cada vez más lejos.

Más de 140 minutos pulsando lo más importante.

© Jugadora1.

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Nuestras vidas son los rIOS que van a parar al RAM.

Llevo unos días resistiéndome a instalar una nueva versión de mi misma que, inevitablemente, llega cada año por estas fechas.

Todas las señales a mi alrededor parecían recordarme que debía ir haciéndome a la idea y despidiéndome, de alguna manera, del formato al que ya me había habituado en este último año.

Lo cierto es que todos los años me pasa lo mismo: me resisto a actualizarme pero, transcurridos unos meses, empiezo a disfrutar de lo ganado con el cambio.

La de este año, me han dicho los que ya la disfrutan hace tiempo, me va a encantar.

Por lo visto, viene cargada de nuevas mejoras y prestaciones, como el sistema AAM (de Apertura Automática de Mente), que me permitirá desinstalar con mayor facilidad viejos miedos y prejuicios, para abrirme a nuevas experiencias, ideas y personas por conocer.

La mejora en el punto de vista de la Cámara también me han comentado que está muy bien, con la ampliación de la función SP. 4, denominada Sabiduría del Presente, y su extensión Aprender de los Errores. Ambas son de gran ayuda a la hora de no perder más el tiempo preocupándonos por lo que vendrá y disfrutar de una forma más consciente, me han dicho, del aquí y ahora.

Es cierto que no todo son ventajas. Ya sé que la batería necesitará estar más entrenada que unas versiones atrás para no agotarse y habrá que seleccionar con criterio las aplicaciones instaladas porque se agranda con mayor facilidad el espacio ocupado y cuesta un poco más liberarlo.

Eliminar algunas aplicaciones ya obsoletas creo que ayudará. Desinstalaré, por ejemplo, la aplicación de la Bolsa: a estas alturas de mi vida, no quiero estar a expensas de la volatilidad. Conozco bien cuáles son mis valores al alza, qué cosas irremediablemente van cayendo con el tiempo y en qué invertir  mejor mi tiempo y energías.

Ya no engaño tan fácilmente a mi Siri interior, me conoce cada vez mejor y anticipa con mayor número de aciertos aquellos caminos que transitar y cómo calcular mejor lo que más me conviene a cada paso. Ventajas de llevar ya unas cuantas versiones instaladas.

También me han contado que, en un futuro lejano, aplicaciones en las que casi no reparo salvo ocasionalmemte, como la de la Salud o los Recordatorios, empezarán a tener un mayor uso.

Aún me quedan unas cuantas mejoras por añadir antes de llegar a ello.

De momento, lo que sí he notado es que los marcos, recortes y filtros de mis fotos y recuerdos cada vez los considero más innecesarios, a cada nueva actualización me importa menos lo que piensen los demás y me gusto más tal como soy.

Así es. El GPS de mi nueva versión sabe decirme con mayor precisión cuál es mi lugar en el mundo y hacia donde ir sin los rodeos de anteriores versiones, para poder avanzar siempre hacia adelante.

Ya tengo pensado, nada más actualizarme, liberar bastante espacio en mi mente, eliminando pensamientos negativos automatizados y miedos que no me dejan avanzar.

Guardar menos y vivir más.

Esta nueva versión quizás haya perdido un poco el brillo o los colores con respecto a otras versiones pasadas, pero el fondo cada vez es más rico en detalles y formas de disfrutar, expectante a todo lo bueno por vivir que, de seguro, será mucho.

¡Vamos allá!

© Jugadora1.


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Monopolilla.

Al principio, compró una pequeña casa en la calle azul de su barrio. Era modesta, no muy grande, pero tenía todo lo necesario para vivir con tranquilidad.

Después de varias vueltas por la ciudad pudo ahorrar algo de dinero. El suficiente para que aquella casa entrañable que tanta ilusión le había hecho comprar unas jugadas antes, ya no le gustara.

No sabía exactamente por qué. Solo podía ver cómo Brillaba con más fuerza la de la calle amarilla con piscina, garaje y pista de pádel. Y allá que fue volando hacia ella hasta comprarla.

Ahora que al fin estoy agusto- pensó- me vendría bien tener un nuevo móvil. Uno más plano, más grande y con el doble de aplicaciones. Así que compró uno que brillaba tanto como su casa y una televisión con Internet aún más plana y grande.

Todo iba bien. A cada tirada de dados, avanzaba tan rápido que el dinero parecía ir llegando directo de la banca a sus manos.

Y, sin embargo, no se sentía del todo bien. Seguía moviéndose a ciegas, necesitado de una luz brillante que le guiara.

Al fin, la vio. Era realmente irresistible, paseando por la ciudad vislumbró un enorme anuncio de viajes por el mundo. Le pareció una gran idea, hacer una pausa y volar bien lejos por aquellos lugares exóticos de los que todo el mundo hablaba: Tailandia, las Maldivas, Croacia, etc.

Volvía lleno de grandes souvenirs y ropa aún más cara con los que llenaba cada rincón de su casa y de su vacío existencial.

Una mañana, al despertar, la casa pareció haberse encogido de forma alarmante. Le costaba respirar, nada de lo que había a su alrededor le hacía sentir bien.

Necesito volver al juego, se dijo, tirar nuevamente los dados, entrar en la rueda y volar hacia otra luz más brillante.

Y así es como se compró un chalet en la calle roja y, unos meses más tarde, una mansión en la privilegiada zona verde y, como ya tenía cuatro casas, se decidió por un hotel en la calle azul de la mejor zona de la ciudad.

Pasaba los fines de semana sentado en su gran sofá cambiando de la tele al móvil y de éste al ordenador para terminar dormido junto a su tablet.

Cuando se cansaba, iba a hacer deporte para poner su estómago igual de plano que su portátil y sus músculos tan grandes como su piscina.

Pero algo le seguía faltando. Ya está, pensó, necesito compartirlo todo, eso es lo que me falta: y se creó un perfil en varias redes sociales en las que subía fotos de sus viajes, de sus casas, de su maravillosa vida.

Con cada “Me gusta” su ombligo creía tanto como su nuevo y brillante coche. No podía dejar de compartir casi cada momento de su partida. Tirar los dados ya no tenía la misma emoción sin contar el resultado, sin mostrar la mejor de sus cartas.

Entonces, en la última jugada de la semana, el azar le llevó sin esperárselo a sacar varias tarjetas que hablaban de nuevos impuestos, incendios, desastres y gastos inesperados.. Y fue perdiendo poco a poco su hotel, su casa verde, la roja y la amarilla.

Se quedó con su casa azul. Con un televisor voluminoso y una cuenta bancaria plana.

Y empezó a moverse más y comprar menos, conociendo a otras personas con las que compartía menos fotos de cosas y más cosas que recordar juntos.

Un día, paseando por la ciudad, vio a lo lejos el brillo de una vida “mejor” que se filtraba por todos lados en forma de objetos para llenar vacíos, experiencias por compartir en redes, nuevas necesidades que atender que surgían a cada paso.

Todo invitaba a tirar los dados e ir nuevamente hacia aquella luz.

Pero notó algo distinto. Algo que le había crecido en los últimos meses: unas alas que le permitían volar por encima de las calles y las estaciones ferroviarias, de las centrales eléctricas y aquellos enormes hoteles rojos para poder, desde la altura, verlo todo en perspectiva.

Y con la perspectiva vino el final de aquella partida: había llegado definitivamente el momento de dejar de jugar para tomar el Monopolio de sus decisiones, el timón de su vida.

Ya nunca más sería una Monopolilla.

© Jugadora1.

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Trivialidades.

Existe un juego que cada vez está más de moda: Trivialidades.

Gusta mucho porque para saber jugar solo hay que seguir unas sencillas reglas: no mostrar tu verdadero estado, llevar un espejo, un set de maquillaje y una cámara de fotos siempre contigo y saber compartir a cada paso lo vivido consiguiendo la aprobación generalizada de los demás.

Aunque puedan parecer fáciles sus reglas, es cierto que muchos jugadores invierten mucho tiempo y energías en ser los mejores: buscan la luz, la pose, el encuadre perfecto para sus selfies, el tuit más comentado y compartido, el TT más duradero, el canal de Youtube con más seguidores y el muro más atractivo para acumular “Me gusta” durante toda la partida y ganar así más puntos.

Yo, sin embargo, echo de menos un juego que me enseñaron mis padres desde bien pequeña: Humanidades.

Casi nadie se acuerda de cómo jugar. Muchos nunca han oído su nombre. No conocen los cinco quesitos que hay que conseguir para ser buen jugador: el verde de la empatía, el amarillo de la escucha, el azul de la amabilidad, el rosa del respeto y el marrón de la inteligencia emocional.

No recuerdan, porque nunca nadie les enseñó a jugar, cómo ganar puntos en este juego. Cómo evitar los prejuicios, las comparaciones o la envidia que nos hace retroceder casillas, dejar el asiento a las personas que lo necesitan, escuchar a los demás con verdadera atención, dar las gracias de corazón, poner a trabajar la paciencia en las esperas diarias, el respeto hacia aquellos que son diferentes a nosotros y la amabilidad con los desconocidos.

Humanidades era un juego al que, en mayor o menor medida, todo el mundo sabía jugar o al menos en qué consistía. Nuestros bisabuelos se lo enseñaron a nuestros abuelos que, a su vez, lo transmitían a sus hijos y éstos a los suyos, etc.

Pero jugar a Trivialidades es más sencillo, más inmediato y placentero: compararse a través de las redes, calmar nuestras inseguridades con seguidores virtuales, dejar la escucha para ver solo lo que nos interesa, respetar a aquellos cuyas vidas retuiteamos y cambiar la amabilidad por el filtro de lo socialmente correcto.

Existe un juego que de tan Trivial ha eliminado en su contenido todas las Verdades. Ya solo nos quedan las Trivialidades.

© Jugadora1.

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Dibujando tu propio camino. 

Uno de mis juegos preferidos de mi infancia era el Telesketch: aquella pizarra en la que podías dibujar a través de dos botones líneas curvas y rectas sin rumbo fijo.

A veces, conseguías hacer un barco. O la torre de un gran castillo. O las olas del mar llevándote bien lejos.

Y si no salía bien o no te gustaba, no pasaba nada: lo agitabas con fuerza y volvías a empezar.

Conforme te haces mayor, muchas veces sientes que cada vez pintas menos y de forma más dirigida. En algún momento notarás cómo te enseñan a hacer líneas rectas siguiendo un camino trazado de antemano.

La sociedad te mostrará cómo dibujar. E incluso, si echas de menos esos ratos de creación relajada en la vorágine de tu rutina diaria, pondrán a tu alcance muchos libros de mandalas o motivos geométricos complejos de mil formas para colorear.

Si, para colorear. El camino, de nuevo, ya estará marcado. Pero no te preocupes. Te prometen horas de diversión y relax.

Tú te preguntarás dónde quedó la diversión, la ilusión por crear, imaginar mil modos de llegar, casillas de salida, caminos propios de ida y vuelta.

Cómo puede ser mejor imitar cada color con escrupulosa semejanza, pudiendo elegir distintas combinaciones: buscar, pensar, probar. Borrar. Y volver a empezar.

Te dirán que está de moda. Los verás por todas partes e incluso conseguirán que creas que así es más fácil. Que no tienes apenas tiempo en tu vida de adulto para inventar otros modos.

Pero un día, tu corazón echará de menos a aquel niño de formas infinitas y páginas en blanco. Y volverás a sentir el placer de pensar e imaginar tu camino.

Y si no te gusta, y si vienen curvas, siempre puedes sacudir fuertemente tus miedos y las líneas que nos atan a lo que se espera que dibujemos, agarrar fuerte el timón con ambas manos y empezar de nuevo.

Navegar con aquel barco entre el oleaje hasta llegar a la torre de tu castillo.

© Jugadora1.

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Quién es quién.

Hubo un tiempo en que era fácil jugar al quién es quién: las únicas diferencias entre nosotros y el resto de niños consistían en ser moreno, rubio, si llevaba gafas o usaba sombrero.

Y nos dábamos la mano y jugábamos juntos. Aun empujándonos a veces o peleándonos otras, todo se arreglaba con pedir perdón y un beso. Y a seguir jugando. Todos éramos todos sin importar el quién ni el cómo.

Después, descubrimos que éramos una ficha del tablero y teníamos posición propia. Ya no usábamos gafas únicamente. Éramos empollones.

Habían llegado los grupos. Las reglas del juego se hacían más evidentes. En el colegio, en el instituto y, no lo sabíamos en aquel momento, seguiríamos jugando así el resto de nuestra vida.

Con los años y las experiencias, aprendes a descartar fichas: diferenciar los conocidos, falsos amigos y oportunistas de verdaderas amistades y amores, que permanecerán ahí arriba, visibles en el tablero a lo largo de toda la partida.

Quizás, en este mundo de avatares, prisas, conversaciones por el móvil y pantallas protectoras, ahora más que nunca no sepamos realmente quién es quién.

Y saberlo es necesario. Pararse a descubrir cómo es la persona que tengo delante. Qué le preocupa, qué le gusta más allá de un estado temporal en un muro.

Mirarnos a los ojos y contarnos con la mente y el corazón abierto. Sin prejuicios, desde el respeto y la aceptación.

Y volver así a aquellos tiempos donde no importaba quién es quién más allá de unas gafas y un sombrero.

© Jugadora1.

 

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Juegos Reunidos.

Sal. Levántate. Abre la caja de los juegos. En plural.

No es malo ver cómo juegan los demás sus vidas reales o ficticias a través de la pantalla. No si tú, a su vez, también estás jugando. No dejes que únicamente te lo cuenten o que tus posibilidades de jugar se reduzcan conforme crezcan tus miedos y se expandan a lo largo y ancho del sofá.

Mueve las piernas. Habla. Mira. Participa. Deja ese único juego (el que mejor se te da, el que más te gusta) y abre la caja de los Juegos Reunidos.

No temas. Todos los juegos parecen complicados hasta que se prueban. Hasta que conocemos bien las reglas del juego y las incorporamos a nuestro aprendizaje.

Cuantas más reglas del juego vayas conociendo, aprendiendo, más fácil será extrapolar lo aprendido a otros juegos de mayor complejidad o alcance. Y más disfrutarás del camino.

No dudes que perderás en la mayoría de ellos. El azar puede llevarte lejos por un instante, pero es el aprendizaje el que te hará volar siempre. Aprende de todas las derrotas y de las veces que sientas ganar la partida.

Y no cierres las puertas a lo desconocido: a aquel juego que crees que no es para ti, que no se te dará bien, aquel cuyas reglas no entiendes cuando lo pruebas al principio.

Da un paso más allá, porque merecerá la pena y descubrirás lo cerca que siempre estuviste de jugar tan bien como tú siempre quisiste.

Mucha gente te mirará raro si te sales de su juego o de lo que consideran que es el tuyo. No dudes de que no será fácil ni para ti ni para los que están acostumbrados a estar más pendientes de los juegos de los demás que de vivir el suyo propio.

Y si, habrá muchos juegos que no podrás jugar. Porque simplemente no estarán a tu alcance monetario, o porque la vida es un juego de tiempo finito. No lo olvides, esta es la regla más importante que aprenderás jugando cada día.

Por eso mismo, merece la pena intentarlo. Hacer la gymkana de los juegos en el tiempo de tu vida: probar todos los posibles, especialmente los que siempre soñaste con jugar. Ser el propio máster y actor principal de tu juego y no un extra esperando su turno viendo jugar a los demás sus juegos de tronos.

Agita los dados y muévete. Escucha. Siente. Aprende. Y disfruta!

© Jugadora1.

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Besito, besote, besazo.

Antes, nos dábamos un beso. Por carta o por teléfono, decíamos “un beso” y ahí iba algo de nosotros. Más que el empresarial y aséptico “saludo” o su alternativa pseudocariñosa “cordial saludo”.

Un beso era más que los “besos” sin número ni orden (¿a dónde los lanzamos, a la cara, al aire?) o los “miles de besos” juntos.

Equivalía a “un abrazo”. Beso y abrazo reservados a las personas con las que teníamos más confianza (o queríamos tenerla) y saludos para los desconocidos. Era fácil de diferenciar y utilizar.

Ahora somos todos desconocidos. O, al menos, así nos despedimos por teléfono o chateando: da igual si es tu madre, tu mejor amiga o la vecina de arriba. A todos, por igual, les dedicamos la versión corta de aquellos besos: un “besito”, y les plantamos el icono del beso con el corazón.

Más cursi, más ñoño e impersonal y, sin embargo, más aceptado para todos los públicos.

Si nos sentimos generosos, podemos mandar  “besazos”, “besos gordos” o besos “rechonchos”. O incluso, utilizando una vertiente similar al “saludo”, dar un “besote” o “abrazote”, que es lo más superficial que podemos dar sin dar.

Y nadie sabe cómo se sienten, cómo se dan, cómo son estos besos. Y, sin embargo, no dejamos de nombrarlos con casi todo el mundo a nuestro alrededor.

Deberíamos exigir esos besos cuando tenemos a la persona delante. Si queremos darle un besazo de verdad, dárselo. Si queremos recibirlos, esperarlos.

Pero es mucho más fácil mandar besos de mil tamaños y formas. Conjugando como si estuviéramos en latín las terminaciones de nuestras despedidas (ito, ote, azo..).

Y vamos perdiendo la capacidad de abrazar, de mirar a los ojos y dar los besos que mandamos de la forma que queramos a quienes queremos.De verdad. Sin pantallas, sin escudos, sin cursilería.

Pero eso no es tan fácil. Es mejor poner dos, tres, cuatro caritas dando besos y corazones que sentirlo y expresarlo.

Ni pequeños, ni grandes, ni lejos. De verdad. Con sentimiento.

Porque antes, nos dábamos Un Beso.

© Jugadora1.

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QuejaBú

Ayer me hablaron de un nuevo juego: el QuejaBú.

Es como el Tabú, me dijo, ese juego en el que tienes que describir o explicar una palabra al otro sin nombrarla y sin decir otras palabras relacionadas con ella.

Como el Tabú, pero Sin Quejas. Si, si, tienes que contar cómo ha transcurrido tu día sin poder expresar queja alguna. Las palabras prohibidas son muchas: no, imposible, mal, muy mal, fatal, vaya tela, de pena, una lástima, pésimo, etc.

Un juego muy difícil, pienso yo. Es el Tabú de los que están a otro nivel. El cinturón negro del Tabú.

Tú puedes, me comentó mi amigo, pruébalo y verás que es cuestión de practicar todos los días un poco. Enseñar a tu mente a ver los días de otra manera.

Imposible, pensé yo: el día está lleno de oportunidades para quejarse. El trabajo, la casa, las colas para cualquier cosa y los que se cuelan, los atascos, la falta de (dinero, sueño, tiempo..) y el exceso de (trabajo, fingir que estoy bien, sueño..), y así absolutamente todos los días.

Lo más difícil, me dijo, no será dejar de quejarse durante 24 horas al hablar: uno puede engañar cambiando el término (no está del todo mal, podría ser posible, ha ido relativamente bien..) y forzando, al mismo tiempo, un gesto de falsa tranquilidad e incluso una sonrisa bien ensayada.

No. Lo más complicado será no engañarte a ti mismo. Sin fingir. Domar la queja-resorte en nuestro discurso, pintar de colores el gris de nuestro malestar, e intentar viajar por nuestros pensamientos sin perder de vista nuestro objetivo, dándoles la vuelta sujetando el timón y abriendo bien los ojos a las tormentas de quejas que sobrevuelan nuestro viaje diario.

Imposible. No puedo tío. Además, no tengo tiempo, llego tarde al trabajo y hace un día horrible. Apenas he dormido y he desayunado poco y mal. Quizás mañana será un buen día para intentarlo, si, mañana mejor.

¿He dicho mañana?. No, mañana tengo mucho trabajo. Mejor quedamos el finde, y me enseñas cómo va esto de vivir sin quejas.

O mejor, tú déjame aquí el QuejaBú y ya iré intentándolo yo por mi cuenta algún día. Podría ser posible, si me dejas probarlo a mi aire, que se me diera relativamente bien en poco tiempo, ¿no crees?

© Jugadora1.

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