Monopolilla.

Al principio, compró una pequeña casa en la calle azul de su barrio. Era modesta, no muy grande, pero tenía todo lo necesario para vivir con tranquilidad.

Después de varias vueltas por la ciudad pudo ahorrar algo de dinero. El suficiente para que aquella casa entrañable que tanta ilusión le había hecho comprar unas jugadas antes, ya no le gustara.

No sabía exactamente por qué. Solo podía ver cómo Brillaba con más fuerza la de la calle amarilla con piscina, garaje y pista de pádel. Y allá que fue volando hacia ella hasta comprarla.

Ahora que al fin estoy agusto- pensó- me vendría bien tener un nuevo móvil. Uno más plano, más grande y con el doble de aplicaciones. Así que compró uno que brillaba tanto como su casa y una televisión con Internet aún más plana y grande.

Todo iba bien. A cada tirada de dados, avanzaba tan rápido que el dinero parecía ir llegando directo de la banca a sus manos.

Y, sin embargo, no se sentía del todo bien. Seguía moviéndose a ciegas, necesitado de una luz brillante que le guiara.

Al fin, la vio. Era realmente irresistible, paseando por la ciudad vislumbró un enorme anuncio de viajes por el mundo. Le pareció una gran idea, hacer una pausa y volar bien lejos por aquellos lugares exóticos de los que todo el mundo hablaba: Tailandia, las Maldivas, Croacia, etc.

Volvía lleno de grandes souvenirs y ropa aún más cara con los que llenaba cada rincón de su casa y de su vacío existencial.

Una mañana, al despertar, la casa pareció haberse encogido de forma alarmante. Le costaba respirar, nada de lo que había a su alrededor le hacía sentir bien.

Necesito volver al juego, se dijo, tirar nuevamente los dados, entrar en la rueda y volar hacia otra luz más brillante.

Y así es como se compró un chalet en la calle roja y, unos meses más tarde, una mansión en la privilegiada zona verde y, como ya tenía cuatro casas, se decidió por un hotel en la calle azul de la mejor zona de la ciudad.

Pasaba los fines de semana sentado en su gran sofá cambiando de la tele al móvil y de éste al ordenador para terminar dormido junto a su tablet.

Cuando se cansaba, iba a hacer deporte para poner su estómago igual de plano que su portátil y sus músculos tan grandes como su piscina.

Pero algo le seguía faltando. Ya está, pensó, necesito compartirlo todo, eso es lo que me falta: y se creó un perfil en varias redes sociales en las que subía fotos de sus viajes, de sus casas, de su maravillosa vida.

Con cada “Me gusta” su ombligo creía tanto como su nuevo y brillante coche. No podía dejar de compartir casi cada momento de su partida. Tirar los dados ya no tenía la misma emoción sin contar el resultado, sin mostrar la mejor de sus cartas.

Entonces, en la última jugada de la semana, el azar le llevó sin esperárselo a sacar varias tarjetas que hablaban de nuevos impuestos, incendios, desastres y gastos inesperados.. Y fue perdiendo poco a poco su hotel, su casa verde, la roja y la amarilla.

Se quedó con su casa azul. Con un televisor voluminoso y una cuenta bancaria plana.

Y empezó a moverse más y comprar menos, conociendo a otras personas con las que compartía menos fotos de cosas y más cosas que recordar juntos.

Un día, paseando por la ciudad, vio a lo lejos el brillo de una vida “mejor” que se filtraba por todos lados en forma de objetos para llenar vacíos, experiencias por compartir en redes, nuevas necesidades que atender que surgían a cada paso.

Todo invitaba a tirar los dados e ir nuevamente hacia aquella luz.

Pero notó algo distinto. Algo que le había crecido en los últimos meses: unas alas que le permitían volar por encima de las calles y las estaciones ferroviarias, de las centrales eléctricas y aquellos enormes hoteles rojos para poder, desde la altura, verlo todo en perspectiva.

Y con la perspectiva vino el final de aquella partida: había llegado definitivamente el momento de dejar de jugar para tomar el Monopolio de sus decisiones, el timón de su vida.

Ya nunca más sería una Monopolilla.

© Jugadora1.

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