ClueDormida.

La otra noche, en mi casa, se cometió un crimen. Por la mañana, al despertar, no encontré por ninguna parte las ganas de levantarme. Me sentía agotada y una poderosa sensación de incapacidad y melancolía me dominaba.

No quedaba ninguna duda: habían asesinado mi autoestima y, con ella, mi energía y positividad.

¿Qué había podido pasar?. No lo sabía, pero estaba dispuesta a buscar pista a pista y rincón a rincón hasta desenmascarar al culpable de aquel crimen.

Intenté recordar, mientras me levantaba, lo que había hecho el día anterior: trabajo, compras, cocinar.. a simple vista,  parecía un día normal.

Algo se me escapaba. Recorrí despacio el pasillo y llegué a la cocina en busca de alguna pista. Allí encontré mi primer sospechoso y el arma homicida: una carta del Banco. Un recordatorio del pago de un impuesto. Era sangrante. Y se ańadía a otras cantidades mensuales ineludibles, pero no me pareció un único móvil para un asesinato.

Seguí arrastrándome por el resto de habitaciones, obviando las seńales de mi cuerpo que me pedían desaparecer del mundo en la oscuridad y seguridad de mi cama.

Llegué hasta el despacho y, encima de la mesa, hallé una carpeta abultada con mucho trabajo acumulado dentro.

Recordé la frenética semana de entregas y pedidos, sin duda debí haberla traído el día anterior. El sospechoso estaba claro, el arma lo tenía delante mio y, sin embargo, algo no cuadraba. Ya había tenido que trabajar mucho otros fines de semana antes y no había supuesto mayor problema para mi.

Así que me dirigí al salón y, justamente al entrar, recordé una discusión por teléfono poco antes de dormir: un malentendido en un chat había dado lugar a una cadena de reproches sin sentido que parecían no tener fin en aquel laberinto de emoticonos y dobles azules. Tenía un sospechoso y un arma, pero seguía sin parecer lo suficientemente desarmante como para dejarme en este estado.

No lo entendía. Me senté a recopilar todas las pistas que había acumulado: la carta en la cocina, los papeles del despacho, el móvil del salón.. y, en ese momento, escuché una voz que me resultaba familiar.

Sonaba desagradable y repetía todo el tiempo las mismas frases: “no sirves para nada”, “eres un desastre”, “no te va a dar tiempo”, “mírate, mejor te vuelves a la cama”, “no le importas a nadie”, etc.

Parecía no tener fin, repitiendo una y otra vez los mismos reproches en bucle. ¿De dónde venía aquella voz? Fuera quien fuera estaba claro que había encontrado a mi asesino.

Lo busqué en la habitación, volví a la cocina, subí al trastero y me asomé en vano a la terraza. No parecía haber nadie más que yo en casa.

Y entonces me di cuenta. La escuché junto a mi oreja, noté cómo calaba hondo en mi corazón e iba invadiendo todo mi cuerpo: aquella voz estaba dentro de mi, de mis pensamientos. Yo era la sospechosa e involuntaria culpable de todo lo ocurrido.

Pero no, no iba a dejar que aquella voz me dominara y, mucho menos, que me anulara bajo esa cálida trampa entre las mantas.

Me di una ducha, desayuné y bajé al banco a arreglar mis cuentas. Al subir, abrí aquella amenazadora carpeta y me puse a ello. Sin excusas. Trabajo y más trabajo. Hasta terminarlo.

Después, llamé por teléfono y, sin emoticonos ni corazas, deshice la madeja del malentendido. Tras tanto nudo deshecho, volvimos a vernos con el corazón.

Aquella voz, de vez en cuando, seguía hablándome, intentando boicotearme. Pero cuanto más me movía, más lejos parecía estar.

Y supe que nunca más volvería a cometer otro de sus crímenes. Porque había abierto los ojos y vivía activa y despierta .

Ya nunca más volvería a estar ClueDormida.

© Jugadora1.

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Pescamisar. 

Si hay un juego que a casi nadie gusta jugar ese es el juego de la pesca de camisas o, dicho de otro modo: Pescamisar.

Pescamisar es un juego aparentemente sencillo pero que requiere de mucha paciencia. Porque las camisas, por más que la etiqueta advierta de su fácil planchado, nunca nunca nos lo ponen fácil. Siempre son un reto a nuestra capacidad de resistir sin perder los nervios.

Al igual que los peces, no tienen apenas memoria, no recuerdan bien haber sido planchadas por lo que, para pescar una, se necesita insistir una y otra vez hasta doblegar su natural resistencia al calor y la suavidad.

Les gusta moverse, agacharse cuando crees que la tienes sujeta, caerse, retorcerse y doblarse de mil formas posibles para ir mostrando nuevas e insospechadas arrugas a cada segundo.

Sabedoras de que, la mayoría de nosotros, no tenemos tiempo ni ganas de jugar con ellas, disfrutan haciéndonos desesperar, en su calendario tiene seńalados los domingos por la tarde como mejor momento de la semana.

Porque Pescamisar requiere, como en la vida real, de una actitud positivamente abierta a lo que surja: si el camino no es tan listo como imaginábamos, si no cede fácilmente, dejemos pues ver a dónde nos llevan las bifurcaciones.

Si sentimos que el tiempo apremia y queremos terminar pronto aquellas tareas que menos nos agradan, abramos bien los ojos, respiremos profundamente y permitámonos que cada nueva arruga nos enseńe algo de nosotros mismos que desconocíamos.

Porque igual que en la pesca, las prisas no son buenas, y un mayor impulso o gesto apresurado puede crear una nueva arruga donde ya había camino andado.

Cambiando la forma de ver las cosas podemos cambiarlo todo, incluso este desesperante juego de Pesca puede convertirse en nuestro momento de “Mindfullness” favorito.

Escuchando el sonido del vapor saliendo tras cada pasada, sintiendo la poderosa sensación de ser tú quien va trazando su propio destino, despacio, sin prisa, insistiendo sin dejarse vencer, alisando con una mano, abriendo camino con la otra, fortaleciendote con constancia y paciencia para llegar, por fin, a la recompensa: haber pescado un gran ejemplar de camisa, esa que se escapa y retuerce con solo mirarla.

Después, la llevarás contigo. Tu fortaleza quedará unida a tu nueva piel. Y quedará colgada en tu percha de nuevos aprendizajes.

Y es cierto, vendrán más momentos difíciles, más camisas que parecen imposibles de dominar. Incluso las que ya lo estaban, dejarán de estarlo y volverás al principio, a intentarlo nuevamente.

No pasa nada. Respira. No dejes que otros jueguen por ti porque parezca aburrido o difícil. Disfruta de cada pliegue, del tacto y olor de cada momento vivido mientras lo intentas. Y de lo que cada arruga te va enseńando.

No lo dudes. Aunque a nadie parezca gustarle, aunque no nos lo pongan fácil. No dejes nunca de Pescamisar cada día nuevas oportunidades y sueńos por cumplir.

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NavidOńo.

En los últimos ańos, ha surgido una nueva estación: despacito y casi sin hacer ruido nos encontramos con que, a menos de un mes de haber comenzado el Otońo, ha llegado el NavidOńo: la llegada de la Navidad en pleno Otońo.

Todo comenzó con los grandes supermercados. Hartos de almacenar kilos y kilos de turrones, roscos de vino y bandejas de mazapanes y mantecados tras las navidades, decidieron que no nos daban suficiente tiempo para consumirlos.

Que al final, con la nochebuena que se nos echa prácticamente encima, bastante teníamos con comprar para las cenas y comidas, relegando el postre a una triste bandeja surtida que daba pereza con solo mirarla.

Entonces, digo yo, pensaron en hacernos un favor. En ayudarnos a no acumular turrones duros en el armario de un ańo para otro y no decepcionarnos mucho si nadie mete mano a esa caja surtida que compramos para Ańo Nuevo.

Intentaron, primero, crear el NaVirano en pleno Julio, vendiéndonos cupones de lotería navideńa hasta en el chiringuito. Pero eran muchos los placeres veraniegos le hacían una clara competencia sin rival a las almendras rellenas y el panetone.

Lo vuelven a intentar, a cada PrimaVerno, en los grandes almacenes: cuando entras con tu abrigo y bufanda y solo ves blusas o vestidos de casi Verano junto a carteles que te aseguran que ya estamos en Primavera. Pero no nos engańaron y ni siquiera el cambio climático, a su favor, ha podido sincronizarse con ellos.

Y ahora, lo siguen intentando cada NavidOńo. Aprovechando los anuncios de viajes a EuroDisney (con la frase estelar “estas navidades..”), y nuestra debilidad mental tras haber superado los primeros ResPrisados de Septiembre y empezar, nuevamente, a sucumbir a la falta de luz y el tiempo fresco y lluvioso.

Esa sensación de manta-sofá-leche caliente que nos acompańa desde mediados de Octubre es su arma favorita para avasallarnos con la precuela de la Navidad. Sin preguntarnos si queremos jugar a este juego consumista antes de tiempo. Así, sin más.

A los que nos gustan las Navidades, nos quitan el placer de disfrutar de todo lo bueno de las fiestas cuando llegan: ¿O acaso saben igual los mantecados cuando llevamos dos meses comiéndolos?, ¿hace especial ilusión el turrón de chocolate si lo puedes comprar en Octubre?.  Para los que no les gustan, esta debe ser una nueva forma de tortura psicológica, anticipándoles en Octubre su particular pesadilla de cada ańo.

El Otońo, con su ambiente fresco, sus colores y sus placeres, queda relegado a su segundo plano para dejar paso a la estación más consumista y apabullante del ańo. Y mezclamos castańas con polvorones, setas con mazapanes y lotería de Navidad con disfraces de Halloween.

Todo junto, todo casi seguido. Síntoma de una sociedad cada vez más impaciente, que lo quiere todo Ya, sin colas ni esperas, Now, directo a casa, al móvil, a la tablet.

Yo, sin embargo, me niego a sentir como normal este NavidOńo impuesto. No dejemos que su prisa por vender nos quite nuestro mayor placer, que es disfrutar de cada momento cuando tenga que llegar.

Así, cuando lleguen las esperadas Navidades podrán ser eso, esperadas, y disfrutadas como debe ser, en pleno Invierno… ¿O eran en PrimaVerno?

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Etiquetadora.

Me han regalado una de esas máquinas para etiquetar, una manual con la que puedes seleccionar las letras de cada palabra para ir formando, con ellas, distintas etiquetas.

Ya, lo sé, no es un juego pero, según me han asegurado, en esta vida es casi imprescindible tener una cerca y saber usarla.  Saber cómo jugar con ella, me dicen. Tener y ser una buena etiquetadora.

Muchos, me atrevería a decir, la usan a diario e indistintamente con todo lo que encuentran a su alrededor. Gustan de buscar y encontrar la palabra definitiva que pondrá nombre a lo que ven o lo que sienten ante lo que tienen delante.

Se sorprenden cuando les digo que yo nunca tuve una. Que nunca me hizo falta utilizarla. Que no me divierte ser así, no es un juego para mi.

Pruébalo. Insisten. Todos lo hacemos y es necesario porque, si no juegas, si no etiquetas, ¿cómo puedes relacionarte con los demás?, ¿cómo puedes vivir tranquila?.

Prueba. Es fácil. Ya verás que llegará un momento en que lo harás de forma automática, casi sin darte cuenta.

Está bien. Lo intento. ¿Qué tengo que hacer?. Prueba con esa seńora, me dicen.

La miro. Me concentro. Está sentada en aquel banco a nuestra derecha. Quizás, me esfuerzo, podría ser que viva sola con ese perrito que lleva a su lado. Pienso. Es posible que pueda ser.. agarro mi etiquetadora y escribo poco convencida: “V-I-U-D-A”.

¡Qué sosa eres! – exclama uno de ellos. ¿No se te ha ocurrido que podría ser una “A-M-A-R-G-A-D-A?. Ríen fuerte su ocurrencia.

Pues no, les digo, no lo entiendo: ¿cómo podéis imaginar algo así solo con verla sentada con su perro?. Y puestos a pensar, ¿cómo sé yo que es viuda y no está casada?.

Bueno, es que es la primera vez. Cuantas más veces juegas mejor te sale, insisten. Venga, inténtalo otra vez: mira ese nińo jugando al balón. Míralo bien. ¿Qué le escribirías?.

Estoy mirando fijamente a un nińo de unos 6 ańos. Juega tranquilamente con un balón. Se para. Ahora está subiendo a un tobogán. Una, dos, tres bajadas. Se para y vuelve a coger el balón. Me esfuerzo por seguirles el juego y por aprender, al menos, las reglas del mismo. Convencida escribo: “F-E-L-I-Z”.

Oigo muchas risas a mi lado. Mira que ésta era bien fácil. Nosotros hace ya un rato que le hemos puesto “H-I-PE-R-A-C-T-I-V-O”, ¿es que no lo ves?.

Definitivamente no. Esto es ridículo, les digo mientras les doy mi etiquetadora. No me gusta este juego. No sitve para nada, mucho menos para conocer a los demás.

Jugando así solo nos quedarnos con una fachada de cada persona, eso sí. Nos permite no pensar demasiado y seguir tomando el sol en la superficie, a salvo de incómodas profundidades, eso también.

Pero no me digáis que sabré quién es el otro, que es muy divertido o que así funciona el mundo.

Uno de ellos coge mi etiquetadora. Se acerca y escribe: “S-O-S-A”. El otro, sonriendo, ańade otra palabra: “A-B-U-R-R-I-D-A”. El tercero, saca su propia etiquetadora, que lleva en el bolsillo con evidentes signos de desgaste e, inspirado, pone en mi frente: “D-I-S-T-I-N-T-A”.

Se ríen mientras se alejan. Ignoran que ese tipo de letras no suelen quedárseme pegadas a mi piel . Que hace tiempo que mi cuerpo sabe distinguir entre trivialidades y humanidades, entre juegos de nińos y jugadas inolvidables.

Se me caen las dos primeras etiquetas de forma casi espontánea, sin mayor esfuerzo. La última, “D-I-S-T-I-N-T-A”, tarda un poco más. Me gusta.

He decidido que no me la voy a quitar. De esa forma, cuando los demás no sepan qué etiqueta usar o jueguen a ponerme etiquetas sin apenas conocerme, solo yo sabré cuál es la razón de su desconcierto y desatino, de nuestros desencuentros en  valores y modos de jugar.

Seguiré dejando que cada cual respire a su ritmo y vista la ropa que más le guste, que no intentaré vestir a nadie de etiqueta y no la usaré de excusa cuando esté cansada y no me apetezca interactuar.

Y también se que hay un juego al que no volveré a jugar. No volveré a ser una etiquetadora.

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La Torre.

Empieza un nuevo día. Borrón. Cuenta nueva: mi Torre intacta, con todas sus piezas encajadas y organizadas. Sin fisuras, fuertes y bien ancladas.

Primer contratiempo, no arranca el coche. Siento como se me desprende lentamente una de las piezas de la base. No consigo situarla en lo más alto y adaptarme, no me lo esperaba y no he reaccionado bien. Primera pieza perdida.

Al llegar a la oficina, nos encargan bastante más trabajo del esperado para hacer en tiempo récord, otras dos piezas que se desprenden casi sin querer y solo de pensarlo. Me estoy visualizando a mi misma trabajando hasta tarde, sentada todo el día rodeada de papeles y empiezo a balancearme un poco.

Tranquila. Relativiza, que tampoco es para tanto, ya ha ocurrido más veces. No es nada que no pueda pasar en una partida diaria.

Consigo así, viéndolo en perspectiva, incluir las dos piezas perdidas en mi Torre, situándolas en lo más alto, en el nivel del aprendizaje. Vuelvo a estabilizarme.

A la comida, una llamada muy esperada que no parece llegar nunca. Me impaciento y preocupo a partes iguales. Igual ha pasado algo, a lo mejor se le olvidó. Quizás solo esté ocupado.

A cada pensamiento negativo que va surgiendo en mi mente, se van desplazando unos milímetros hacia fuera algunas piezas de la base: las que están menos sujetas, las de mis inseguridades y miedos, se separan con mayor facilidad.

La llamada llega un rato después. No pasaba nada, un móvil con poca batería. Me regaño a mi misma por haber dejado que un hecho tan insignificante casi me haga perder piezas valiosas de mi Torre.

En ese momento no me doy cuenta pero,  solo por enfadarme conmigo misma y regañarme así, se está moviendo una de las piezas más importantes: la de mi autoestima.

Salgo del trabajo. Voy a comprar. Vaya, parece que todo el mundo se haya puesto de acuerdo: atascos en la entrada, empujones, señoras que quieren colarse, más empujones, colas enormes para pagar.

Me entra la prisa. Quiero llegar a casa ya, descansar un poco. Creo que, a este paso, no llegaré nunca. Cómo se puede ser tan lento.

Es imposible. Me cuesta reconvertir todo el aluvión de pensamientos negativos en aprendizaje en la cima de mi Torre. Siento que voy a caer de un momento a otro.

Pierdo una pieza, dos, tres, cuatro. Voy a caer, seguro. Se desprende una pieza más y espero cinco segundos casi sin respirar a ver qué pasa.

No cae. Respiro. Me mantengo aún en pie, aunque por poco tiempo.

Tranquila. Si sigues así perderás el equilibrio y toda tu fortaleza cederá al estrés. Relájate. Así, muy bien. Tómalo con humor. Ríete. Eso. Sonríe aunque te sientas agobiada. Dale la vuelta. Así.

Descubro que el sentido del humor es un pegamento fuertísimo, capaz de unir todas las piezas caídas y anclarlas relativizando todo lo que se mueve en los cimientos. Una sonrisa en estos momentos ayuda a que se seque y compacte todo más rápido y se equilibren las piezas de golpe.

Bien. Ya está. Terminó la partida por hoy. Ahora toca dormir y dejar que el sueño vuelva más fuerte todas mis piezas para empezar, mañana, un nuevo día.

Borrón. Cuenta nueva. Mi Torre intacta y un nuevo aprendizaje incorporado: mi sentido del humor,  preparado para mantenerme fuerte y bien anclada. Empieza otra partida.

© Jugadora1.

 

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Resprisado.

He cogido un ResPrisado. Sí, el virus de la Prisa me ha vuelto a pillar desprevenida y confiada tras las vacaciones y me ha atacado nada más llegar Septiembre.

Y eso que este verano, nuevamente, me había creído inmune. Estar allí, acumulando horas de sol, playa y descanso consentido me habían hecho creer, erróneamente, que esta vez sería diferente, que no notaría apenas los síntomas.

Pero sí que los he sentido, vaya que sí.

Todo empezó con un leve hormigueo al volver a la calle del mercado para llenar el frigorífico de vuelta. En ese momento, aún, no notaba la prisa por ser atendida rápidamente, el virus de la inmediatez no había hecho acto de presencia y hasta me sentía fluir como entre las aún presentes olas entre empujones y gente intentando colarse.

Más tarde, cuando empecé a trabajar, los primeros días podía recordar fácilmente la Brisa del paseo marítimo con solo bajar la ventanilla del coche y poner música suave. Dos atascos más tarde, no escuchaba apenas nada, solo quería llegar Ya. El virus de la Prisa amenazaba con quedarse en el lugar donde había estado la B durante el último mes.

Pero el momento en que noté todos los síntomas definitivamente fue con el primer madrugón.

A pesar de haber acumulado tantos y tantos puntos extra de Paciencia y Sabiduría en Agosto con aquellos atardeceres junto al mar, relajantes paseos, buenas comidas y baños infinitos en el tiempo, notaba cómo iban bajando mis defensas a cada gesto: apagar la alarma, menos 5; esperar al autobús, menos 10; el primer vistazo a la agenda hasta final de año, menos 20.

Todos nos hemos ido contagiando casi sin querer este Resprisado y ahora, de forma casi inconsciente, ya llevamos el virus dentro. Con él, llegan las ganas por terminar, por entregar, llamar antes que nadie, ser los primeros en, prepararlo todo antes de..

Y eso que, los primeros días, pensé que se trataba de una pequeña reacción a la que yo creía que era mi vacuna definitiva: mis vacaciones. Que duraría solo unos días y pronto volvería a sentirme más segura, sabia y relajada.

Me imaginaba a mí misma portada y ejemplo de todo artículo de consejos para afrontar Septiembre con buena cara.

Fluiría por la vuelta a la rutina sin perder la serenidad y alegría, haciendo cada día lo que me gusta, feliz por reencontrarme con mi vida, con ganas de empezar colecciones de barcos, cuencos tibetanos, carros de combate en miniatura y libros sobre filosofía, aprender cocina, baile, a tocar un instrumento y volver al gimnasio.

Pero no. El mismo desayuno que tomaba en la playa, no sabe igual en mi cocina a punto de comenzar la jornada. La ropa que parecía feliz con la humedad, se resiste aquí a ser planchada y los hits del verano no quieren sonar en la radio del trayecto de vuelta a casa y, en su lugar, solo se oyen voces hablando de la vuelta al cole.

Es innegable. Estamos contagiados.

Estamos todos Resprisados en Septiembre y nadie ha encontrado, en sus vacaciones, una vacuna definitiva.

Conozco, no obstante, una forma de llevarlo bien: mantener la R. Si la B de la Brisa se va, aún nos queda la Risa para Relajarnos y Relativizar todo lo que nos preocupa. Si la P de la Prisa nos come tiempo y energías podemos Respirar profundamente, Recordar las muchas Razones que tenemos para ser felices y Recobrar así la energía e ilusión.

Que llegarán. Siempre lo hacen. Aunque para ello haya que pasar los primeros días de Septiembre un poco agobiado, un poco Resprisado.

© Jugadora1.

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Tragabolas.

Cuando yo era pequeña, jugábamos a un juego que consistía en cuatro hipopótamos cuyas enormes bocas se abrían para engullir más y más bolas al ritmo de una palanca que nosotros pulsábamos. Cuanto más rápido, más bolas tragaban, ganando aquel que comiera más.

A muchos adultos, en la actualidad, se les da realmente bien jugar: adelantando por la derecha o pegándose al coche de delante en el carril izquierdo para que se aparte; empujando y corriendo para sentarse en alguno de los (pocos) sitios libres en el metro o el bus; colándose en el comercio para que les atiendan antes, abriendo mucho la boca para insultar a quien le recrimine su actitud, etc.

Son muchas las ocasiones en que pueden demostrar su destreza jugando a este juego y pocas las ocasiones que demuestran más educación, respeto y solidaridad hacia los demás.

Les enseñaron, desde pequeños, que gana el que más se queja, el que más pide y el que más rápidamente consigue comerse la parte del pastel que queda en la mesa.

Aunque eso implique no mirar a los hipopótamos que nos rodean, echándole morro, enseñando los dientes y abriendo mucho la boca.

Y pasa que, a veces, uno se pregunta si no podríamos repartir las bolas de una forma más equitativa entre todos los jugadores, comiendo todos por igual, no dejando perder a nadie.

Pero la ilusión se desvanece rápido al poner un pie en la calle y comprobar cuántos Tragabolas profesionales existen a nuestro alrededor.

Y es así como, la mayoría de los jugadores, va comiendo lo que queda, lo que alcanzan a coger desde su posición, lo que les dejan.

Tragando aire, promesas, ilusiones y esperanzas. Tragando con lo que sea para poder sentarse a la mesa y participar del juego.

Mientras tanto, unos pocos privilegiados, estiran bien el cuello, miran a los demás por encima del hocico y consiguen comer y acumular más bolas a su paso. Nunca satisfechos, siempre deseosos de tener más y más a cada bocado.

Quizás, algún día, comprueben que ya no funcione la misma forma de hacer las cosas porque, simplemente, ya no haya jugadores dispuestos a jugar con ellos.

Quizás, ese día, las bolas se repartan y los tragabolas estén mal vistos.Estiraremos bien el cuello para ser más conscientes de todo lo que nos rodea, abriremos la boca solo para proponer soluciones, dialogar juntos y ponernos todos en marcha por un juego más justo y solidario.

Hasta ese día, cerraré bien la caja para que la tentación o necesidad de entrar en el juego no me alcance. Guardaré al hipopótamo que hay en mi y dejaré que la palanca de la inmediatez, el egoismo y la competitividad extrema se oxide junto con el resto del tablero.

Ya, nunca más, jugaré a ser un Tragabolas.

© Jugadora1.

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Tres en Raya.

A veces todo encaja, todo cuadra. Y sientes que viajas por la vida en linea recta, como siguiendo un camino trazado sin curvas ni atajos. Todo seguido, todas las piezas asentadas.

Entonces, pasa algo y se tambalea el tablero. La ficha del amor, quizás, que no ha aguantado más tiempo en esa posición y se ha alejado de tu lado, o la has tenido que mover porque no podías más, sacrificando el aparente triunfo de la partida por la superación personal en un feliz nuevo inicio.

Sigues adelante confiando que nuevamente llegará una ficha con la que construir un futuro en pareja. O no, porque uno puede abandonar la horizontalidad o verticalidad prevista y mover fichas en diagonal para construirse una nueva forma de seguir disfrutando de la partida.

Sucede que, otras veces, es la ficha del dinero y trabajo la que no encaja, la que no conseguimos centrar en línea recta. Y vamos dando bandazos, intentando encontrar o continuar nuestra vida profesional de la mejor forma posible.

Y seguimos buscando nuestro lugar con las otras dos fichas bien ancladas, haciendo de vital soporte para lanzarnos nuevamente al tablero y jugar con más fuerza.

En otras ocasiones, perdemos la ficha más importante, la que debe estar bien presente en el tablero en todo momento: nuestra salud.

A veces, solo se tambalea un poco antes de seguir en su sitio. Otras, se nos escapa y volvemos a reiniciar la partida, adquiriendo una nueva sabiduría: la de la importancia de las pequeñas cosas.

Y, es en ese momento, cuando ya no nos importa ganar o perder porque ya hemos ganado. Esa búsqueda incesante de conseguir poner las tres fichas en raya se diluye, se borra.

Bien colocada nuestra ficha de la salud, nos disponemos a disfrutar del placer de jugar por jugar, de seguir adelante.

A veces, nos sonríe la suerte en el amor. Otras, tenemos un trabajo que nos motiva e impulsa. Se mueven, se levantan y vuelven a asentarse: en vertical, horizontal o diagonal.

En alguna ocasión, incluso, se alinean las fichas, se juntan en una misma línea y todo encaja, todo cuadra.

Pero ya no nos deslumbra tanto, ya no sentimos viajar por un camino sin obstáculos porque sabemos bien que los habrá, que volverán a separarse y juntarse una y otra vez.

Ya no nos importa porque sabemos diferenciar lo que de verdad importa y solo queremos seguir disfrutando de cada partida con sus rectas, sus curvas y atajos y, por qué no, sus tres en raya.

© Jugadora1.

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Apalabrados.

Nos sentamos frente a frente. El sitio era pequeño. Las luces tenues, el ambiente agradable, la comida y bebida iba y venía. La partida estaba a punto de comenzar:

Empezaste fuerte apostando todas tus fichas por mostrarte tal y como tú eres,  de forma muy NATURAL: siete letras y una actitud que te hizo multiplicar tus puntos por dos.Yo contraataqué con mi SONRISA.

Con RESPETO y CONFIANZA, fuimos contándonos vivencias, experiencias y enlazando sobre el tablero las fichas de nuestro pasado.

Me relataste con INTELIGENCIA un honesto resumen de lo vivido en los últimos años y ganaste en ATRACTIVO con tu sinceridad y sentido del humor.

Moví rápidamente mis fichas y fui repasando mis GUSTOS para comprobar, así, que eran muchos los que teníamos en COMÚN.

Con el segundo plato, llegó el presente. A qué nos dedicábamos, cuáles eran nuestras rutinas y nuestro entorno.

Empecé a darme cuenta de que REIR era una pequeña palabra que por si sola no parecía sumar muchos puntos, hasta que reímos tanto y tan a menudo, que empezaste a hacerte IRRESISTIBLE con triple tanto de letra.

A cada palabra del otro, íbamos añadiendo distintas letras, completando así mutuamente el puzzle de nuestras vidas.

Para el postre, llegó lo mejor: te mostraste más SINCERO y seguiste ganando puntos contándome tus SUEÑOS e ilusiones para el futuro.

Yo cogí más fichas, te pedí COMPROMISO. Tú me retaste con tu FIDELIDAD. Largas e importantes palabras cuyo valor no podíamos medir en una sola partida, pero que ambos necesitábamos saber que formaban parte del juego.

A cada muestra de CARIÑO, doblabas tus puntos siendo un hombre de PALABRA, sabiendo leer entre LÍNEAS y escuchar con empatía todo lo que salía de mi emocionado DICCIONARIO a cada turno de palabra.

Nos habíamos dicho tantas cosas que quedaban pocas letras por añadir. Quizás algún comodín en blanco, algun silencio que saborear entre palabra y palabra.

Te quedaba tan solo una última letra por poner en la que era tu última baza: la Z de tu BELLEZA y los más de diez puntos que conseguirías utilizándola y teniendo, así, la última palabra. No lo hiciste y yo no me fijé siquiera en si la tenías o no.

Ya daba igual, ya no importaba nada. Ya estábamos demasiado APALABRADOS.

© Jugadora1.

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Más de 140.

Háblame. Cuéntame algo de tu vida.

Sinceramente, de dentro. No me Tuitees contándome solo lo más superficial, lo que crees que quiero saber.

Te escucho. Sé que no estás acostumbrado a tanta atención, que la mayor parte del tiempo no puedes, no te dejan o simplemente no hay tiempo para pasar de las 140 palabras.

A veces, incluso, no te dejan decir ni Tuit. Como cuando la consulta al móvil se hace más frecuente o cometes el error de bucear demasiado en las complejidades de tu vida y notas cómo la otra persona cambia rápidamente de Cuenta.

Debo volar cerca de la superficie, te recuerdas,  que estas pequeñas alas azules no alcanzan a volar muy lejos y, mucho menos, a bucear por las profundidades.

No temas. No Retuitearé las últimas actualizaciones de tu vida y no las verás convertidas en Trending Topic entre nuestras amistades.

No hace falta que vengas con tu mejor Perfil. No iré en busca de breves titulares que compartir.

Ya. Lo sé. Que este mundo no para, no escucha. Solo pulsa, escribe, comparte y vuelve a pulsar.

Sin apenas descanso, todos hablan casi al mismo tiempo de lo que saben y de lo que no. De sí mismos y, sobre todo, de los demás.

Y, así, entre nuestras obligaciones y nuestros propios titulares, las vertiginosas notificaciones por abrir y las actualizaciones por ver, dedicamos poco tiempo a lo que de verdad importa.

Apenas les permitimos ofrecernos más de 140 (caracteres, palabras, minutos..) y eso que pasamos una mitad pensando en nuestros 140 y, la otra, en los 140 de los demás.

Pero esta vez será diferente. Crearemos, a cada minuto, largos e inolvidables Hashtags. Sumaremos mis 140 y los tuyos y los multiplicaremos por el número de veces que nos sintamos realmente Enlazados en la conversación, que serán muchas.

Te mostraré mis 140 formas de ser y sentir, las múltiples respuestas de cada encuesta. Sin marcos ni marcas personales. Sin preguntarnos qué está pasando a cada momento.

No quiero que me Tuitees, quiero que me Tutées. Nos sentiremos Sostenidos, Ubicados y apoyados en nuestro vuelo: cada vez mayor, cada vez más lejos.

Más de 140 minutos pulsando lo más importante.

© Jugadora1.

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