Tragabolas.

Cuando yo era pequeña, jugábamos a un juego que consistía en cuatro hipopótamos cuyas enormes bocas se abrían para engullir más y más bolas al ritmo de una palanca que nosotros pulsábamos. Cuanto más rápido, más bolas tragaban, ganando aquel que comiera más.

A muchos adultos, en la actualidad, se les da realmente bien jugar: adelantando por la derecha o pegándose al coche de delante en el carril izquierdo para que se aparte; empujando y corriendo para sentarse en alguno de los (pocos) sitios libres en el metro o el bus; colándose en el comercio para que les atiendan antes, abriendo mucho la boca para insultar a quien le recrimine su actitud, etc.

Son muchas las ocasiones en que pueden demostrar su destreza jugando a este juego y pocas las ocasiones que demuestran más educación, respeto y solidaridad hacia los demás.

Les enseñaron, desde pequeños, que gana el que más se queja, el que más pide y el que más rápidamente consigue comerse la parte del pastel que queda en la mesa.

Aunque eso implique no mirar a los hipopótamos que nos rodean, echándole morro, enseñando los dientes y abriendo mucho la boca.

Y pasa que, a veces, uno se pregunta si no podríamos repartir las bolas de una forma más equitativa entre todos los jugadores, comiendo todos por igual, no dejando perder a nadie.

Pero la ilusión se desvanece rápido al poner un pie en la calle y comprobar cuántos Tragabolas profesionales existen a nuestro alrededor.

Y es así como, la mayoría de los jugadores, va comiendo lo que queda, lo que alcanzan a coger desde su posición, lo que les dejan.

Tragando aire, promesas, ilusiones y esperanzas. Tragando con lo que sea para poder sentarse a la mesa y participar del juego.

Mientras tanto, unos pocos privilegiados, estiran bien el cuello, miran a los demás por encima del hocico y consiguen comer y acumular más bolas a su paso. Nunca satisfechos, siempre deseosos de tener más y más a cada bocado.

Quizás, algún día, comprueben que ya no funcione la misma forma de hacer las cosas porque, simplemente, ya no haya jugadores dispuestos a jugar con ellos.

Quizás, ese día, las bolas se repartan y los tragabolas estén mal vistos.Estiraremos bien el cuello para ser más conscientes de todo lo que nos rodea, abriremos la boca solo para proponer soluciones, dialogar juntos y ponernos todos en marcha por un juego más justo y solidario.

Hasta ese día, cerraré bien la caja para que la tentación o necesidad de entrar en el juego no me alcance. Guardaré al hipopótamo que hay en mi y dejaré que la palanca de la inmediatez, el egoismo y la competitividad extrema se oxide junto con el resto del tablero.

Ya, nunca más, jugaré a ser un Tragabolas.

© Jugadora1.

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Tres en Raya.

A veces todo encaja, todo cuadra. Y sientes que viajas por la vida en linea recta, como siguiendo un camino trazado sin curvas ni atajos. Todo seguido, todas las piezas asentadas.

Entonces, pasa algo y se tambalea el tablero. La ficha del amor, quizás, que no ha aguantado más tiempo en esa posición y se ha alejado de tu lado, o la has tenido que mover porque no podías más, sacrificando el aparente triunfo de la partida por la superación personal en un feliz nuevo inicio.

Sigues adelante confiando que nuevamente llegará una ficha con la que construir un futuro en pareja. O no, porque uno puede abandonar la horizontalidad o verticalidad prevista y mover fichas en diagonal para construirse una nueva forma de seguir disfrutando de la partida.

Sucede que, otras veces, es la ficha del dinero y trabajo la que no encaja, la que no conseguimos centrar en línea recta. Y vamos dando bandazos, intentando encontrar o continuar nuestra vida profesional de la mejor forma posible.

Y seguimos buscando nuestro lugar con las otras dos fichas bien ancladas, haciendo de vital soporte para lanzarnos nuevamente al tablero y jugar con más fuerza.

En otras ocasiones, perdemos la ficha más importante, la que debe estar bien presente en el tablero en todo momento: nuestra salud.

A veces, solo se tambalea un poco antes de seguir en su sitio. Otras, se nos escapa y volvemos a reiniciar la partida, adquiriendo una nueva sabiduría: la de la importancia de las pequeñas cosas.

Y, es en ese momento, cuando ya no nos importa ganar o perder porque ya hemos ganado. Esa búsqueda incesante de conseguir poner las tres fichas en raya se diluye, se borra.

Bien colocada nuestra ficha de la salud, nos disponemos a disfrutar del placer de jugar por jugar, de seguir adelante.

A veces, nos sonríe la suerte en el amor. Otras, tenemos un trabajo que nos motiva e impulsa. Se mueven, se levantan y vuelven a asentarse: en vertical, horizontal o diagonal.

En alguna ocasión, incluso, se alinean las fichas, se juntan en una misma línea y todo encaja, todo cuadra.

Pero ya no nos deslumbra tanto, ya no sentimos viajar por un camino sin obstáculos porque sabemos bien que los habrá, que volverán a separarse y juntarse una y otra vez.

Ya no nos importa porque sabemos diferenciar lo que de verdad importa y solo queremos seguir disfrutando de cada partida con sus rectas, sus curvas y atajos y, por qué no, sus tres en raya.

© Jugadora1.

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Apalabrados.

Nos sentamos frente a frente. El sitio era pequeño. Las luces tenues, el ambiente agradable, la comida y bebida iba y venía. La partida estaba a punto de comenzar:

Empezaste fuerte apostando todas tus fichas por mostrarte tal y como tú eres,  de forma muy NATURAL: siete letras y una actitud que te hizo multiplicar tus puntos por dos.Yo contraataqué con mi SONRISA.

Con RESPETO y CONFIANZA, fuimos contándonos vivencias, experiencias y enlazando sobre el tablero las fichas de nuestro pasado.

Me relataste con INTELIGENCIA un honesto resumen de lo vivido en los últimos años y ganaste en ATRACTIVO con tu sinceridad y sentido del humor.

Moví rápidamente mis fichas y fui repasando mis GUSTOS para comprobar, así, que eran muchos los que teníamos en COMÚN.

Con el segundo plato, llegó el presente. A qué nos dedicábamos, cuáles eran nuestras rutinas y nuestro entorno.

Empecé a darme cuenta de que REIR era una pequeña palabra que por si sola no parecía sumar muchos puntos, hasta que reímos tanto y tan a menudo, que empezaste a hacerte IRRESISTIBLE con triple tanto de letra.

A cada palabra del otro, íbamos añadiendo distintas letras, completando así mutuamente el puzzle de nuestras vidas.

Para el postre, llegó lo mejor: te mostraste más SINCERO y seguiste ganando puntos contándome tus SUEÑOS e ilusiones para el futuro.

Yo cogí más fichas, te pedí COMPROMISO. Tú me retaste con tu FIDELIDAD. Largas e importantes palabras cuyo valor no podíamos medir en una sola partida, pero que ambos necesitábamos saber que formaban parte del juego.

A cada muestra de CARIÑO, doblabas tus puntos siendo un hombre de PALABRA, sabiendo leer entre LÍNEAS y escuchar con empatía todo lo que salía de mi emocionado DICCIONARIO a cada turno de palabra.

Nos habíamos dicho tantas cosas que quedaban pocas letras por añadir. Quizás algún comodín en blanco, algun silencio que saborear entre palabra y palabra.

Te quedaba tan solo una última letra por poner en la que era tu última baza: la Z de tu BELLEZA y los más de diez puntos que conseguirías utilizándola y teniendo, así, la última palabra. No lo hiciste y yo no me fijé siquiera en si la tenías o no.

Ya daba igual, ya no importaba nada. Ya estábamos demasiado APALABRADOS.

© Jugadora1.

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Más de 140.

Háblame. Cuéntame algo de tu vida.

Sinceramente, de dentro. No me Tuitees contándome solo lo más superficial, lo que crees que quiero saber.

Te escucho. Sé que no estás acostumbrado a tanta atención, que la mayor parte del tiempo no puedes, no te dejan o simplemente no hay tiempo para pasar de las 140 palabras.

A veces, incluso, no te dejan decir ni Tuit. Como cuando la consulta al móvil se hace más frecuente o cometes el error de bucear demasiado en las complejidades de tu vida y notas cómo la otra persona cambia rápidamente de Cuenta.

Debo volar cerca de la superficie, te recuerdas,  que estas pequeñas alas azules no alcanzan a volar muy lejos y, mucho menos, a bucear por las profundidades.

No temas. No Retuitearé las últimas actualizaciones de tu vida y no las verás convertidas en Trending Topic entre nuestras amistades.

No hace falta que vengas con tu mejor Perfil. No iré en busca de breves titulares que compartir.

Ya. Lo sé. Que este mundo no para, no escucha. Solo pulsa, escribe, comparte y vuelve a pulsar.

Sin apenas descanso, todos hablan casi al mismo tiempo de lo que saben y de lo que no. De sí mismos y, sobre todo, de los demás.

Y, así, entre nuestras obligaciones y nuestros propios titulares, las vertiginosas notificaciones por abrir y las actualizaciones por ver, dedicamos poco tiempo a lo que de verdad importa.

Apenas les permitimos ofrecernos más de 140 (caracteres, palabras, minutos..) y eso que pasamos una mitad pensando en nuestros 140 y, la otra, en los 140 de los demás.

Pero esta vez será diferente. Crearemos, a cada minuto, largos e inolvidables Hashtags. Sumaremos mis 140 y los tuyos y los multiplicaremos por el número de veces que nos sintamos realmente Enlazados en la conversación, que serán muchas.

Te mostraré mis 140 formas de ser y sentir, las múltiples respuestas de cada encuesta. Sin marcos ni marcas personales. Sin preguntarnos qué está pasando a cada momento.

No quiero que me Tuitees, quiero que me Tutées. Nos sentiremos Sostenidos, Ubicados y apoyados en nuestro vuelo: cada vez mayor, cada vez más lejos.

Más de 140 minutos pulsando lo más importante.

© Jugadora1.

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Dominando la partida.

Existe un juego muy fácil de aprender, por su cercanía y simplicidad, y al que todos jugamos a diario de un modo u otro (en muchas ocasiones aun sin darnos cuenta).

En este juego, tan solo hay que tener determinadas fichas con las que poder hacer sencillas elecciones polarizadas que encajen en torno a dos bandos opuestos: equipos de fútbol, formas de vestir, peinar, gustos culinarios, marcas de refresco, etc.

Cualquier excusa es buena para mover las fichas y sacar dos nuevas posiciones sobre las que deberemos tomar partido y elegir, una vez más, si queremos formar parte de este mundo de etiquetas, prototipos y modas impuestas.

Y pasa que, muchas veces, no sentimos predilección completa hacia una sola de las opciones. Pasa que nos gustan distintas características de ambas, de la mezcla de muchas más.

Que no vemos solo puntos negros sobre blanco, sino que gustamos de distinguir los colores resultantes al conocer distintos puntos de vista y opiniones. Y no podemos autoclasificarnos en uno o dos números por ficha, porque somos la suma de muchos valores.

Si no tenemos una elección clara, siempre podremos sacar el comodín del silencio y pasar el turno, esperando una mejor ocasión.

Quizás no tengas que buscar una ficha que encaje con lo impuesto en las modas de cada momento para seguir dentro del juego y no quedar descolgado.

Aunque, mientras llegue ese momento, se sigan moviendo de igual modo las fichas para que compremos lo que nos venden y seguir así, una vez más, dominando la partida.

© Jugadora1.

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