ClueDormida.

La otra noche, en mi casa, se cometió un crimen. Por la mañana, al despertar, no encontré por ninguna parte las ganas de levantarme. Me sentía agotada y una poderosa sensación de incapacidad y melancolía me dominaba.

No quedaba ninguna duda: habían asesinado mi autoestima y, con ella, mi energía y positividad.

¿Qué había podido pasar?. No lo sabía, pero estaba dispuesta a buscar pista a pista y rincón a rincón hasta desenmascarar al culpable de aquel crimen.

Intenté recordar, mientras me levantaba, lo que había hecho el día anterior: trabajo, compras, cocinar.. a simple vista,  parecía un día normal.

Algo se me escapaba. Recorrí despacio el pasillo y llegué a la cocina en busca de alguna pista. Allí encontré mi primer sospechoso y el arma homicida: una carta del Banco. Un recordatorio del pago de un impuesto. Era sangrante. Y se ańadía a otras cantidades mensuales ineludibles, pero no me pareció un único móvil para un asesinato.

Seguí arrastrándome por el resto de habitaciones, obviando las seńales de mi cuerpo que me pedían desaparecer del mundo en la oscuridad y seguridad de mi cama.

Llegué hasta el despacho y, encima de la mesa, hallé una carpeta abultada con mucho trabajo acumulado dentro.

Recordé la frenética semana de entregas y pedidos, sin duda debí haberla traído el día anterior. El sospechoso estaba claro, el arma lo tenía delante mio y, sin embargo, algo no cuadraba. Ya había tenido que trabajar mucho otros fines de semana antes y no había supuesto mayor problema para mi.

Así que me dirigí al salón y, justamente al entrar, recordé una discusión por teléfono poco antes de dormir: un malentendido en un chat había dado lugar a una cadena de reproches sin sentido que parecían no tener fin en aquel laberinto de emoticonos y dobles azules. Tenía un sospechoso y un arma, pero seguía sin parecer lo suficientemente desarmante como para dejarme en este estado.

No lo entendía. Me senté a recopilar todas las pistas que había acumulado: la carta en la cocina, los papeles del despacho, el móvil del salón.. y, en ese momento, escuché una voz que me resultaba familiar.

Sonaba desagradable y repetía todo el tiempo las mismas frases: “no sirves para nada”, “eres un desastre”, “no te va a dar tiempo”, “mírate, mejor te vuelves a la cama”, “no le importas a nadie”, etc.

Parecía no tener fin, repitiendo una y otra vez los mismos reproches en bucle. ¿De dónde venía aquella voz? Fuera quien fuera estaba claro que había encontrado a mi asesino.

Lo busqué en la habitación, volví a la cocina, subí al trastero y me asomé en vano a la terraza. No parecía haber nadie más que yo en casa.

Y entonces me di cuenta. La escuché junto a mi oreja, noté cómo calaba hondo en mi corazón e iba invadiendo todo mi cuerpo: aquella voz estaba dentro de mi, de mis pensamientos. Yo era la sospechosa e involuntaria culpable de todo lo ocurrido.

Pero no, no iba a dejar que aquella voz me dominara y, mucho menos, que me anulara bajo esa cálida trampa entre las mantas.

Me di una ducha, desayuné y bajé al banco a arreglar mis cuentas. Al subir, abrí aquella amenazadora carpeta y me puse a ello. Sin excusas. Trabajo y más trabajo. Hasta terminarlo.

Después, llamé por teléfono y, sin emoticonos ni corazas, deshice la madeja del malentendido. Tras tanto nudo deshecho, volvimos a vernos con el corazón.

Aquella voz, de vez en cuando, seguía hablándome, intentando boicotearme. Pero cuanto más me movía, más lejos parecía estar.

Y supe que nunca más volvería a cometer otro de sus crímenes. Porque había abierto los ojos y vivía activa y despierta .

Ya nunca más volvería a estar ClueDormida.

© Jugadora1.

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Pescamisar. 

Si hay un juego que a casi nadie gusta jugar ese es el juego de la pesca de camisas o, dicho de otro modo: Pescamisar.

Pescamisar es un juego aparentemente sencillo pero que requiere de mucha paciencia. Porque las camisas, por más que la etiqueta advierta de su fácil planchado, nunca nunca nos lo ponen fácil. Siempre son un reto a nuestra capacidad de resistir sin perder los nervios.

Al igual que los peces, no tienen apenas memoria, no recuerdan bien haber sido planchadas por lo que, para pescar una, se necesita insistir una y otra vez hasta doblegar su natural resistencia al calor y la suavidad.

Les gusta moverse, agacharse cuando crees que la tienes sujeta, caerse, retorcerse y doblarse de mil formas posibles para ir mostrando nuevas e insospechadas arrugas a cada segundo.

Sabedoras de que, la mayoría de nosotros, no tenemos tiempo ni ganas de jugar con ellas, disfrutan haciéndonos desesperar, en su calendario tiene seńalados los domingos por la tarde como mejor momento de la semana.

Porque Pescamisar requiere, como en la vida real, de una actitud positivamente abierta a lo que surja: si el camino no es tan listo como imaginábamos, si no cede fácilmente, dejemos pues ver a dónde nos llevan las bifurcaciones.

Si sentimos que el tiempo apremia y queremos terminar pronto aquellas tareas que menos nos agradan, abramos bien los ojos, respiremos profundamente y permitámonos que cada nueva arruga nos enseńe algo de nosotros mismos que desconocíamos.

Porque igual que en la pesca, las prisas no son buenas, y un mayor impulso o gesto apresurado puede crear una nueva arruga donde ya había camino andado.

Cambiando la forma de ver las cosas podemos cambiarlo todo, incluso este desesperante juego de Pesca puede convertirse en nuestro momento de “Mindfullness” favorito.

Escuchando el sonido del vapor saliendo tras cada pasada, sintiendo la poderosa sensación de ser tú quien va trazando su propio destino, despacio, sin prisa, insistiendo sin dejarse vencer, alisando con una mano, abriendo camino con la otra, fortaleciendote con constancia y paciencia para llegar, por fin, a la recompensa: haber pescado un gran ejemplar de camisa, esa que se escapa y retuerce con solo mirarla.

Después, la llevarás contigo. Tu fortaleza quedará unida a tu nueva piel. Y quedará colgada en tu percha de nuevos aprendizajes.

Y es cierto, vendrán más momentos difíciles, más camisas que parecen imposibles de dominar. Incluso las que ya lo estaban, dejarán de estarlo y volverás al principio, a intentarlo nuevamente.

No pasa nada. Respira. No dejes que otros jueguen por ti porque parezca aburrido o difícil. Disfruta de cada pliegue, del tacto y olor de cada momento vivido mientras lo intentas. Y de lo que cada arruga te va enseńando.

No lo dudes. Aunque a nadie parezca gustarle, aunque no nos lo pongan fácil. No dejes nunca de Pescamisar cada día nuevas oportunidades y sueńos por cumplir.

© Jugadora1.

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