Dibujando tu propio camino. 

Uno de mis juegos preferidos de mi infancia era el Telesketch: aquella pizarra en la que podías dibujar a través de dos botones líneas curvas y rectas sin rumbo fijo.

A veces, conseguías hacer un barco. O la torre de un gran castillo. O las olas del mar llevándote bien lejos.

Y si no salía bien o no te gustaba, no pasaba nada: lo agitabas con fuerza y volvías a empezar.

Conforme te haces mayor, muchas veces sientes que cada vez pintas menos y de forma más dirigida. En algún momento notarás cómo te enseñan a hacer líneas rectas siguiendo un camino trazado de antemano.

La sociedad te mostrará cómo dibujar. E incluso, si echas de menos esos ratos de creación relajada en la vorágine de tu rutina diaria, pondrán a tu alcance muchos libros de mandalas o motivos geométricos complejos de mil formas para colorear.

Si, para colorear. El camino, de nuevo, ya estará marcado. Pero no te preocupes. Te prometen horas de diversión y relax.

Tú te preguntarás dónde quedó la diversión, la ilusión por crear, imaginar mil modos de llegar, casillas de salida, caminos propios de ida y vuelta.

Cómo puede ser mejor imitar cada color con escrupulosa semejanza, pudiendo elegir distintas combinaciones: buscar, pensar, probar. Borrar. Y volver a empezar.

Te dirán que está de moda. Los verás por todas partes e incluso conseguirán que creas que así es más fácil. Que no tienes apenas tiempo en tu vida de adulto para inventar otros modos.

Pero un día, tu corazón echará de menos a aquel niño de formas infinitas y páginas en blanco. Y volverás a sentir el placer de pensar e imaginar tu camino.

Y si no te gusta, y si vienen curvas, siempre puedes sacudir fuertemente tus miedos y las líneas que nos atan a lo que se espera que dibujemos, agarrar fuerte el timón con ambas manos y empezar de nuevo.

Navegar con aquel barco entre el oleaje hasta llegar a la torre de tu castillo.

© Jugadora1.

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Quién es quién.

Hubo un tiempo en que era fácil jugar al quién es quién: las únicas diferencias entre nosotros y el resto de niños consistían en ser moreno, rubio, si llevaba gafas o usaba sombrero.

Y nos dábamos la mano y jugábamos juntos. Aun empujándonos a veces o peleándonos otras, todo se arreglaba con pedir perdón y un beso. Y a seguir jugando. Todos éramos todos sin importar el quién ni el cómo.

Después, descubrimos que éramos una ficha del tablero y teníamos posición propia. Ya no usábamos gafas únicamente. Éramos empollones.

Habían llegado los grupos. Las reglas del juego se hacían más evidentes. En el colegio, en el instituto y, no lo sabíamos en aquel momento, seguiríamos jugando así el resto de nuestra vida.

Con los años y las experiencias, aprendes a descartar fichas: diferenciar los conocidos, falsos amigos y oportunistas de verdaderas amistades y amores, que permanecerán ahí arriba, visibles en el tablero a lo largo de toda la partida.

Quizás, en este mundo de avatares, prisas, conversaciones por el móvil y pantallas protectoras, ahora más que nunca no sepamos realmente quién es quién.

Y saberlo es necesario. Pararse a descubrir cómo es la persona que tengo delante. Qué le preocupa, qué le gusta más allá de un estado temporal en un muro.

Mirarnos a los ojos y contarnos con la mente y el corazón abierto. Sin prejuicios, desde el respeto y la aceptación.

Y volver así a aquellos tiempos donde no importaba quién es quién más allá de unas gafas y un sombrero.

© Jugadora1.

 

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Juegos Reunidos.

Sal. Levántate. Abre la caja de los juegos. En plural.

No es malo ver cómo juegan los demás sus vidas reales o ficticias a través de la pantalla. No si tú, a su vez, también estás jugando. No dejes que únicamente te lo cuenten o que tus posibilidades de jugar se reduzcan conforme crezcan tus miedos y se expandan a lo largo y ancho del sofá.

Mueve las piernas. Habla. Mira. Participa. Deja ese único juego (el que mejor se te da, el que más te gusta) y abre la caja de los Juegos Reunidos.

No temas. Todos los juegos parecen complicados hasta que se prueban. Hasta que conocemos bien las reglas del juego y las incorporamos a nuestro aprendizaje.

Cuantas más reglas del juego vayas conociendo, aprendiendo, más fácil será extrapolar lo aprendido a otros juegos de mayor complejidad o alcance. Y más disfrutarás del camino.

No dudes que perderás en la mayoría de ellos. El azar puede llevarte lejos por un instante, pero es el aprendizaje el que te hará volar siempre. Aprende de todas las derrotas y de las veces que sientas ganar la partida.

Y no cierres las puertas a lo desconocido: a aquel juego que crees que no es para ti, que no se te dará bien, aquel cuyas reglas no entiendes cuando lo pruebas al principio.

Da un paso más allá, porque merecerá la pena y descubrirás lo cerca que siempre estuviste de jugar tan bien como tú siempre quisiste.

Mucha gente te mirará raro si te sales de su juego o de lo que consideran que es el tuyo. No dudes de que no será fácil ni para ti ni para los que están acostumbrados a estar más pendientes de los juegos de los demás que de vivir el suyo propio.

Y si, habrá muchos juegos que no podrás jugar. Porque simplemente no estarán a tu alcance monetario, o porque la vida es un juego de tiempo finito. No lo olvides, esta es la regla más importante que aprenderás jugando cada día.

Por eso mismo, merece la pena intentarlo. Hacer la gymkana de los juegos en el tiempo de tu vida: probar todos los posibles, especialmente los que siempre soñaste con jugar. Ser el propio máster y actor principal de tu juego y no un extra esperando su turno viendo jugar a los demás sus juegos de tronos.

Agita los dados y muévete. Escucha. Siente. Aprende. Y disfruta!

© Jugadora1.

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Besito, besote, besazo.

Antes, nos dábamos un beso. Por carta o por teléfono, decíamos “un beso” y ahí iba algo de nosotros. Más que el empresarial y aséptico “saludo” o su alternativa pseudocariñosa “cordial saludo”.

Un beso era más que los “besos” sin número ni orden (¿a dónde los lanzamos, a la cara, al aire?) o los “miles de besos” juntos.

Equivalía a “un abrazo”. Beso y abrazo reservados a las personas con las que teníamos más confianza (o queríamos tenerla) y saludos para los desconocidos. Era fácil de diferenciar y utilizar.

Ahora somos todos desconocidos. O, al menos, así nos despedimos por teléfono o chateando: da igual si es tu madre, tu mejor amiga o la vecina de arriba. A todos, por igual, les dedicamos la versión corta de aquellos besos: un “besito”, y les plantamos el icono del beso con el corazón.

Más cursi, más ñoño e impersonal y, sin embargo, más aceptado para todos los públicos.

Si nos sentimos generosos, podemos mandar  “besazos”, “besos gordos” o besos “rechonchos”. O incluso, utilizando una vertiente similar al “saludo”, dar un “besote” o “abrazote”, que es lo más superficial que podemos dar sin dar.

Y nadie sabe cómo se sienten, cómo se dan, cómo son estos besos. Y, sin embargo, no dejamos de nombrarlos con casi todo el mundo a nuestro alrededor.

Deberíamos exigir esos besos cuando tenemos a la persona delante. Si queremos darle un besazo de verdad, dárselo. Si queremos recibirlos, esperarlos.

Pero es mucho más fácil mandar besos de mil tamaños y formas. Conjugando como si estuviéramos en latín las terminaciones de nuestras despedidas (ito, ote, azo..).

Y vamos perdiendo la capacidad de abrazar, de mirar a los ojos y dar los besos que mandamos de la forma que queramos a quienes queremos.De verdad. Sin pantallas, sin escudos, sin cursilería.

Pero eso no es tan fácil. Es mejor poner dos, tres, cuatro caritas dando besos y corazones que sentirlo y expresarlo.

Ni pequeños, ni grandes, ni lejos. De verdad. Con sentimiento.

Porque antes, nos dábamos Un Beso.

© Jugadora1.

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