Una vida extra.

 Los mayores descubrimientos los hacemos, a veces, en los lugares más insospechados. Son pequeñas o grandes historias que nos hacen avanzar con los ojos más abiertos.

El destino me ha ido llevando, en diversas ocasiones, por un recorrido de historias que hablan de personas y circunstancias, de amor y amistad, de miradas y palabras.

En esta ocasión, me llevó a una casilla de espera en la cual el tiempo parece congelarse antes de volver a poner el reloj en marcha. Las visitas de los familiares eran breves y desprovistas de abrazos y besos, pues debían de guardar distancia a través de batas, gorro y guantes, pero las miradas y gestos de ánimo hacían más efecto que los analgésicos para el dolor. Y, por supuesto, las palabras.

A mi lado, detrás de una cortina, había un hombre recién operado de los pulmones, Francisco. Le costaba hablar y, al intentarlo, emitía unos sonidos broncos, graves, casi ininteligibles, así que, para poder comunicarse, su mujer le trajo una pizarra con unas tizas, y era gracioso escuchar los golpecitos de cada palabra cuando estaban juntos a través de la cortina.

Todos los días su mujer le traía, para leerle en voz alta, tres cartas de amor. Una era de ella, la que dejaba en último lugar. Las otras, de sus hijos, que le escribían también una carta diaria llena de palabras de admiración, fuerza, cariňo y amor, mucho amor. Todas eran leídas por la mujer lentamente, saboreando cada palabra y, a la vez, apurando el poco tiempo de visita permitido. Tras la lectura, se intensificaba el punteado en la pizarra, alguna lagrimilla e, imaginaba yo desde el otro lado, los besos al vuelo y las sonrisas.

Un día Francisco, a través de su mujer, trajo una radio a aquel lugar. Las cuidadoras anunciaron el regalo con fuertes aplausos hacia él y la colocaron justo enfrente de las casillas de salida donde todos aguardaban un turno, cartas en mano, expectantes.

Al instante y, durante bastante rato, sonaban multitud de canciones de diversos estilos, todas con el mismo efecto positivo, balsámico, arrollador en un momento de horas largas y muchos pensamientos a solas.

Francisco, con su sentida presencia y su regalo, llenó de palabras y música aquella sala de espera hacia la vida futura y comprendí, en aquellos días, que las palabras y la música nos dan la vida, tan importantes como las medicinas o los puntos tras la batalla.

Y que debemos decir más a menudo de lo que hacemos, lo que queremos a las personas que queremos, porque les estamos regalando una vida extra a través de nuestras palabras en el juego de su vida.

© Jugadora1.

 

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