Historia de un L-Ego.

Había una vez una pieza de Lego felizmente ensamblada. Era una pieza pequeña, apenas un cuadrado en mitad de la estructura, una figura a tamaño real de un personaje de película expuesta en unos grandes almacenes. Se sentía parte de un todo mucho más grande que él y eso le gustaba.

Sin embargo, un día y por primera vez, empezó a cuestionarse su lugar en aquel Ecosistema del que formaba parte. Se dio cuenta de que la gente se paraba a admirar desde lejos toda la estructura en su totalidad, sin reparar siquiera en su presencia, inevitablemente camuflada entre el resto de piezas.

Nadie me mira a mi – pensó – nadie se fija en el valor que tengo. Yo soy mucho más que una simple pieza entre todas, yo me merezco una vitrina para mi sola, yo lo valgo.

A medida que esos pensamientos acudían a su cabeza, se dio cuenta cómo se le iba despegando poco a poco la L de su nombre, e iba quedándose más a solas con su Ego. Éste, sintiéndose por fin liberado de aquel Lazo que le unía a los demás, empezó a engordar y hacerse cada vez más voluminoso.

Aquel inicial pequeño Lego, había crecido tanto que ya no encajaba en su estructura y de forma natural acabó despegándose y cayendo al suelo. Ahora sí que estaba completamente solo.

Al principio, se sentía extraño. Pero pronto notó cómo empezaba a gustarle esa sensación de soledad. Ahora tendría más tiempo para si mismo, pensó, para pulir y dar brillo a cada esquina y saliente de su estructura y, especialmente, para que le admiraran como él se merecía.

– ¡Mirad cómo brillo! – exclamó mientras se hacía una foto y la mostraba al resto de piezas que le observaban entre incrédulas y asombradas -¡No seáis tontas, bajad y descubrir el mundo!

Al ver cómo brillaba y cómo parecía tan feliz, otros Legos le siguieron, despegándose de su L y separándose de los grupos a los cuales estaban unidos. Ahora los pequeños Egos disfrutaban de una nueva vida de autosuficiencia y, cuanto más tiempo pasaban lejos del grupo, más felices creían estar, habiéndose creado este nuevo Egosistema.

Empezaron, eso sí, a agruparse de dos en dos, de tres en tres y, de vez en cuando, formaban algún grupo de 20 o 30 piezas entre Legofamilias y Legoamigos. Los llamaron “los míos” y, dejaron de interesarse por el resto de piezas. De hecho, perdieron el interés por casi todo aquello que no fuera su propio estado, intentando ser la pieza que más brillaba y mostrárselo a los demás.

Encontraban absurdo que los demás siguieran construyendo cosas juntos. ¡Con lo bien que se estaba así, qué tontos eran!. Sin embargo y, aunque por primera vez se sentían libres y diferentes a los demás, siempre andaban disconformes con lo que tenían: las piezas pequeñas anhelaban ser más grandes, las grandes adoraban a las pequeñas, las rectangulares querían ser cuadradas porque encajaban más en cualquier ambiente y las cuadradas admiraban la elegancia y delgadez de las alargadas de cuatro salientes.

Como ningún pequeño Ego quería unirse a otros y construir juntos, llegó el momento en que los cimientos de la vida tal y como la habían conocido comenzaron a tambalearse: dejaron de construirse puentes y carreteras, las casas contaban con serias grietas y los edificios parecía que iban a caer de un momento a otro.

Poco a poco dejaron de aprender a construir nuevas estructuras, perdieron la motivación y el entusiasmo que antes les generaba ayudar a las piezas más débiles a unirse a las demás y formar entre todas sólidas figuras donde todas las piezas eran importantes.

Ante esto los Egos más fuertes y más grandes se unieron entre sí y formaron enormes rascacielos brillantes desde los cuales el resto de piezas parecían ser aún más pequeñas y lejanas. Desde aquellos sólidos rascacielos observaban el mundo y dictaban al resto de pequeños Egos cómo debían actuar para llegar tan alto como ellos. Cualquier cosa que hicieran o dijeran, rápidamente se ponía de moda y todos los Egos les imitaban felices de autoadmirarse y recibir la admiración de los “suyos”.

Pero, al volver a casa después de un día de brillo y apariencia, las grietas seguían estando ahí. No había brillo que ocultara la falta de motivación que sentían más allá de su apariencia. Incluso estando con las piezas más cercanas a ellos, se notaban a menudo distantes, mirándose en las pantallas de sus móviles y en los espejos de la aprobación de los demás.

¿Qué estaba sucediendo?, ¿por qué no se sentían felices ahora que aparentemente tenían más Libertad?.

Un Lego que permanecía felizmente unido a los pocos Legos que aún conservaban la motivación por estar juntos, viendo todo aquello, bajó al suelo y reunió todas aquellas letras L que habían sido despegadas y abandonadas.

Las recogió una a una y las guardó en un cofre. Después, se subió encima de una de las pocas estructuras que aún quedaban en pie y les dijo a sus compañeros:

– Compañeros, he guardado todas vuestras L para devolvéroslas y, con ellas, devolveros la esperanza y la alegría que sé que añoráis -. Todos le miraron y negaron necesitarlas.

– ¡Ya no las necesitamos! – exclamaron algunos – ¡Ahora somos mucho más Libres!.

– Está bien – les dijo – he pulido y he dado brillo a las L que os faltan, sin duda vais a brillar mucho más con esta nueva L- versión esta temporada. Pensároslo bien (notó señales de aprobación, curiosidad y ansiedad por conseguirla). Pero como habéis EnGOrdado tanto estos meses, ya no os van a servir. Solo la podrá conseguir aquellas piezas que consigan adelgazar lo suficiente y, para ello, ya sabéis lo que tenéis que hacer…

Una exclamación de sorpresa y desilusión se escuchó por todas partes. Claro que sabían lo que tenían que hacer: construir juntos. Trabajar. Ayudar a las piezas pequeñas. En definitiva, moverse, actuar y unirse a los demás. Todo lo que habían dejado de hacer para dedicar más tiempo a contemplarse.

– ¡No tenemos tiempo! – exclamó una pieza enorme que vivía en lo más alto.

– Bueno – insistió el Lego – aquel que quiere algo, ha de moverse para conseguirlo y buscar tiempo para ello. Hay mucho por hacer y por construir juntos, y solo podemos hacerlo permaneciendo unidos.

La codicia por conseguir aquella nueva versión de L-Ego les sedujo tanto que, cegados por un nuevo brillo, comenzaron a trabajar de nuevo juntos: subían piezas, bajaban, ayudaban a las más pequeñas, estudiaban la forma de encajar unas con otras y ser un todo completo.

A medida que iban volviendo a construir, más ideas iban teniendo acerca de aumentar la seguridad de las estructuras, la originalidad de las figuras, nuevas formas de hacer, nuevos caminos y, siempre, juntos. Con cada ayuda, cada paso y cada acción, iban perdiendo algún kilo acumulado y el Ego se iba haciendo cada vez más pequeño. Volviendo a su forma originaria, ya podían recuperar aquella L perdida.

Y así hicieron. Tal y como el Lego les prometió, fueron recuperando su L y sintiéndose, nuevamente, felices de construir y hacer cosas por los demás. De ser parte de un todo.

Y ese fue su Legado: no olvidar nunca que incluso las torres más altas y las estructuras más fuertes y asombrosas están formadas por pequeńas piezas unidas con un mismo fin.

Recordar siempre que Juntos somos más grandes y llegamos más Lejos si dejamos a un lado nuestro Ego y recuperamos la auténtica Libertad que no viene de él sino de elegir permanecer Ligados al mundo que nos rodea.
© Jugadora1


(Escultura de Legos hecha por Nathan Sawaya “The art of the brick”)

 

Safe Creative #1607220241559

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