Twister.

Mano Izquierda a Rojo.  

La Rueda de la vida ha girado y, con ella, nos movemos por el tablero de nuestros días: de un color a otro, de una actividad a otra, un vídeo, un mensaje, una foto, una noticia, de un proyecto a una clase, de un trayecto a una espera y vuelta a comenzar, la rueda gira y gira sin parar.

Manos Derecha e Izquierda al Amarillo.

Todo el mundo se queja de que siempre le toca caer en el color que no les gusta. Piensan que su vida sería diferente si la Rueda les hubiera dejado caer de otra forma, en otro color y con otra mano.

Yo no puedo quejarme. Levantando la vista del tablero propio, es fácil ver que no todo el mundo está jugando. Algunos, ni siquiera pueden intentarlo. Nacieron en un lugar en el que solo pueden mirar cómo los demás jugamos y nos quejamos de cada giro inesperado en nuestras acomodadas rutinas.

Ellos, desde lejos, nos miran jugar, viajan durante horas buscando un hueco en nuestro tablero e imitan nuestros movimientos, pero sus pies y manos no alcanzan. No hay Rueda en el mundo que pueda cambiar eso de un día para otro.

Los jugadores, concentrados en salvaguardar su equilibrio en el juego,  no levantan la mirada de sus propios pies.

Algunos, incluso, tienen enormes Ruedas con más opciones que los jugadores medios: movimientos más sofisticados, posibilidad de saltos para cambiar de posición sin caer, tableros más espaciados, colores de todo tipo y ningún movimiento en sus redactadas por ellos instrucciones de juego con el que pueda haber un peligro real de caer.  Siempre arriba. Siempre bien sujetos.

No les importan los demás, casi mejor si caen y no se consiguen levantar porque eso implicaría mayor riqueza  y amplitud de movimientos en su ya de por si enorme tablero.

Pie Derecho al Azul.

La cosa se complica. Mi rueda ha girado y yo con ella nuevamente: la casa, el trabajo, la rutina, la familia, la compra, las facturas…

Me esfuerzo por anclar bien, primero, los pies. Están algo separados pero he conseguido una estabilidad importante.

Inclinándome poco a poco, voy bajando las manos con cuidado. Como todo el mundo está jugando al mismo tiempo y los círculos de colores son escasos en este tablero medio, intento adaptarme a mi alrededor y a mi situación.

Una mano. Otra. Estoy bien sujeta y, desde esa posición, soy consciente de que yo puedo manejar sin problemas los giros de mi Rueda diaria.

Veo que a algunas personas les cuesta mantener el equilibrio y les alcanzo la mano que tengo en el círculo rojo. Todo el mundo me mira como si acabara de perder el juicio: si ya es difícil con cuatro sujeciones, cómo he podido pensar que podía ser buena idea desprenderse de una situación cómoda y estable para ayudar a otra persona.

Descubro que, no solo puedo seguir jugando con el resto del cuerpo estable, sino que me produce una alegría inmensa ver cómo se levantan esas personas con mi ayuda y tienen la oportunidad de seguir jugando e intentar hacerlo cada vez mejor. Soy feliz.

Mano Izquierda al Rojo.

Gira mi rueda nuevamente. No me importa.

Aunque a veces me caiga, aunque a veces crea perder el equilibrio, venga un tornado que cambie mis círculos de lugar y me obligue a realizar giros inesperados.

Estaré preparada y atenta, porque la vida es eso: girar, moverse, ayudar a los demás, caer y volverse a levantar.

Rojo, azul, amarillo, verde, manos, pies, brazos, piernas, cabeza y corazón listos para seguir avanzando a través del tornado, para seguir jugando este apasionante juego.

© Jugadora1

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Historia de un L-Ego.

Había una vez una pieza de Lego felizmente ensamblada. Era una pieza pequeña, apenas un cuadrado en mitad de la estructura, una figura a tamaño real de un personaje de película expuesta en unos grandes almacenes. Se sentía parte de un todo mucho más grande que él y eso le gustaba.

Sin embargo, un día y por primera vez, empezó a cuestionarse su lugar en aquel Ecosistema del que formaba parte. Se dio cuenta de que la gente se paraba a admirar desde lejos toda la estructura en su totalidad, sin reparar siquiera en su presencia, inevitablemente camuflada entre el resto de piezas.

Nadie me mira a mi – pensó – nadie se fija en el valor que tengo. Yo soy mucho más que una simple pieza entre todas, yo me merezco una vitrina para mi sola, yo lo valgo.

A medida que esos pensamientos acudían a su cabeza, se dio cuenta cómo se le iba despegando poco a poco la L de su nombre, e iba quedándose más a solas con su Ego. Éste, sintiéndose por fin liberado de aquel Lazo que le unía a los demás, empezó a engordar y hacerse cada vez más voluminoso.

Aquel inicial pequeño Lego, había crecido tanto que ya no encajaba en su estructura y de forma natural acabó despegándose y cayendo al suelo. Ahora sí que estaba completamente solo.

Al principio, se sentía extraño. Pero pronto notó cómo empezaba a gustarle esa sensación de soledad. Ahora tendría más tiempo para si mismo, pensó, para pulir y dar brillo a cada esquina y saliente de su estructura y, especialmente, para que le admiraran como él se merecía.

– ¡Mirad cómo brillo! – exclamó mientras se hacía una foto y la mostraba al resto de piezas que le observaban entre incrédulas y asombradas -¡No seáis tontas, bajad y descubrir el mundo!

Al ver cómo brillaba y cómo parecía tan feliz, otros Legos le siguieron, despegándose de su L y separándose de los grupos a los cuales estaban unidos. Ahora los pequeños Egos disfrutaban de una nueva vida de autosuficiencia y, cuanto más tiempo pasaban lejos del grupo, más felices creían estar, habiéndose creado este nuevo Egosistema.

Empezaron, eso sí, a agruparse de dos en dos, de tres en tres y, de vez en cuando, formaban algún grupo de 20 o 30 piezas entre Legofamilias y Legoamigos. Los llamaron “los míos” y, dejaron de interesarse por el resto de piezas. De hecho, perdieron el interés por casi todo aquello que no fuera su propio estado, intentando ser la pieza que más brillaba y mostrárselo a los demás.

Encontraban absurdo que los demás siguieran construyendo cosas juntos. ¡Con lo bien que se estaba así, qué tontos eran!. Sin embargo y, aunque por primera vez se sentían libres y diferentes a los demás, siempre andaban disconformes con lo que tenían: las piezas pequeñas anhelaban ser más grandes, las grandes adoraban a las pequeñas, las rectangulares querían ser cuadradas porque encajaban más en cualquier ambiente y las cuadradas admiraban la elegancia y delgadez de las alargadas de cuatro salientes.

Como ningún pequeño Ego quería unirse a otros y construir juntos, llegó el momento en que los cimientos de la vida tal y como la habían conocido comenzaron a tambalearse: dejaron de construirse puentes y carreteras, las casas contaban con serias grietas y los edificios parecía que iban a caer de un momento a otro.

Poco a poco dejaron de aprender a construir nuevas estructuras, perdieron la motivación y el entusiasmo que antes les generaba ayudar a las piezas más débiles a unirse a las demás y formar entre todas sólidas figuras donde todas las piezas eran importantes.

Ante esto los Egos más fuertes y más grandes se unieron entre sí y formaron enormes rascacielos brillantes desde los cuales el resto de piezas parecían ser aún más pequeñas y lejanas. Desde aquellos sólidos rascacielos observaban el mundo y dictaban al resto de pequeños Egos cómo debían actuar para llegar tan alto como ellos. Cualquier cosa que hicieran o dijeran, rápidamente se ponía de moda y todos los Egos les imitaban felices de autoadmirarse y recibir la admiración de los “suyos”.

Pero, al volver a casa después de un día de brillo y apariencia, las grietas seguían estando ahí. No había brillo que ocultara la falta de motivación que sentían más allá de su apariencia. Incluso estando con las piezas más cercanas a ellos, se notaban a menudo distantes, mirándose en las pantallas de sus móviles y en los espejos de la aprobación de los demás.

¿Qué estaba sucediendo?, ¿por qué no se sentían felices ahora que aparentemente tenían más Libertad?.

Un Lego que permanecía felizmente unido a los pocos Legos que aún conservaban la motivación por estar juntos, viendo todo aquello, bajó al suelo y reunió todas aquellas letras L que habían sido despegadas y abandonadas.

Las recogió una a una y las guardó en un cofre. Después, se subió encima de una de las pocas estructuras que aún quedaban en pie y les dijo a sus compañeros:

– Compañeros, he guardado todas vuestras L para devolvéroslas y, con ellas, devolveros la esperanza y la alegría que sé que añoráis -. Todos le miraron y negaron necesitarlas.

– ¡Ya no las necesitamos! – exclamaron algunos – ¡Ahora somos mucho más Libres!.

– Está bien – les dijo – he pulido y he dado brillo a las L que os faltan, sin duda vais a brillar mucho más con esta nueva L- versión esta temporada. Pensároslo bien (notó señales de aprobación, curiosidad y ansiedad por conseguirla). Pero como habéis EnGOrdado tanto estos meses, ya no os van a servir. Solo la podrá conseguir aquellas piezas que consigan adelgazar lo suficiente y, para ello, ya sabéis lo que tenéis que hacer…

Una exclamación de sorpresa y desilusión se escuchó por todas partes. Claro que sabían lo que tenían que hacer: construir juntos. Trabajar. Ayudar a las piezas pequeñas. En definitiva, moverse, actuar y unirse a los demás. Todo lo que habían dejado de hacer para dedicar más tiempo a contemplarse.

– ¡No tenemos tiempo! – exclamó una pieza enorme que vivía en lo más alto.

– Bueno – insistió el Lego – aquel que quiere algo, ha de moverse para conseguirlo y buscar tiempo para ello. Hay mucho por hacer y por construir juntos, y solo podemos hacerlo permaneciendo unidos.

La codicia por conseguir aquella nueva versión de L-Ego les sedujo tanto que, cegados por un nuevo brillo, comenzaron a trabajar de nuevo juntos: subían piezas, bajaban, ayudaban a las más pequeñas, estudiaban la forma de encajar unas con otras y ser un todo completo.

A medida que iban volviendo a construir, más ideas iban teniendo acerca de aumentar la seguridad de las estructuras, la originalidad de las figuras, nuevas formas de hacer, nuevos caminos y, siempre, juntos. Con cada ayuda, cada paso y cada acción, iban perdiendo algún kilo acumulado y el Ego se iba haciendo cada vez más pequeño. Volviendo a su forma originaria, ya podían recuperar aquella L perdida.

Y así hicieron. Tal y como el Lego les prometió, fueron recuperando su L y sintiéndose, nuevamente, felices de construir y hacer cosas por los demás. De ser parte de un todo.

Y ese fue su Legado: no olvidar nunca que incluso las torres más altas y las estructuras más fuertes y asombrosas están formadas por pequeńas piezas unidas con un mismo fin.

Recordar siempre que Juntos somos más grandes y llegamos más Lejos si dejamos a un lado nuestro Ego y recuperamos la auténtica Libertad que no viene de él sino de elegir permanecer Ligados al mundo que nos rodea.
© Jugadora1


(Escultura de Legos hecha por Nathan Sawaya “The art of the brick”)

 

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Pinceladas.

Nos conocimos. Un día de un ańo cualquiera. Hablamos. Compartimos inquietudes, deseos, nuestra historia, nuestros miedos.

A veces nos costaba dejar de hablar. Otras, de abrazarnos. Siempre compartiendo un mismo carińo y una misma forma de pintar el mundo a nuestro paso.

Nos ayudamos. A ver la vida desde otro lugar, a vernos en el reflejo de otros espejos. Sonreimos mucho. Nos enfadamos algunas veces, nos reímos muchas más.

Brillaba el cielo por encima de nuestros pies, compartiendo sin saberlo un espacio y tiempo que quedaría anclado para siempre en el lienzo infinito de la vida por llegar.

Mantuvimos el alma encendida con el brillo de esa misma forma de ver más allá de lo que uno ve o cree que puede encontrar.

Esas pinceladas tan nuestras de colores intensos y trazo entusiasta que vestían nuestros sueńos siguen, hoy, flotando en el aire.

Comparten espacio con nuestra vida cotidiana, con el círculo de la rutina que nunca para, nunca se detiene, que siempre tiene prisa.

Sin embargo, a veces, algo la hace detener (un recuerdo ligado a una foto, una canción, una celebración..) y respiramos profundamente para volver a ese instante compartido con un hermano, unos padres, mi amigo, mi amiga, un compańero, aquella sonrisa..

Es en ese silencio y esa calma donde los colores, ocultos tras varias capas de apresuradas tareas, plazos, proyectos, pensamientos y preocupaciones, se restauran trazo a trazo, haciéndose nuevamente visibles a nuestros ojos.

Y entran en nuestro corazón con la misma intensidad con la que un día salieron. No importa si fueron colores mezclados en un enorme lienzo, o fueron fugaces cuadros impresionistas de juventud o aquellos primeros garabatos de nuestra infancia que guardamos con cariño.

No importa la edad ni la fecha en que los hicimos: si fueron auténticos, si los sentimos como nuestros, permanecerán siempre ahí, como un regalo intemporal en un lugar privilegiado de nuestra memoria.

Es por eso que, cuando volvemos a encontrarnos con aquellas personas con las que compartimos aquellas pinceladas, sentimos que no ha pasado el tiempo.

Tan solo es necesario aflojar el paso unos instantes, abrir la caja de pinturas y volver a coger aquellos pinceles olvidados al fondo de nuestras ocupaciones.

Conseguiremos, de esta forma, volver a pintar juntos en el aire por unas horas. Se sumarán nuevas experiencias vividas que ańadirán otros matices, otro brillos y formas de ver la vida.

Y volveremos a compartir el mundo que nos rodea, iluminando nuestros días con nuevas pinceladas flotando en el aire, renovándose a cada nueva cita, a cada mirada y abrazo, pintando un cielo de colores infinitos sobre nuestras rutinas.

© Jugadora1

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