Juegos Reunidos.

Sal. Levántate. Abre la caja de los juegos. En plural.

No es malo ver cómo juegan los demás sus vidas reales o ficticias a través de la pantalla. No si tú, a su vez, también estás jugando. No dejes que únicamente te lo cuenten o que tus posibilidades de jugar se reduzcan conforme crezcan tus miedos y se expandan a lo largo y ancho del sofá.

Mueve las piernas. Habla. Mira. Participa. Deja ese único juego (el que mejor se te da, el que más te gusta) y abre la caja de los Juegos Reunidos.

No temas. Todos los juegos parecen complicados hasta que se prueban. Hasta que conocemos bien las reglas del juego y las incorporamos a nuestro aprendizaje.

Cuantas más reglas del juego vayas conociendo, aprendiendo, más fácil será extrapolar lo aprendido a otros juegos de mayor complejidad o alcance. Y más disfrutarás del camino.

No dudes que perderás en la mayoría de ellos. El azar puede llevarte lejos por un instante, pero es el aprendizaje el que te hará volar siempre. Aprende de todas las derrotas y de las veces que sientas ganar la partida.

Y no cierres las puertas a lo desconocido: a aquel juego que crees que no es para ti, que no se te dará bien, aquel cuyas reglas no entiendes cuando lo pruebas al principio.

Da un paso más allá, porque merecerá la pena y descubrirás lo cerca que siempre estuviste de jugar tan bien como tú siempre quisiste.

Mucha gente te mirará raro si te sales de su juego o de lo que consideran que es el tuyo. No dudes de que no será fácil ni para ti ni para los que están acostumbrados a estar más pendientes de los juegos de los demás que de vivir el suyo propio.

Y si, habrá muchos juegos que no podrás jugar. Porque simplemente no estarán a tu alcance monetario, o porque la vida es un juego de tiempo finito. No lo olvides, esta es la regla más importante que aprenderás jugando cada día.

Por eso mismo, merece la pena intentarlo. Hacer la gymkana de los juegos en el tiempo de tu vida: probar todos los posibles, especialmente los que siempre soñaste con jugar. Ser el propio máster y actor principal de tu juego y no un extra esperando su turno viendo jugar a los demás sus juegos de tronos.

Agita los dados y muévete. Escucha. Siente. Aprende. Y disfruta!

© Jugadora1.

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Besito, besote, besazo.

Antes, nos dábamos un beso. Por carta o por teléfono, decíamos “un beso” y ahí iba algo de nosotros. Más que el empresarial y aséptico “saludo” o su alternativa pseudocariñosa “cordial saludo”.

Un beso era más que los “besos” sin número ni orden (¿a dónde los lanzamos, a la cara, al aire?) o los “miles de besos” juntos.

Equivalía a “un abrazo”. Beso y abrazo reservados a las personas con las que teníamos más confianza (o queríamos tenerla) y saludos para los desconocidos. Era fácil de diferenciar y utilizar.

Ahora somos todos desconocidos. O, al menos, así nos despedimos por teléfono o chateando: da igual si es tu madre, tu mejor amiga o la vecina de arriba. A todos, por igual, les dedicamos la versión corta de aquellos besos: un “besito”, y les plantamos el icono del beso con el corazón.

Más cursi, más ñoño e impersonal y, sin embargo, más aceptado para todos los públicos.

Si nos sentimos generosos, podemos mandar  “besazos”, “besos gordos” o besos “rechonchos”. O incluso, utilizando una vertiente similar al “saludo”, dar un “besote” o “abrazote”, que es lo más superficial que podemos dar sin dar.

Y nadie sabe cómo se sienten, cómo se dan, cómo son estos besos. Y, sin embargo, no dejamos de nombrarlos con casi todo el mundo a nuestro alrededor.

Deberíamos exigir esos besos cuando tenemos a la persona delante. Si queremos darle un besazo de verdad, dárselo. Si queremos recibirlos, esperarlos.

Pero es mucho más fácil mandar besos de mil tamaños y formas. Conjugando como si estuviéramos en latín las terminaciones de nuestras despedidas (ito, ote, azo..).

Y vamos perdiendo la capacidad de abrazar, de mirar a los ojos y dar los besos que mandamos de la forma que queramos a quienes queremos.De verdad. Sin pantallas, sin escudos, sin cursilería.

Pero eso no es tan fácil. Es mejor poner dos, tres, cuatro caritas dando besos y corazones que sentirlo y expresarlo.

Ni pequeños, ni grandes, ni lejos. De verdad. Con sentimiento.

Porque antes, nos dábamos Un Beso.

© Jugadora1.

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QuejaBú

Ayer me hablaron de un nuevo juego: el QuejaBú.

Es como el Tabú, me dijo, ese juego en el que tienes que describir o explicar una palabra al otro sin nombrarla y sin decir otras palabras relacionadas con ella.

Como el Tabú, pero Sin Quejas. Si, si, tienes que contar cómo ha transcurrido tu día sin poder expresar queja alguna. Las palabras prohibidas son muchas: no, imposible, mal, muy mal, fatal, vaya tela, de pena, una lástima, pésimo, etc.

Un juego muy difícil, pienso yo. Es el Tabú de los que están a otro nivel. El cinturón negro del Tabú.

Tú puedes, me comentó mi amigo, pruébalo y verás que es cuestión de practicar todos los días un poco. Enseñar a tu mente a ver los días de otra manera.

Imposible, pensé yo: el día está lleno de oportunidades para quejarse. El trabajo, la casa, las colas para cualquier cosa y los que se cuelan, los atascos, la falta de (dinero, sueño, tiempo..) y el exceso de (trabajo, fingir que estoy bien, sueño..), y así absolutamente todos los días.

Lo más difícil, me dijo, no será dejar de quejarse durante 24 horas al hablar: uno puede engañar cambiando el término (no está del todo mal, podría ser posible, ha ido relativamente bien..) y forzando, al mismo tiempo, un gesto de falsa tranquilidad e incluso una sonrisa bien ensayada.

No. Lo más complicado será no engañarte a ti mismo. Sin fingir. Domar la queja-resorte en nuestro discurso, pintar de colores el gris de nuestro malestar, e intentar viajar por nuestros pensamientos sin perder de vista nuestro objetivo, dándoles la vuelta sujetando el timón y abriendo bien los ojos a las tormentas de quejas que sobrevuelan nuestro viaje diario.

Imposible. No puedo tío. Además, no tengo tiempo, llego tarde al trabajo y hace un día horrible. Apenas he dormido y he desayunado poco y mal. Quizás mañana será un buen día para intentarlo, si, mañana mejor.

¿He dicho mañana?. No, mañana tengo mucho trabajo. Mejor quedamos el finde, y me enseñas cómo va esto de vivir sin quejas.

O mejor, tú déjame aquí el QuejaBú y ya iré intentándolo yo por mi cuenta algún día. Podría ser posible, si me dejas probarlo a mi aire, que se me diera relativamente bien en poco tiempo, ¿no crees?

© Jugadora1.

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La maldición del cinco.

Me gusta quedarme en casa. Se siente bien, es un refugio, un momento de calma en el que las caretas y los disfraces quedan guardados en los armarios y uno anda ensayando, aguardando o temiendo el siguiente paso, la siguiente casilla.

A veces, por más que uno quiera, no se consigue un cinco. Y nos quedamos anclados en esa espera, tirando los dados y confiando en que el azar nos libere de la rutina, la soledad o un desengaño.

Y vemos pasar la vida. La gente recorre sus casillas, se comen a besos o les engulle algún vaiven personal o profesional que les hace retroceder. Pero siguen tirando y siguen avanzando. Porque esa es la vida.

Un dos. Mañana volveré a intentarlo. Un cuatro. Estoy acercándome, presiento que ya falta poco para que me toque. Un ocho. Vaya, igual alguien venga y me preste un cinco.

Esconderse detrás del cinco no lleva a nada. Puedes quejarte de tu mala suerte, tus torpes dados, sentir que el cubilete en el que te mueves es demasiado estrecho, que pesa demasiado, que no tienes margen para maniobrar para sacar dos seises de golpe y avanzar más rápido.

Pero no valen las excusas. Se siente bien en casa, en mi refugio, pero voy a pasar de los dados, me comeré mi miedo a lo desconocido y contaré hasta veinte.

Porque no, no necesito ese cinco para contruir la vida que quiero.

© Jugadora1.

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Y tiro porque me toca.

Todo el mundo sabe o aprende pronto a jugar al juego de la Oca.

Sí, ese en el que sabes distinguir a las elegantes Ocas de patosos o los que gustan de hacer el ganso.

Y, cuando las ves venir, sabes que, si consigues acercarte mucho, tarde o temprano, eso te hará dar el salto a otra Oca mejor, más avanzada y, por supuesto, volverás a tirar los dados porque te toca.

Consiguiendo conocer o arrimarse bien a determinadas Ocas, puedes ir saltándote fácilmente todo tipo de casillas y jugadores ávidos de ganar la partida que estéis jugando.

Pero no creas que es tan fácil como pueda parecer: la mayoría de las Ocas son casi inalcanzables a menos de que te hayas criado cerca de ellas y conozcas bien cómo se mueven, como piensan, cómo abordarlas de forma que piensen que eres como ellas.

También puede pasar que los dados con los que naciste no alcancen nunca una casilla de la Oca por más empeño o fuerza que pongas, o que pases delante de ellas casi sin darte cuenta y sigáis cada uno su  camino.

Pero una cosa es clara: absolutamente todos los jugadores piensan que es a ellos a quienes les toca, aunque se encuentren a mucha distancia de conseguirlo, y todos lo intentarán de una forma más o menos visible.

Si no te gusta jugar a este juego no pasa nada. Sigue tu camino, confía en tus pasos, en tu esfuerzo avanzando casillas.

Piensa que, mejor que saltar Ocas, es estar preparado para aprovechar una buena Ocasión.

© Jugadora1.

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Animales de superficie.

Me gusta nadar en lo más profundo, adentrarme en reflexiones sobre la vida que me rodea, mi forma de enfrentarme a ella, conocer y poner a prueba mi fortaleza a través de las mareas y las olas que parecen insalvables.

A veces, encuentro compañeros de viaje. Nadamos juntos desentrañando el fondo de las cosas que nos preocupan y nos rodean. De esos viajes sale el alma iluminada y la mente fortalecida. Podemos estar así horas, admirando los colores de nuevas formas de ver el mundo, ocultos en la superficie.

Al salir, toca secarnos bien, limpiarnos las algas, la tierra pegada, y nos damos una ducha de realidad, listos para ponernos nuestra ropa de rutina, que irremediablemente nos queda más ajustada o más holgada según lo aprendido.

Nuestro viaje a las profundidades nos hace avanzar y reubicarnos en el mundo positivamente.

En la superficie, tomando el sol tranquilamente, está casi todo el mundo.

Animales de superficie que disfrutan del calor y la seguridad que el exterior les brinda. Se comunican con frases hechas, lugares comunes, sonrisas ensayadas, chatean banalidades y se despiden con sucedáneos de besos o abrazos auténticos porque no les gusta todo aquello que pueda hacerles moverse de su lugar en la arena.

Si se les invita a adentrarse un rato en el mar lo rechazan o te acompañan a mojarse los pies, a salvo de mareas o fuertes olas que pudieran confrontarlos con aquello que no quieren escuchar o sentir.

De noche, cuando nadie les ve, cogen su traje de neopreno e intentan desenredar la madeja de sus preocupaciones. Pero el traje pesa, el agua les incomoda y no tardan en ponerse la crema protectora y salir rápidamente a superficie para sentirse nuevamente a salvo.

Puedo mimetizarme con ellos, me pongo las gafas y tomamos el sol juntos, les mando abrazos y comentamos el tiempo mirando al infinito.

Pero, en cuanto puedo, vuelvo a bucear mirando a los ojos, escuchando lo que hay detrás de las palabras y disfrutando de un aprendizaje compartido.

Me gusta nadar en lo más profundo, ¿te animas?

© Jugadora1.

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Casilla de Salida.

Estas palabras las escribí a la vuelta de las vacaciones de Navidad pero podrían bien describir cualquier inicio de semana tras el domingo, el olor de Septiembre tras el verano, el comienzo de algo nuevo en el camino.

Es un instante que yo llamo Casilla de Salida. Esa sensación pegada a tu piel que se va desprendiendo poco a poco, casi siempre con pereza y melancolía por lo vivido, a sabiendas de que en breve cambiaremos de paisaje o comenzaremos una nueva etapa.

Vamos a salir de nuestra zona de confort y poner un pie en otra realidad que comienza ahí, en la casilla de salida. Bienvenido lunes, bienvenido otoño tras el verano, bienvenido 2016:

Bienvenido 2016. Sí, otra vez te lo digo. Llevo ocho días diciéndotelo pero no te vislumbraba con la nitidez que la certeza de empezar otro año me da ahora.

Parecías lejano en ese ir y venir de comidas y aperitivos fuera y dentro, esos bienintencionados y encendidos brindis, esas escapadas al cine, al teatro, a comprar regalos y felicitaciones en cualquier momento.

No te voy a mentir: me da pena que acabe. Todo. El tiempo en suspenso, el viento y el frío en la ventana, y ese descanso tan necesitado, esa paz. De ver a las personas que quieres a tu lado, con salud, disfrutando relajados de la misma calma que tú.

Dos semanas de pequeños excesos, de entrar voluntariamente en una realidad paralela llena de dulces, buenos deseos y días especiales.

Todo pasa, todo llega a un final, que no es final sino un ciclo porque aunque ahora parezca eterna, la siguiente navidad llegará en unos meses que pasarán igual de rápido que las fiestas, y volverás al 1 de Enero, a ese punto de término y principio en el que tu cuerpo solo pide darle a la pausa un poco más.

Se abrirá mañana la puerta, y nos daremos, esta vez sí, la bienvenida mirándonos a la cara mutuamente, frente a frente, sin maquillajes, ni roscones, ni pajes con regalos, sin mensajes en el móvil ni tarjetas navideñas en el salón. Solos tú y yo, 2016.

Porque cuando explote la burbuja y se abra por completo la puerta que te dejará entrar con la primera brisa de la mañana, prometo sonreírte y dejarme todos los deseos en el umbral del portal para salir fuera y ponerme en acción. Sin promesas efímeras de dietas y cursos, sin melancolía, sin apego a la comodidad. Saliendo de la zona de confort para poder conocerte bien y emprender juntos un viaje apasionante. Hasta las siguientes navidades. Hasta el año que viene.

Veo que esto que te digo te hace feliz. Y es que creo que ya eres y serás un muy Feliz Año Nuevo.

Bienvenido 2016“.

 

© Jugadora1.

 

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Vamos a jugar a un Juego.

 Se llama “Comparte tu vida”. Es muy emocionante. Tú me cuentas tu vida y yo lo leo. Bueno, no solo yo. También si quieres realmente jugar todos tus amigos, tu familia, tus compañeros de trabajo, los del jueves en alemán, los del tenis del domingo y tu vecina de abajo. Y todos sus amigos.

Pero no quiero abrumarte. Tranquilo. Empecemos solos tu y yo. Cuéntame algo, dime tu estado actual. No, no te escucho, pero puedo leer todas tus actualizaciones y decirte lo mucho que me gusta. No, no te lo digo en persona, pero tranquilo que te lo haré llegar de alguna manera, este juego es genial, puedo mandarte muchas caritas y dibujos para que veas cómo me gusta lo que dices.

Bueno, no te pongas así, que tampoco hace falta que me cuentes toda tu vida. Sabía que eso no te iba a gustar.

Solo una advertencia: jugar te ocupará mucho más tiempo del que tú crees. Ten cuidado con el tiempo que pasas jugando porque es adictivo. Sí, no me mires así. Créeme. Una vez que empieces, no sabrás vivir sin”Comparte tu vida”.

Es muy importante que sepas pararlo y guardar parte de tu tiempo para vivir la vida real, para recibir esos besos y abrazos que añoras, para contarme tus penas y alegrías y tomarnos un café juntos. Recuerda esto que te digo, pues una vez que entres pensarás que tú controlas el tiempo pero, en este juego, el tiempo te controla a ti.

Sí, ya lo sé. Que preferirías no ver esas fotos de playa en Cancún cuando tú llevas dos años sin vacaciones, y tu mujer que aún se está recuperando de un aborto preferiría no ver tanto bebé y niño haciendo monerías. Tranquilo, puedes elegir qué ver y qué no ver, puedes incluso no participar en el juego. Ignora las peticiones de tu familia y amigos para comenzar a jugar.

Eres libre. Pero recuerda, si no juegas, no existes. O casi.

Pero dejémonos de sermones, que te veo con ganas de empezar. Tú solo recuerda que cuantos más “Me gusta” y comentarios recibas, más puntos obtienes.

No olvides ir completando todas las casillas del juego comentando y publicando temas de todos los colores.

Eso, veo que lo has entendido. Añádeme. Así. Sube una foto. En esa estás muy bien, pareces un tipo atractivo, de éxito en todos los ámbitos y feliz. Es perfecta.

Mira, ya tienes 5 👍 y dos comentarios sobre tu moto y tus ojazos.

Bienvenido. Ya eres uno más. Me gusta!

© Jugadora1.

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